ARTÍCULO

Ante las obras completas de Ramón

Edición dirigida por I. Zlotescu. Revisión de los textos por J.P. Gabino. Coordinación documental de P. Fernández. Con el asesoramiento de J.-C. Mainer. Prólogos de J.-C. Mainer y I. Zlotescu. Círculo
 

La posteridad no ha sido piadosa con Ramón Gómez de la Serna. Al menos en este su propio país. Cuando Ioana Zlotescu presentó el primer volumen de las Obras completas que está dirigiendo (y que nunca le agradecerán bastante los lectores en activo y en potencia del gran escritor, llamó la atención sobre un elogioso fragmento de Pablo Neruda en Confieso que he vivido. Como sabe muy bien la primera de sus estudiosos, podría haber recordado también a otros valedores americanos de la obra de Ramón: por ejemplo, a un amplio grupo de argentinos que incluye a Jorge Luis Borges (léase una de las «Acotaciones» de sus recién rescatadas Inquisiciones) y a los grupos vanguardistas de Proa y de Martín Fierro (que les consagraba un saludo y homenaje en 1925), para llegar a Julio Cortázar, que escribió una excelente reseña de Elincongruente que anda por el volumen segundo de su Obra crítica, recientemente compilada por Jaime Alazraki. Pero también en México, Octavio Paz, a cuenta de la universalidad de la literatura española, vino a situar a Ramón en el ápice mismo de esa noción: «Hubo un momento en que toda la modernidad habló por la boca de Gómez de la Serna. Fue tan nuevo que lo sigue siendo: hace unos días, al ver unas obras del llamado pop-art, pensé instintivamente en Ramón (...) ¿Cómo olvidarlo y cómo perdonar a los españoles e hispanoamericanos esa obtusa indiferencia ante su obra?» (Las cosas ensu sitio [sobre la literatura española delsiglo XX], 1971).

A cambio, entre nosotros y desde 1945 hasta 1970, puede compilarse una amplia antología de menosprecios. No hace falta ir muy lejos: simplemente al que es todavía el mejor estudio sobre la novela española de nuestro siglo (me refiero al de Eugenio García de Nora), o a las páginas bien conocidas de Tiempo de silencio, la novela emblemática de Luis Martín-Santos, donde se cita a Ramón al comienzo de aquella larga noche de Walpurgis, atravesada de impotencias intelectuales. Los amigos de Pedro ocupan una mesa en un café ruidoso y «para llegar hasta allá era preciso atravesar el caos sonoro, las rimas, los restos de fenecidos ultraísmos, las palabras vacías de Ramón y su fantasma greguerizándose todavía a chorros en el urinario de los actores maricas».

Y es que lo que ahora llamaríamos el canon de la literatura española contemporánea es cosa harto movediza. Cada época lee a su manera la tradición estética y, en rigor, la norma española ha sido, por mucho tiempo, fundamentalmente ideológica, algo pedagógica y muy trascendentalista. Por eso se le escapaban las virtudes de Gómez de la Serna: la ingenuidad patética, el apoliticismo, la alegre confusión de vida y creatividad. Y además no cabía en el modernismo a la española –tan neorromántico y ya fané hacia 1910, cuando Ramón empezaba-ni en la vanguardia del 27, tan cuidadosa y cicatera con las purezas intelectuales. A eso se refería ya Melchor Fernández Almagro cuando en 1920 habló de «generación unipersonal» de Ramón: ¡cosa terrible eso de no tenerla bien configurada en un país donde la pauta generacional parece la norma única de canon! Pero el canon se va rehaciendo y parece que el lugar de Ramón está en una nueva lectura de los fundadores de la literatura española del siglo XX (entendidos como una cofradía unitaria de modernists –perdóneseme el anglicismo– y no como un orden disperso de pelotones generacionales): la búsqueda unamuniana del yo entre la dispersión y la aniquilación, la inquieta variedad de la escritura de Baroja, la impersonalidad trémula de Azorín, la nueva relación de Juan Ramón con el universo, la pluralidad de máscaras de Vallé-Inclán... Y, con Ramón Gómez de la Serna, el descubrimiento del lenguaje secreto de las cosas e incluso del lenguaje secreto del lenguaje, tal como lo vio Giovanni Papini en su olvidado Gog (1932).

Toda la bibliografía es hija de su tiempo y la presente resurrección de Ramón no puede ser ajena al nuestro. Ioana Zlotescu lo ha entendido muy bien y su ordenación de los veintiún volúmenes que han de tener las Obras completas de Gómez de la Serna deja ver una lectura que alguien llamaría posmoderna pero que es fundamentalmente ramoniana. La base de agrupación es el espacio que, como indica la autora, es «todo lo contrario al coto cerrado, sin movilidad ni horizonte, separado y sellado (...), permeables entre sí, aunque cada uno tenga sus peculiaridades» y, de algún modo, círculos concéntricos trazados en torno a los libros ramonianos que son, a su vez, pequeños microespacios de libertad. De los ocho espacios hay uno inevitablemente cronológico (el primero, «Prometeo», que incluye textos entre 1905 y 1913, fraguados en torno a la mítica revista que fundó el autor en 1907), cuatro de índole genérica («Novelismo», «Teatro», «Ensayos» y «Retratos y biografías») y tres de naturaleza anfibia pero fuertemente expresiva: «Ramonismo» acoge –bajo un título que usó una vez el escritor– las greguerías y las formas afines de carácter misceláneo; «Las ciudades» realza uno de los mitos de Ramón y de toda la modernidad, como es la imagen de la metrópoli, sea ésta Madrid o Buenos Aires; «Escritos autobiográficos» confiere la importancia debida a textos como la Automoribundia y Nuevas páginas de mi vida que figuran entre las mejores muestras de la hispánica literatura del yo.

No era fácil resolver la presentación filológica de unas obras tan voluminosas y, una vez más, creo que Zlotescu y sus colaboradores (incluido el modesto asesor de la edición que ahora firma estas líneas) han acertado: se ofrece el texto fijado por el escritor, limpio de notas, pero las alteraciones más significativas –supresiones, interpolaciones y enmiendas– vienen reseñadas en una nota final, mientras que la historia bibliográfica de cada libro ramoniano se recompone en una minuciosa e imprescindible ficha (que desterrará por siempre errores de fecha que tantos hemos cometido). Juan Pedro Gabino ha revisado los textos en tal sentido y Pura Fernández ha realizado, junto a Ioana Zlotescu, la documentación que se recoge en las meticulosas fichas redactadas por la segunda (la primera es también la autora del bienvenido índice de la revista Prometeo que enriquece el primer volumen). Esa es la manera de editar un texto moderno, sin perjuicio de que otros vuelvan sobre esas mismas huellas e hilen más fino: el trabajo previo a la futura edición crítica ha quedado sólidamente hilvanado en estas páginas.

Tampoco era fácil elegir prologuistas. A estos padrinos y al Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg debemos esta nueva etapa de la posteridad ramoniana: su ascensión definitiva a los cielos.

01/01/1997

 
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