ARTÍCULO

Pensar en las alcantarillas

Acantilado, Barcelona
1.216 pp. 29 €
 

Rafael Argullol (Barcelona, 1949) es uno de los pocos filósofos visibles del panorama literario español. No hay muchos que ocupen ese espacio marginal: Fernando Savater, Eugenio Trías, José Antonio Marina, Gustavo Bueno, José Luis Pardo, Jesús Mosterín y poco más. Lamento las omisiones, pero la escasez de nombres tal vez responda a la propia crisis de la filosofía y a las contadísimas figuras internacionales que ha producido el pensamiento español. No incluyo en esta lista a los ensayistas, que se despidieron de la filosofía para abordar la realidad desde una perspectiva más comprometida con la actualidad, aceptando los riesgos de entrometerse en un medio cambiante e imprevisible. Argullol nunca ha pretendido ejercer de filósofo estricto. De hecho, no se ha limitado a la filosofía. Ha escrito poesía, novela, cuento. Ha desarrollado una notable actividad como articulista y, como profesor de Estética y Teoría del Arte, ha elaborado ensayos nada despreciables sobre el Romanticismo, la poesía de Leopardi o el Renacimiento. Incluso mantiene en funcionamiento un blog, demostrando su olfato para adaptarse a los cambios que ha introducido la revolución tecnológica en el ámbito de la creación literaria y filosófica.
Argullol se ha encarado con su propio yo para escribir Visión desde el fondo del mar. En un manuscrito que excede las mil páginas, ha intentado clarificar su identidad, sin pretender establecer una meta, donde cada incidencia cobra un sentido definitivo. Argullol no percibe su vida como un destino, sino como un tránsito. Ha escogido la metáfora del náufrago o el ahogado porque considera que la existencia se parece a la turbulencia de un remolino, donde los acontecimientos te sacuden violentamente, cuestionando tu libertad de elegir. Estar en el fondo del mar no equivale a estar muerto. Desde el fondo, el mundo se esclarece y las apreciaciones son más acertadas. En primer lugar, Argullol reconoce su condición de «europeo por los cuatro costados». Se puede pensar que ese dato acredita cierto pedigrí, pero Europa está contaminada por la barbarie del Holocausto. En segundo lugar, Argullol intenta de-sarraigarse, romper cualquier sentimiento de pertenencia, adoptando la vida itinerante del viajero. Se viaja para no ser uno mismo. Se viaja para perderse y reencontrarse. Argullol entiende que un europeo necesita trascender la herencia de la Ilustración, porque el racionalismo dogmático ha desembocado en matanzas industriales (Auschwitz, Hiroshima). Por eso hay que acercarse al resto de las culturas sin arrogancia ni prejuicios, buscando una forma diferente de estar en el mundo. Argullol se describe como un viajero con espíritu de paseante. Pretende conocer el mundo, no interpretarlo con los conceptos de la cultura europea, que habla de progreso, mientras siembra la destrucción. Por último, Argullol no busca la totalidad ni el sistema. Se dilata, pero el hilo conductor es el fragmento, sorteando el riesgo de la erudición innecesaria, el artificio y el exceso autobiográfico. Además, el libro se prolonga más allá de sus límites físicos, ramificándose en Internet con una macropágina que incluye veinticuatro entradas, más de doscientos fragmentos del libro y 426 fotografías realizadas por el propio Argullol.
No sé si Argullol se ha inspirado en Sebald, pero su escritura se asemeja a su forma de integrar en el texto lo biográfico, los paisajes, la experiencia estética y la reflexión moral de tono menor, sin pretensión ejemplarizante. Tal vez eso explica las fracturas y las largas digresiones. La evocación de Rafael Alberti durante su exilio en Roma se confunde con la meditación sobre Dios, el arte o sus peripecias sentimentales. La analogía con Ulises es inevitable, pero Argullol no reconoce otra patria que la infancia, el libro o el simple deambular de una ciudad a otra. Su fascinación por el mar se mezcla con la angustia ante el vacío. La muerte y el vacío no pueden estar ausentes en un espíritu que ha buceado por las turbias aguas del Romanticismo. En su caso, el viaje a las catacumbas del Ser acontece de una forma prosaica. En compañía de un amigo, baja a las alcantarillas de Barcelona. En apenas dos páginas, Argullol logra urdir un relato con resonancias del «Informe sobre ciegos» de Sábato, pero con una concepción visual digna de El tercer hombre. Bajar a las cloacas es una forma de penetrar en el subsuelo espiritual de la ciudad. Argullol compara las galerías y canales con el itinerario de la materia fecal por los intestinos. Hay una belleza inesperada en ese laberinto, donde el hedor es menos intolerable de lo que podría esperarse y la arquitectura, con techos abovedados de aspecto renacentista y ábsides románicos, revela que nuestras inmundicias no se desembocan en un pozo negro, sino en un templo. Es una paradoja de resonancias atávicas. «Suponía que no se podría pensar y, al contrario, se podía pensar más pausadamente que en la superficie». Argullol emerge como filósofo en estos fragmentos, donde lo autobiográfico pasa a segundo término para ceder el protagonismo a una concepción de la filosofía en la que se aprecia la influencia germánica tamizada por un afán clarificador. Argullol puede ser tan profundo como Dos-toievski al plantearse la existencia de Dios o tan riguroso como Platón al abordar el problema de la Belleza, pero su estilo le prohíbe transigir con jerigonzas filosóficas. Argullol cree en la palabra. No pretende ir más allá ni tacharla. Su estilo es limpio, elegante, poético. Sus metáforas nunca son impertinentes y sus observaciones están cargadas de humor. En las alcantarillas, flota y se descompone una parte de nuestra vida. Argullol no se preocupa por sus restos mortales: «He pensado que es mejor desaparecer radicalmente: sin nombre, sin tumba, sin cementerio, sin rastro alguno». Sólo espera recoger los frutos de su escri-tura. Las más de mil páginas de la obra representan un desafío para el lector, pero acceder a la cima no exige grandes sacrificios. La ascensión es asequible, no elude momentos trágicos o hilarantes, pero cuando llegas a la cumbre descubres que no hay mucha diferencia entre ver las cosas desde las alturas o desde el fondo del mar. Argullol ha compuesto unas memorias que le garantizan un lugar privilegiado en la historia de nuestras letras.

01/06/2011

 
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