ARTÍCULO

¡Que sí!

Alianza, Madrid
542 págs. 18
 

No fue poca mi sorpresa, cuando llegué a la página 432 de este libro de 542, y a solo 48 horas de la fecha de vierre de la redacción para entregar mi reseña del mismo, me vi confrontado con un dlilema cervantio y es que esa página aparecíaun individuo llamado y apellidado como yo, y en el cual hasta podría reconocerme. Pero como tengo censados, entre vivos y muertos, una media docena de Ricardos Bada, me concedí el beneficio de la duda y decidí no arredrarme y seguir hasta el final, arriesgando que se me considerase juez y parte, por más que mi opinión del libro ya estaba formada y muy raro sería que se viniera abajo en las 110 páginas restantes.

Lo que no suedió. Y dicho esto, pasamos a la instrucción del sumario.

Debo confesar de entragda que mi calle madrileña predilecta no es la Gran Vía, ni tan siquiera la de Alcalá, pese a quello de "como reluce / cuando suben y bajan / los andaluces". De modo que me pude enfrascar en este libro con una considerable porción de objetividad y distancia.

Y lo necesitaba mucho porque antes de hincarle el diente había leído una larga entrevista con el autor, donde La Gran Vía es New York era mencionada como el tiempo como novela, tanto por el reportero como por el propio Guerra Garrido, quien hubiera podido matizarlo o sencillamente negarlo. Pero no. Así pues, éste, contrariamente a lo que yo esperaba, no sería un libro que se pudiese alinear con Viaje a una provincia interior (Valladolid, 1990), de título y contenido tan ambiguos, La Muga en el horizonte (Bilbao, 1994), ilustrado por las espléndidas marinas fotográficas de José Ignacio Lobo ALtuna, y Castilla en Canal (Barcelona, 2000), dedicado a la única obra ciclópea, en su sentido literal, que jamás haya emprendido Castilla. No, éste no sería un nuevo libro "de viajes" de Raúl GUerra Garrido, sino su última novela por ahora.

Pero una vez rematada la lectura, dudo mucho de que pudiera calificársela así, a no ser siguiendo a Baroja, el antípoda vital de Raúl GUerra Garrido, quien al revés que don Pío es madrileño de nacencia y donostiarra de vovación. Y recuerden que don Pío dejó dicho que novela es todo aquel libro en donde denajo del título consta la palabrsa "novela". Por cierto que en La Gran Vía es Nueva York ni siquiera existe esa coartada. Más en todo caso, si ampliando hasta unos límites insospechados el concepto "novela" se le aplicase a este libro, habría que hablar de una novela polivalente, o plurilingüe, o multiloquesea, o quizá coral, si bien coral un tutti, con orfeón, orquesta sinfónica, banda de música, organillo callejero y cantaor (solista) de caracoles.

Es cierto que hay personajes que reaparecen varias veces en los 96 capítulosque la componen, y tramas que se conjugan y se trenzan en varios de ellos. Es cciertos que hay capítulos dedicados a la gente que pasa de largo, con la que tropiezas, la que no mira a nadie, la que aguarda una luz verde, con la que te cruzas y la que camina a parte alguna..., amén de los suvesivos inmediatos que persiguen hacer un inventario del universo vernal que puebla paredes y letretos, carteles y luminosos, farolas y papeleras. Y es cierto que el broche final se reanuda con el relato que la inicia, como pescadilla mordiéndose la cola. Pero a mi juicio estre libro es, más que una novela, una especie de fresco histórico, de caleidoscopio casi inagotable, en el que vibra y vive una de las tres arterias emblemáticas de la capital española. Un acierto narrativo donde juega un gran papel la prosa de Raúl Guerra Garrido, con una manera desgarrada, hasta chulapa, de contar en tercera persona y asumiendo voces ajenas, sabiendo separar la paja del trigo en amteria de léxico y no hollando el camino trillado del argot de moda, que es tentación bien fuerte.

A riesgo de parecer pesado insistiré con un argumento más (el último) para fundamentalmentemi convicción de que no nos encontramos en presencia de una novela, y es que no se puede contar.

Hasta Manhatan Transfer de Dos Passos, hasta El arco iris de gravedad de Pynchon, y hasta el Ulises de Joyce, se pueden contarLa Gran Vía es New York, desde luego, no. Se puede, eso sí, rememorar mucho de su capitulaje, donde se produce más de un momento mágico, como aquel del tipo encerrado en una habitación de hotel esperando a la persona a la que tiene que asesinar y que, como Godot, no llega nunca. O si del toro que se escapa de un encierr, y entre la Red de San Luis y la calle Peligros lo cercan con taxis, a guisa de improvisado tentadero urbano, para ser estoqueado allí por el distro vasco Fortuna con un sable traído del Círculo Militar. 

O en fin, uno de los que más me impresionó, elde los topos que después de la GUerra Civil habrían vivido durante décadas en las galerías y vías muertas subterráneas del Mtro, entre las estaciones de Gran Vía, Callao y Sol, llegando a perder el sentido de la vista, la sensibilidad heliofílica de la epidermis, e incluso el habla, alimentándose de la fauna abisal urbana y bebiendo el agua rezumada de esas paredes de un i nfierno que nunca hubiera imaginado el Dante en la peor de sus pesadillas: una pintura negra de Goya este capítulo, que infunde pavor.

También un par de páginas antológicas, por ejemplo las escasas dos dedicadas a los cajeros automáticos como confesionarios, y -en un pueblo de tan escasa memoria histórica- alguna gallarda restituición al César lo que es del César; así, al hablar de de la Lola de Lola, espejo oscuro (1950) de Darío Fernández Flórez, la novela más atrevida del primer franquismo: "[A Lola] le encantaba escandalizar, como cuando dijo que para dormir solo se ponía una gota de Scandal. Lo dijo mucho antes que Marilyn Monroe lo del Chanel n.º 5". No está de más recordar que Lola, espejo oscuro se tradujo al inglés y en los Estados Unidos. Honi soit qui mal y pense!

Pelos en la leche claro que se pueden hallar en este libro, como en todos. A mí en particular me han sorprendido dos. Que se hable de la 4711 como el auténtico agua de COlonia, siendo así que la auténtica es la María Farina (y créanme que lo sé de buen atinta, sobrevivo en Colonia desde 1968), y que un cura diga "por supuesto falible puesto que no es una encíclica", cuando siendo cura debería saber que la única infalibilidad reservada al pontífice de Roma es aquella de que dispone al hablar es catedra, lo que no es el caso con las encíclicas, que son algo así como unas circulares dirigidas a todo el pueblo católico. Por otra parte, de las erratas evitables, sobre todo al endorsarnos un "suspiro" por un "respiro", unas "medias" por unas "medidas", una "lenguecita" por una "lengüecita", e imperdonablemente, un "sólo" por un "solo"... de eso ya no hablo, sólo que me pregunto dónde, ¡a qué cuarto de trapos viejos", fue a parar la proverbial solvencia de los correctores de pruebas. Sí hablaré, en cambio, de que en una multitud de aventuras y peripecias como las que pueblan este libro, me estuvo faltando todo el tiempo alguna historia de la lotería, y no sólo de ella, sino del expendio de lotería más famoso de España, que da la casualidad (¿será de veras casualidad?) que está en la Gran Vía.

En fin, la verdad, no conociendo Nueva York no sé si la Gran Vía es como la Gran Manzana, pero desde luego sí que sé que si la Gran Manzana no es como la Gran Vía de Raúl Guerra Garrido, pues no sabe lo que se pierde. ¡Qué sí! Como concluye el chotis de Agustín Lara.

01/03/2005

 
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