ARTÍCULO

Las nuevas invasiones bárbaras

Candaya, Avinyonet del Penedés
136 pp. 14 €
 

Caca; sobre todo, caca de perro. Aunque también hay caca de otras mascotas en las páginas de este libro. Con coprofílica insistencia, Paseador de perros, del escritor limeño Sergio Galarza, toma cuerpo a partir de la rutinaria manipulación excrementicia implicada en el cuidado de las mascotas de una gran ciudad como Madrid. Eso en el plano literal. En el plano metafórico, sin embargo, el trabajo con deyecciones animales sirve para reflejar las bajezas a las que una sociedad somete al protagonista del relato, un inmigrante peruano recién llegado a España que no parece saber bien qué es lo que quiere, ni dónde puede encontrarlo. No se trata, en cualquier caso, de una novela reivindicativa de posiciones políticas como reflejo de un drama social. No; Galarza no propone una ficción panfletaria que intente levantar grandes eslóganes para denunciar las terribles injusticias del mundo moderno. Más bien articula una crónica de índole existencial en la que saca a relucir las dudas del atormentado espíritu indie de su protagonista, un joven que acaba de terminar con su novia y que debe encontrar una forma de pagar por el cuarto en que vive. A diferencia del inmigrante económico perseguido por el hambre o la pobreza, y que cruza fronteras para ganar dinero y aspirar a una vida con «seguridad» social, el paseador de perros es un inmigrante cultural, por así llamarlo, un aficionado a ciertos fetiches de culto, a la música de Baxter Dury, seguidor del Atleti (seguramente el inmigrante desposeído típico debería ser aficionado del Real Madrid, como un símbolo de sus anhelos de grandeza) y habitante del barrio de Malasaña, no de Parla. Y si hay una cosa que lo atrae de Madrid y de Europa, no es tanto un salario en euros como la oportunidad de incorporarse culturalmente a un continente lleno de becas, festivales y salas de concierto.
Incluso para alguien sin aspiraciones concretas, comenzar la vida en Europa recogiendo caca de animales es entrar por la puerta equivocada. Pero el protagonista, que de cierta forma también es un personaje equivocado, un buscador de oportunidades perdidas, al verse obligado a tratar con animales, aprovecha la ocasión para asomarse a mirar en la intimidad de los dueños de las mascotas: «Pasear un perro o cuidar cualquier animal es como leer el diario de su familia». En esta versión degradada de las omnipresentes y silenciosas cuidadoras de ancianos originarias de Sudamérica –que también se ven obligadas a manejar las incontinencias seniles de sus empleadores–, el cuidador de mascotas saca provecho de su condición de observador de la intimidad doméstica para tomar una radiografía de las fracturas que aquejan a una vetusta sociedad del primer mundo, una sociedad que no acaba de solucionar sus problemas con los nuevos bárbaros ni consigo misma. Lo que el narrador de esta crónica descubre es que las legiones de perros y animales domésticos que pueblan las grandes ciudades se han convertido en los parientes de compañía de familias solitarias y amargas, gente agonizante, hombres y mujeres cansados, enervados, enfermos y mal avenidos que muestran la otra cara de la España del siglo XXI. Y ante esta sociedad enfermiza y agrietada, llena de decrepitudes y de viejos prejuicios, le resulta inevitable entrar en comparaciones: «Madrid no posee el look caótico que caracteriza a Lima, pero también es una ciudad enferma. Madrid sufre de esquizofrenia, alzheimer, párkinson, artritis, diabetes, depresión crónica y otras enfermedades que encuentro en el botiquín y la nevera de los dueños de los perros».
Según explica en la postdata que cierra el libro, Galarza buscaba convertirse «en un cronista-crítico-hiperrealista de una ciudad que nadie se preocupa por contar». A diferencia de numerosos escritores y artistas suda-mericanos que durante décadas peregrinaron desde el Nuevo Mundo al Viejo Continente para integrar alguno de los círculos de la intelectualidad trasplantada, Galarza, a través de su personaje, rechaza cualquier conformidad biempensante y opta por escupir una crítica acerba y disconforme. Su personaje, más civilizado, menos bárbaro, se muestra «superior» a las personas que se ve obligado a tratar, comenzando por los restantes inmigrantes dedicados a pasear perros: «¿De qué más se puede hablar con una banda de inmigrantes que pasea perros y nunca ha escuchado a Baxter Dury, que no ha entrado al Garaje Sónico, que no ha pisado Malasaña? Todos viven atados a la nostalgia, extrañando a sus familias y su comida. Yo no extraño ninguna de las dos, porque en vez de irme de Lima me largué y largarse es algo tan definitivo como la muerte».
Desde luego, estas aventuras pueden resultar divertidas a los lectores de ambos lados del Atlántico no solo por la pedantería que despunta en algunos de los comentarios juveniles del protagonista, sino sobre todo por su capacidad de observación de la España que crece en la periferia de la capital. Con precisión quirúrgica, Paseador de perros realiza un corte muy certero de barrios como Pozuelo, Alcorcón o Coslada, «la versión española de aquellos suburbios estadounidenses donde los jóvenes se matan por exceso de aburrimiento y fantasías». Cuando no provoca una sonrisa, Paseador de perros añade ardor a las heridas más pronunciadas de las tribus asentadas en torno a la capital que, en su incesante decrepitud, ofrecen a los bárbaros la oportunidad de reinvadir el continente que hace siglos los puso en el mapa.

01/09/2011

 
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