ARTÍCULO

La historia de un fracaso

Síntesis, Madrid
432 pp. 23,50 €
 

La fortuna política no acompañó a Ramiro Ledesma durante su vida. Tampoco después de muerto le hizo justicia el régimen del 18 de julio. Fue prácticamente ignorado por la iconografía franquista, poco generosa a la hora de conceder su nombre a alguna calle o de erigirle alguna estatua o monumento conmemorativo. Pese a formar parte del mitificado triunvirato de fundadores de Falange Española de las JONS y a que su fusilamiento al inicio de la Guerra Civil lo incluyó en el martirologio del nuevo Estado, pocos recordaron la figura de Ledesma salvo al final de la década de 1970, cuando grupúsculos nacional-revolucionarios rescataron su legado a la búsqueda de un purismo falangista deturpado por el régimen del general Franco.
Ferran Gallego rescata al personaje de los tópicos que sobre él había creado la literatura falangista y que en buena medida habían mantenido los escasos trabajos biográficos dedicados a él, como los de Tomás Borrás (1971) o José María Sánchez Diana (1975). Frente al teórico del fascismo, radical en sus posiciones, incapacitado para llegar a acuerdos políticos por su intransigencia doctrinal, Gallego nos descubre una trayectoria coherente y fundamentalmente pragmática a la hora de seguir el dictado de sus aspiraciones más profundas: lograr la dirección del movimiento fascista español, dotándolo de una identidad y un contenido revolucionarios, pero hacerlo con habilidad, maniobrando entre las dispares tendencias de los movimientos antidemocráticos de la década de 1930 con el fin de alcanzar acuerdos coyunturales que le permitan, en última instancia, tomar el poder. De esta forma, sus textos, plagados de críticas acerbas y proclamas extremistas, no quedan circunscritos al aquí y ahora, sino que miran al futuro, al momento primigenio en que el fascismo victorioso pueda utilizar los resortes de la maquinaria estatal para fundar un nuevo régimen. Ledesma no es, por tanto, un visionario excéntrico; antes bien, su trayectoria muestra su sentido práctico para afrontar la cotidianidad de la política, una actitud aprendida de los triunfadores de su época, Hitler y Mussolini. Pero la situación de España no era la de Italia ni la de Alemania, donde las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y el proceso de modernización socioeconómica habían propiciado el despuntar de los movimientos fascistas.

Ferran Gallego no se demora en contar las peripecias de la vida de su biografiado; carecería de sentido, ya que fue el propio Ledesma quien se encargó de oscurecer sus vicisitudes personales. Su propia vida sólo le interesaba como destino colectivo, perfectamente incardinada en el precipitado de componentes ideológicos, culturales y políticos formado desde finales de siglo hasta la Gran Guerra. Con la enorme agudeza y sentido crítico característicos de sus obras, el autor desgrana estos materiales que influyen en el fascismo, pero ni lo determinan ni abarcan su totalidad, y de los que Ramiro Ledesma participa con precocidad durante su juventud.

Con menos de veinte años publica una novela (El sello de la muerte) y un amplio estudio sobre el Quijote; y escribe con asiduidad en las revistas culturales patrocinadas intelectualmente por Ortega y Giménez Caballero. Unamuno y Heidegger, la vanguardia artística, Antonio Espina y Benjamín Jarnés, Nietzsche y las matemáticas: no hay ámbito cultural que no interese al joven Ledesma en aquellos años de formación que coinciden cronológicamente con lo que de forma convencional la historiografía denomina «crisis de la modernidad». En este espacio proteico, donde se derrumban las certidumbres y valores previos a la Gran Guerra, se acentúa la crisis de la democracia y resuenan en las conciencias más inquietas las palabras de Nietzsche: «Sólo después de mí habrá una gran política».

En torno a 1931, frustradas las expectativas de regeneración nacional creadas por la República, Ledesma opta por abandonar la vía culturalista –que cada vez le satisface menos– para embarcarse en la acción política. Gallego, extraordinario conocedor del clima intelectual europeo de aquellos años durante los que el biografiado perfila su forma de pensar y actuar políticamente, sitúa en ese momento su dilema entre teoría y práctica, que se salda inequívocamente con la acción. Sin embargo, ni la publicación de La conquista del Estado a partir de marzo de 1931, ni el salto en octubre a la fundación de un partido político, las JONS, obtuvieron la respuesta deseada. Su potencial clientela no estaba preparada para formar parte de un proyecto de este tipo, sino más bien inclinada a agruparse en torno a otros ejes políticos de la reorganizada derecha.

