ARTÍCULO

Ramón en su santuario

Comunidad de Madrid y Visor, Madrid, 2 vols., 1288 págs.
 

Ramón Gómez de la Serna fue una figura de primer orden en la crisis literaria española de comienzos del siglo XX , y contribuyó decisivamente a preparar el camino de la vanguardia, aunque su superficialidad, su vocación de mariposeo intelectual y su incapacidad para la reflexión teórica le impidieron construir un sistema de pensamiento rupturista, en la época que vio aparecer los más radicales de la tradición occidental. Fue en ello un equivalente de Apollinaire, más honesto sin duda en su «ramonismo» autista de muñeca de cera y sorpresa infantil de tentetieso. Sus primeros escritos (El concepto de la nueva literatura, Mis siete palabras, Palabras en la rueca, Primera proclama de Pombo) trajeron a España el anarquismo vitalista de Nietzsche, el ataque a la literatura establecida y a las instituciones culturales, la quiebra de valores producida por la guerra de 1914, la conciencia de la modernidad tecnológica y urbana y el concepto de literatura como explosión vital negadora del sentimentalismo, el realismo, el moralismo y la ilación discursiva, en beneficio de la irracionalidad, el humor y el absurdo. Ramón introdujo en España el Futurismo de Marinetti, al traducir en la revista Prometeo el manifiesto inaugural de 1909 a los dos meses de su aparición; organizó en 1915 la exposición de arte de vanguardia rotulada «Pintores íntegros»; ofreció con sus greguerías, desde 1910, un poderoso estímulo al Ultraísmo y al Purismo; escribió antinovelas basadas en lo sobrenatural, lo macabro, lo humorístico, el fragmentarismo narrativo y el lenguaje poético. En 1915 fundó la tertulia del café Pombo, cuya evocación e historia constituyen estos dos volúmenes, aparecidos en 1918 y 1924. Andrés Trapiello los reeditó hace años en aquella espléndida colección Trieste cuya calidad no estaba llamada a sobrevivir entre nosotros. Amparado en su indiscutible título de grande de España del ramonismo, nos los presenta ahora en un breve prólogo que tiene la negligencia aristocrática y la melancolía del precursor que se sabe leído entre las líneas de una indolente faena de aliño.

La tertulia de Pombo –nos cuenta Ramón– solía celebrarse en sábado por la noche, en un ambiente mezcla de barco, tren, landó y sala de espera de estación. Se dedicaba a la esgrima del ingenio y la improvisación de greguerías, la conversación sobre libros y la práctica de juegos coherentes con la exploración vanguardista de la creatividad del azar, como el retoque de manchas de tinta en busca de asociaciones y sugerencias de significado. Goya y Larra la presidían, como antepasados ilustres del inconformismo. Pasaron por ella artistas como Luis Bagaría, Salvador Bartolozzi, José Gutiérrez Solana, Julio Antonio, Celso Lagar, Gustavo de Maeztu, Julio Romero de Torres; simbolistas y modernistas como Santiago Rusiñol y Antonio de Hoyos y Vinent; jóvenes vanguardistas, desde Bergamín, Gerardo Diego, Girondo, Guillermo de Torre y Huidobro a Isaac del Vando, Josep Mª Junoy, Antonio Espina y Eugenio Montes; bohemios (Pedro Luis de Gálvez, Armando Buscarini) y algún novelista erótico de quiosco (Artemio Precioso). Ramón define su propia escritura como aceptación de «lo que aparece a salto de mata» (II, pág. 688), y sus recuerdos de Pombo tienen, en efecto, su sello de charlatán y gracioso profesional, inteligente, cargante, incompleto, difuso, prolijo y reiterativo, que convierte toda su obra en una mezcla de joyería, casquería y oficina de objetos perdidos. Entre la hojarasca destacan las páginas dedicadas a su amor con Carmen de Burgos, repletas de ternura y respeto; las que evocan a Solana o a Robert y Sonia Delaunay, y el Simultaneísmo; las más de cien de confesión autobiográfica en el segundo volumen. Contiene también éste, el más denso de los dos, la crónica de los célebres banquetes ofrecidos a Valery Larbaud, Ortega y Gasset, Picasso y otros, y una extensa y curiosa historia de cafés, tabernas, cabarets, figones, tupinambas y horchaterías, con interesantes observaciones sobre el mundillo que los frecuenta, lo que se dice y oye en ellos, su decoración, mobiliario y ritual de consumo y servicio. Ramón, aun queriendo siempre volar solo como las águilas y estar, por único e independiente, fuera de la guerra literaria, no pudo privarse del placer de ajustar cuentas con Cansinos, su antiguo contertulio y competidor en el ingrato empleo de pastor de jóvenes inquietos y desorientados, entre ellos Guillermo de Torre, para quien reserva algunas frasecillas de condescendiente desprecio. Más contundente es el que le merecen los profesores; siempre tienen –dice en el volumen I, págs. 78-79-«algo alevoso en la mirada y en el trato» y son incapaces de ver «al hombre en su neta actitud gloriosa»; les repugna «todo triunfo libre, indocumentado, fresco y natural». El pobre Ramón, al repetir como cotorra ibérica los desplantes de Marinetti, no sabía que, a la postre, los lectores iban a abandonarlo y sólo a acogerlo los caritativos profesores. A unos y a otros interesará esta edición, que podría haber mejorado en la actualización sistemática de la acentuación de la original, y acaso en la reproducción de algunas de sus mendosas ilustraciones.

01/12/2000

 
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