ARTÍCULO

Carvalho, nunca más

Planeta, Barcelona, 1997
528 págs.
 

¡Pobre Carvalho, tan lejos de Philip Marlowe y tan cerca de Mortadelo y Filemón!

Hace ya bastantes años, después de acabar a fuer de puro masoca Asesinato en el Comité Central decidí no volver a perder el tiempo con la saga clónica que Carvalho protagoniza. Reincido ahora al cabo de 16 títulos, y la verdad es que podría resumir mi lectura con la exclamación que abre estas líneas. Hasta en los detalles, que Carvalho (es decir, Vázquez Montalbán) tanto cuida en las sofisticadas recetas de cocina y algo menos en la elección de las marcas de güisqui –¡oh manes del Lagavulin, no Langavulin, de 16 años! (pág. 301)–, hasta en los detalles, repito, los mismos desbarres que recuerdan aquella Polizei que parecía hacerle advertencias indirectas en Amsterdam (reléase Tatuaje): ¡ni siquiera durante la ocupación nazi se llamó Polizei la Politie de los holandeses! Aquí, en este Quinteto de Buenos Aires, en la pág. 503, resulta que el quinteto lo componen seis personajes y no los «cinco viejos tanguistas» (sic: no tangueros) que menciona el texto: y para más inri, el conjunto toca con dos acordeones (!!!), dos violines, un piano y una guitarra, elenco a todas luces más apto para la interpretación de lúdicos vallenatos que de preñados tangos. Pongo tan sólo este ejemplo: hay más. ç

De todos modos, la lectura atenta a que obliga una reseña me ha valido para hacer un descubrimiento que no sé si es el del Mediterráneo, quiero decir que no sé si ya consta en la a no dudar amplia bibliografía de que debe disfrutar Carvalho. Me refiero a los diálogos. Al cabo de una veintena de páginas, me empezaron a sonar. ¡Benavente!, grité, como Arquímedes su proverbial ¡Eureka! Si Benavente hubiese escrito novelas, sus diálogos sonarían así. Sé que esto puede interpretarse casi como un insulto, de manera que me apresuro a declarar que se trata de un elogio. Pero sería excesivo, eso sí, pedirme que además de reconocerle el mérito, además, me gustase Benavente. Mi masoquismo no llega a tanto.

Lo malo es que esa buena mano (entiéndase: benaventina) para dialogar, benaventiniza asimismo a los personajes. No hay ni consistencia ni coherencia ni congruencia interna de ninguna especie en los personajes de este Quinteto deBuenos Aires; son simples marionetas del autor, puro cartón piedra. Para poner también aquí tan sólo un ejemplo, siga el atento lector al personaje Richard Gálvez Jr.

Ese mismo atento lector, si ha llegado hasta aquí, ya se debe haber hecho cargo de que este nuevo Carvalho en el que reincido, al cabo de tantos años, no ha servido precisamente para despertar mi interés por los quince títulos intermedios que me he saltado a la torera. Más bien me reafirma en la decisión de no tocar ningún otro. Carvalho, nunca más. Nunca más, por cierto, es un libro predestinado a la quema en la chimenea de Carvalho, pues según él (pág. 155 de Quinteto...) «los libros que sirven para algo no los quemo».

A todo esto, por supuesto que no estoy poniendo en tela de juicio la sabiduría como escritor de Manuel Vázquez Montalbán, a quien admiro de a de veras, como articulista y, sobre todo, como poeta. Buena prueba de su sabiduría como prosista es que concluí la lectura de las más de 500 páginas de Quinteto de Buenos Aires en un tiempo ridículamente escaso. O sea, que, por dicha, su prosa es fácil, y aunque puede que a veces indigeste, al menos no es indeglutible. Todo un mérito en el panorama de la narrativa española de nuestros días.

Pero escribir bien, suelto, ágil, incluso divertido y con excelentes golpes de humor negro («¿Vos sabés el hambre que pasan los etíopes?» «Después de haber sido español durante más de cincuenta años, ¡qué me vas a contar tú de etíopes!», pág. 349), todo eso, al menos para mí, no es suficiente. Me peta que el éxito de Carvalho tiene muchísimo que ver con el incurable e inerradicable papanatismo del lector moderno.

En la página 19, cuando Carvalho vuela a Buenos Aires y entabla conversación en el avión con el hombre gordo de los altramuces, éste le dice a propósito de la Argentina: «A usted se le van a romper los clichés». Y uno desearía que así fuera. Que Vázquez Montalbán rompiera los clichés, otros, los clichés inventados, patentados y lanzados por él al mercado en una cinta sin fin, y que constituyen la parte del león del éxito de su saga carvalhesca. Pero no lo hace. Ni tampoco llega a romper los clichés que el españolito de a pie tiene iconizados en su imaginación cuando piensa en la Argentina. Lástima grande si por otra parte debemos reconocer uno de los indudables méritos de este libro: la despierta vigilancia ejercida sobre los diálogos cuando intervienen en ellos personajes argentinos.

He estado al loro en este delicado punto y no he detectado nada más que un desbarre (vide supra), así que ¡bravo por el autor, si tanto se ha permeabilizado al idioma que hablan los porteños, o bravo por quien le haya estado prestando tanta y tan sabia asesoría lingüística!

Adiós, Pepe Carvalho. Y a ver cuándo terminas de escribirle de una vez la carta que quieres (¿quieres?) escribirle a Charo. Pero, porfa, que no sea tan cursi como los fragmentos que ya conocemos por este nuevo libro tuyo. Pase que te dé a veces por quemar libros, pero no seas cursi, hombre. Déjale eso a Corín Telhado.

01/12/1997

 
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