Ante la falta de apoyo, Ledesma no va a obstinarse ni a perseverar en un discurso radicalizado del cual podría quedar preso en un proceso de marginación sin límites. El espíritu pragmático del zamorano, el conocimiento de la realidad en que vive y sus aspiraciones políticas lo guiarán a la hora de emprender nuevos caminos, de dar esos «giros estratégicos» de los que habla Gallego. Se trata de giros perfectamente coherentes dentro de la línea de actuación del fascismo español, aunque en la mayor parte de las ocasiones no hayan sido interpretados en su justo término por la historiografía, obcecada en atribuir a José Antonio el impulso organizativo y táctico, y a Ledesma, el doctrinal e inflexible. En primer lugar, la apuesta de este último por fusionarse en 1931 con las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica de Onésimo Redondo –cuyo planteamiento ultraconservador, agrarista y clerical parecía poco adecuado a las tesis revolucionarias y vanguardistas defendidas en La conquista del Estado– obedecía a la necesidad de aunar el mayor número posible de fuerzas a la hora de ofrecer a las organizaciones de derecha una plataforma combativa como punta de lanza para su programa de revolución nacional.

En segundo lugar, un objetivo parecido tuvo la creación de Falange Española de las JONS en 1934. Ledesma temía quedar fuera del juego al ser consciente del mayor carisma y la mayor influencia social de Primo de Rivera; al aceptar formar parte del triunvirato rector del nuevo partido aseguraba la posibilidad de continuar influyendo de forma decisiva en la organización. Precisamente –y los argumentos del autor son concluyentes al respecto– el abandono de Ledesma de Falange Española de las JONS en septiembre de 1934, poco después de dejar el triunvirato, se debió al rechazo de José Antonio a que la Falange entrara en el Bloque Nacional. La idea ramirista de que el partido sirviera de palanca revolucionaria de una coalición de derechas desaparecía del horizonte, y Ledesma temió el inicio de una progresiva marginación de la Falange. No obstante, en este caso, su reacción no estuvo a la altura de la lucidez de su análisis. Con la salida de Ledesma de la formación falangista, el fracaso de sus aspiraciones quedaba sellado.

De esta forma se desbarataba la estrategia de Ledesma que desde octubre de 1931 había consistido en «proporcionar ese mismo espacio "revolucionario" y populista al conjunto de la extrema derecha española, manteniendo el grado de independencia orgánica indispensable para sostener su liderazgo, sus principios ideológicos y su propia capacidad de contaminación sobre las áreas afines» (p. 357).A pesar de ello, en 1935 Ledesma escribió aún dos obras básicas para entender la marcha del fascismo español: el Discurso a las juventudes de España, donde analiza la crítica evolución de la vida política europea desde el final de la Primera Guerra Mundial, y ¿Fascismo en España?, memoria de los apasionantes y complejos momentos en que surgió la primera organización fascista española.

La estrella de José Antonio Primo de Rivera fue mucho más rutilante que la del oscuro político zamorano que, sin embargo, como demuestra Gallego, había sido quien había dado al raquítico fascismo español de preguerra mayor coherencia, tanto organizativa como, sobre todo, en la estrategia política. Su importancia dentro de la crisis de la experiencia republicana española queda fuera de toda duda; su asesinato en Aravaca al inicio de la sublevación militar y su exaltada vocación pública nos privan de una biografía en el sentido tradicional del término para ofrecernos, a cambio, un estudio sobre lo colectivo, lo comunitario, a través de una vida volcada en la consecución de un ideal: la toma del poder para llevar a cabo la revolución nacionalsindicalista.

Con este libro, Ferran Gallego continúa su reflexión histórica sobre el fascismo para realojar el fenómeno en un espacio que no es el de su mera organización política, sino el de las heteróclitas tendencias de las que se nutre primero y trata de canalizar a continuación. Después de este espléndido recorrido por la biografía política de Ramiro Ledesma Ramos, cabe demandar al autor una obra sobre la crisis cultural finisecular y de principios del siglo XX que nos ofrezca claves interpretativas para comprender mejor el franquismo. Sus lectores lo agradeceremos.

01/02/2006

 
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