ARTÍCULO

Quiniela de desilusiones

Ollero y Ramos, Madrid, 158 págs.
 

Los títulos recientes de Juan Cruz han acentuado el componente intimista hasta el punto de desembocar en una leve ficcionalización del propio recuerdo, a un paso de las puras memorias. Así está concebida La foto de los suecos. La evocación personal, con todo, no suele ser en él un absoluto ensimismamiento, pues, aunque la cargue de elementos emocionales y expela aromas de melancolía, tiene también una voluntad coral y no falta en ella una carga crítica. Ello se ve en dos obras poco anteriores a la citada: En la azotea y El territorio de la memoria. Ese enfoque, cuya sustancia consiste en partir de la evocación de destinos individuales para buscar un sentido colectivo, inspira Una historia pendiente.

Esta nueva novela de Juan Cruz tiene varios perfiles a la vez. Alberga, como en sordina, referencias al propio autor. No a peripecias que él haya protagonizado, sino a ambientes o situaciones que formaron parte de su experiencia biográfica y sobre los cuales construye, al final del texto, un sentido de la historia. No pocos indicios llevan al mundo natal del autor y certifican un sustrato confesional: referencias de pasada a la isla (¡la inevitable isla de todos los narradores canarios!), una mención ocasional de Gran Canaria, la esporádica sustitución del tuteo por el voseo o la expresión «la nada hecha pedazos» dicha por un personaje sin el menor énfasis, sin advertir que figura en el título del libro inaugural de Cruz.

A esta primera dimensión se suma la puesta en pie de una tensa conversación en la cual dos protagonistas llegan al fondo del vaso de su respectivo sentido de culpa. Se trata de un matrimonio de cuarentañeros, ella azafata y él publicitario, separados hace tiempo, sin comunicación durante diez años y que hoy –en el presente del relato– han concertado un encuentro en una vieja casa para hablar. Para hablar de las causas de sus remordimientos y con ello liberarse del sentimiento de culpabilidad. La conversación, a veces imprecatoria y encanallada, descubre la historia pendiente a la que alude el título: se engañaron mutuamente, cayeron en las redes envilecedoras de la policía política y se ocultaron los servicios de confidentes prestados en los estertores del franquismo. Estas miserias recién desveladas permiten recomponer al final del encuentro los trozos del espejo en el que ambos se identifican.

El núcleo de la novela está en esa exploración de la mala conciencia, del remordimiento y de la posibilidad de arrepentirse y librarse del pasado. Todos esos conflictos proceden de una corrupción moral que acabó con la esperable sinceridad juvenil. Lo mucho que se juega la pareja en su acto de sinceración liberatoria se aborda con un dispositivo formal muy exigente: una fabulación unamuniana que va al meollo del problema sin la menor concesión a los habituales elementos descriptivos del género novelesco. A nuestros ojos sólo aparece el diálogo desnudo y sólo mediante éste se construye todo un mundo: idearios, sentimientos, datos de un pasado próximo, con el doble referente incesante de la caída del muro de Berlín y del espectro teórico del fin de la historia.

Resulta curiosa la enorme coincidencia entre esta novela de Juan Cruz y una muy cercana de José María Guelbenzu, Un lugar en el mundo. Su concepción formal es muy parecida (salvo la enorme distancia que separa la naturalidad lingüística del primero del rebuscamiento expresivo del segundo), pero les separa el sentido de indagación histórica que sostiene en Juan Cruz la problemática individual. En efecto, la culpa de la pareja procede de sus propias debilidades, pero no se hubiera producido sin la anomalía histórica del franquismo. Los jóvenes de finales de los sesenta fueron víctimas de aquella circunstancia y hacia ello, hacia esa juventud estafada, apunta el autor.

Venimos a parar, pues, a un relato de interpretación histórica que gravita sobre la propia promoción a la que pertenece Juan Cruz.

Unos destinos personales valen para una desencantada crónica generacional de los jóvenes del 68, dicho con la fecha emblemática que marca tanto a los personajes como al autor. No es esta una percepción particular de Juan Cruz, porque otros autores coetáneos suyos –Lourdes Ortiz, Antolín Rato, Fernando Delgado, Vaz de Soto– han ido dejando en sus fábulas un sentido de la actualidad de semejante desilusión. En su crónica, Cruz subraya la gran frustración de las gentes de su época y deja constancia de una certeza, la inviabilidad de la utopía.

01/01/2000

 
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