ARTÍCULO

El censo de una exclusión

 

Cualquier recopilación de ensayos oscila entre dos tentaciones: la de la representatividad –ser exhaustiva: comprender todo lo que pertenezca al panorama que la ocupa, ilustrarlo– y la de la excelencia. Extremas al fin y al cabo, es del equilibrio entre esas dos ansiedades de lo que suele depender la suerte de sus páginas. Las de El estante vacío concentran ese empeño en la descripción del escenario que enuncia el título del libro, un escenario complejo donde los haya, y se articulan en torno a una serie de preguntas (que funcionan aquí como motivos, en el sentido musical del término): «Qué se lee y qué no se lee en Cuba, qué políticas produce lo no leído y qué políticas no produce lo leído, qué tipo de relación se establece entre literatura y política y entre escritores e ideólogos, son algunos de los temas recurrentes de este libro» (p. 9), anticipa ya desde el prefacio su autor. De ellas se ocupa sobre todo la primera parte del libro, a mi juicio la más importante y la más lograda, a través de un análisis exhaustivo que consigue conservar su ilación de manera ejemplar. Una segunda parte se centra sobre todo en un recorrido por la cultura cubana hecha desde el exilio y responde a preguntas similares: «¿Cómo medir el peso de la literatura cubana no publicada y no leída en la isla en el último medio siglo? ¿Cómo calcular el volumen de ese vacío?» (p. 213).
Nada habría de singular en el acercamiento a un determinado ámbito literario a través del análisis de los procesos de recepción y lectura. La singularidad viene aquí dada porque lo que Rojas propone analizar, en su mayor parte, es una ausencia: el peso de aquello que no se ha publicado ni leído en Cuba, de aquello que, en cierto sentido, le ha sido secuestrado a sus lectores naturales por la circunstancia histórica y la ideología. La mayoría de los ensayos recogidos aquí proceden por acumulación; ahora bien, en este, más que en ningún otro de sus libros, esa acumulación de información cuaja de una manera particularmente elocuente con relación al tema, los temas, sobre los que discurre en sus páginas. Rojas describe pormenorizadamente la construcción de un discurso afín al de la izquierda occidental en los primeros años sesenta, esa mezcla «controlada» de postura anticolonial, humanismo occidental y desarrollismo con la que las instituciones cubanas cautivaron a buena parte de la izquierda latinoamericana, europea y estadounidense, al tiempo que ejercían una considerable influencia sobre ella. Una construcción ideológica que desglosa a través del análisis de la recepción de algunos de los autores y títulos más influyentes con relación a ese discurso –Sartre, Fanon, Wright Mills–, pero en un desglose que indaga, y no está de más subrayarlo, sobre todo en la apropiación selectiva que se produjo en la isla de los elementos constitutivos de ese discurso.
De ahí, de esa primera «anatomía del entusiasmo», arranca el hilo que conduce a la progresiva institucionalización soviética en la isla y, previsiblemente, del campo cultural cubano, una institucionalización que tomará cuerpo en los primeros años setenta y que se extenderá, cuando menos, hasta la segunda mitad de los ochenta. El análisis de ese período, por ejemplo, ilustra bien lo que quiero hacer ver cuando digo que en este, más que en cualquier otro de sus libros anteriores, la acumulación de información cuaja: la descripción del fenómeno va más allá de la mera mención de sus coordenadas o de la valoración subjetiva, y es precisamente lo referido –textos, pero también hechos convenientemente documentados, así como textos sobre los hechos y los textos– lo que termina hablando por sí mismo, lo que resulta elocuente en términos de sentido.
La segunda parte del libro esboza un panorama comentado de la literatura cubana no publicada en la isla, al tiempo que traza algunas de las líneas por las que ha transcurrido la política cultural cubana desde los años noventa. Rojas busca contestar las preguntas que lo guían desde el inicio, pero estas adoptan ahora otra forma: «¿Cómo se trazan los límites de tolerancia en el campo intelectual de la isla? ¿Cuál es la lógica que regula la circulación o la inexistencia, la autorización o el descrédito de autores y obras?» (p. 192). Esta vez se concentra en las formas que adopta la relación de los intelectuales con el poder, y en cómo se formula la postura oficial en publicaciones periódicas y otros medios, que dejan entrever algo de esa dialéctica de visibilidad y ocultamiento referida sobre todo, pero no únicamente, a los autores del exilio.
Y aquí está, más allá de las políticas o estrategias que ordenen la política cultural cubana, el otro gran tema del libro: todo lo que supone el hecho de que gran parte de la literatura cubana de las últimas cinco décadas haya sido escrita en el exilio, y no haya sido publicada en Cuba; basta con pensar que ya a partir de los primeros años sesenta los autores más relevantes con relación a esa construcción cultural que es el canon literario cubano (Cabrera Infante, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas) han hecho la mayor parte de su obra fuera de Cuba. Rojas incluye al final del libro un censo de setenta títulos relevantes publicados fuera de la isla, entre los que se cuentan la mayoría de los títulos importantes –quiero decir: de mayor alcance, de mayor gravitación en la cultura cubana– escritos por autores cubanos en las últimas décadas. Y de eso se trata: del censo de una exclusión cuya dialéctica obra en el panorama literario cubano con tanto o mayor peso que las inclusiones, esto es, que el conjunto de autores y obras visibles para la crítica y publicados regularmente en Cuba. Eso es lo que nos cuenta El estante vacío en un relato que consigue emanciparse de la mera acumulación de datos para hablar por sí mismo. Estamos probablemente ante el mejor libro de Rojas hasta la fecha.

01/09/2011

 
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