ARTÍCULO

Vuelve el monstruo

Plaza y Janés, Barcelona
446 pp. 19,90 €
 

En su penúltima película, Pedro Almodóvar documentó la mala educación que podía recibir un español en los años cincuenta. En su última novela, Ignacio García-Valiño (Zaragoza, 1968), ha documentado la mala educación que puede recibir un español de hoy. La obra, finalista de la quinta edición del Premio Ciudad de Torrevieja, lleva por título Querido Caín y en ella García-Valiño, escritor y psicólogo, ha combinado varios géneros y algunos tópicos literarios para componer una tragedia de suburbio, la paradójica historia de unos personajes que se han afincado en la insensatez y que, evidentemente, errabundean en lo más palmario.
El protagonista de esta historia es Nicolás, un niño de doce años que vive con sus padres Coral y Carlos –traumatóloga y abogado, respectivamente– en una urbanización de lujo madrileña. La novela empieza con un episodio trepidante y sangriento en el que Nico, con frialdad milimetrada, comete un pequeño crimen doméstico que deja a sus padres atónitos. La atrocidad les lleva a recurrir a Julio, un psicólogo infantil, para que intente arreglar a ese hijo. El argumento se complica cuando sabemos que Julio ha sido el hombre al que Coral, madre de Nico, abandonó para casarse con Carlos. A partir de entonces el problema del niño se entrevera con el de las relaciones entre el psicólogo y sus ­padres.
De hecho, la trama de la novela parece tener por protagonista a Nicolás, pero sin el concurso de estos tres adultos un tanto infantiles, egoístas, y bastante confundidos, el niño no podría cometer una serie de acciones cada vez más violentas y enfermizas (y, dicho sea de paso, fascinantes para el lector). Del mismo modo, sin la participación errática de estos tres adultos, tampoco conseguiría seguir manipulando a quienes podrían haberle detenido a tiempo. De ahí que el conflicto tenga su origen en la ceguera de los tres adultos.
Coral y Carlos, pese a tratarse de personas formadas y responsables, carecen del sentido común necesario para educar a un hijo, y para cuando se dan cuenta de que lo han hecho todo mal, por acción y por omisión, ya es demasiado tarde. Este niño, al que no le falta de nada en lo material, pero que no ha recibido ningún adoctrinamiento sobre el bien, el mal y sus razones, se complacerá en tensar la relación con su padre –ausente– y en manipular a su madre –sobreprotectora–, hasta provocar la ruptura de la pareja.
Julio, por su lado, convertirá a Nico en un caso clínico imposible. Ni sus prejuicios intelectuales (para él no hay comportamiento anormal sin un trauma previo), ni los protocolos que emplea habitualmente, servirán con un niño como Nico que, en la tesis del libro, viene a demostrar que la maldad está bien arraigada en la naturaleza humana. Pero, juicios profesionales aparte, el psicólogo también está cegado por el amor a Coral, y esto le llevará a buscar a la desesperada ese trauma concreto que sirva de clave para explicar un comportamiento perverso. Los intentos de acercamiento a Nicolás por medio del ajedrez –lo único que interesa al niño– no sólo no le ayudan a atisbar el trauma que busca, sino que fortalecen las ansias de dominio y la rapacidad del crío.
Entre los aciertos de la novela está que refleja la percepción más extendida sobre la infancia. Después de que Freud la resexualizara, dejando atrás la ñoña imagen angelical de buena parte del siglo xix; y después de que Foucault relativizara la sacrosanta represión freudiana, documentando el aparato ortopédico con el que se quiso encauzar la sexualidad por vías «sanas», parece que volvemos a una fase previa de desarrollo. Tal vez en nuestra educación, bajo densas capas conceptuales psicopedagógicas que la avalan, perdura la fe rousseauniana en la bondad innata del ser humano. Querido Caín da la vuelta de tuerca precisa para mostrar que las desgracias se convocan negándose a ver lo evidente y, en el caso de la novela, esto equivale a negar el mal.
En tanto que novela de tesis, esta obra defiende el compromiso real en la educación, lo que quizá signifique que para hacer de un pequeño ser humano algo socialmente aceptable hace falta firmeza, compromiso y mucha mano izquierda. El sobrecogedor retrato de la pareja formada por Coral y Carlos alerta sobre el vacío de valores que se ha producido al desaparecer los principios ilustrados que prevalecían en la sociedad anterior, y no ser sustituidos efectivamente (otra cosa son las palabras y la palabrería) por valores secu­la­res. En ese sentido Querido Caín transmite un desengaño similar al de Historias del Kronen y retrata a un monstruo igual de impasible (pero diez años más joven).
Algunas de las tramas secundarias de la novela quedan sin resolver, como la de las relaciones entre Julio y una compañera de su gabinete de psicología; se producen algunas situaciones inverosímiles que podrían haberse resuelto fácilmente de otro modo, como el encuentro de Julio y Carlos en una carretera, y otras que, cargadas de verosimilitud, no aportan gran cosa a la acción, como las protagonizadas por Julio y sus colegas. Detalles aparte, el brío lingüístico de García-Valiño da lugar a momentos de suspense dignos del mejor thriller, y la novela en conjunto acierta al mostrar sin contemplaciones los resultados de una educación que consiente el mal, eso sí, con las mejores intenciones. 

01/05/2007

 
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