ARTÍCULO

Problemas y caminos de la lengua

Crítica (Grijalbo Mondadori), Barcelona, 1996
504 págs.
 

Sin ninguna duda, Rafael Lapesa es hoy el patriarca de la filología española. Discípulo directo de Menéndez Pidal, heredero de la brillante pléyade que formaron estudiosos tan diversos entre sí como Américo Castro, Tomás Navarro Tomás o los Alonso, Amado y Dámaso, la obra de Lapesa ha transmitido a las generaciones de la posguerra, a través de su magisterio personal o por las enseñanzas de sus escritos, no sólo los sólidos resultados de una minuciosa labor investigadora, sino también un talante personal y un modo de encarar el trabajo que se remonta hasta los lejanos y aún no superados tiempos de la Institución Libre de Enseñanza.

Lapesa es un filólogo, esto es, alguien que aúna el estudio del entramado lingüístico de un idioma como el nuestro con la investigación de los más variados problemas de la literatura hecha en español, desde las jarchas mozárabes hasta Antonio Machado o Francisco Ayala. Alguien que para dar debida cuenta de las cuestiones de historia lingüística o literaria cree que ambas, lengua y literatura, han de verse dentro de la historia general que siguieron las comunidades que hablaron y hablan esa lengua, y que en ella escriben. Alguien, en fin, que no entiende el estudio del idioma como la fría disección de un cuerpo muerto, de una estructura más o menos complicada, sino como el acercamiento inteligente y apasionado a algo que constituye el nervio central de una comunidad humana. Por ello, como enamorado de su lengua, la española, no se limita a constatar los problemas que la aquejan, sino que trata de señalar los caminos que, a su entender, ésta debería seguir para mantener una unidad que permita la comprensión mutua, el entendimiento directo, entre varios cientos de millones de personas en diversos continentes.

Al ideal de la unidad del español, unidad que no es un bien por sí misma sino porque garantiza la comunicación entre tantos seres humanos, Lapesa sacrifica con gusto la «pureza» lingüística o la conservación de venerables modos de hablar. Como buen historiador, Lapesa sabe que las lenguas no pueden sino cambiar, modificarse para seguir cumpliendo su papel de instrumentos de comunicación y expresión; las lenguas tienen que incorporar nuevas palabras y nuevas formas de decir, de acuerdo con los tiempos, y abandonar otras, que han dejado de tener sentido o que ya no son vistas con agrado por los hablantes. Pero lo que Lapesa querría es que las inevitables innovaciones no se hicieran al capricho de modas efímeras, sino respondiendo a verdaderas necesidades expresivas de los hablantes. Y, sobre todo, que se pudieran realizar mancomunadamente entre todos los hispanohablantes. Ahí es donde cree Lapesa que tienen hoy su mejor sentido las Academias de la Lengua de España y de los demás países de lengua española: como coordinadoras de la introducción del nuevo vocabulario científico y técnico y de las formas de expresión del lenguaje de los medios de comunicación, sectores ambos en que el español vive en fuerte dependencia de lo que se hace en otras lenguas, y en los que la rapidez y extensión de las innovaciones son tales que se corre el peligro de que los países hispanohablantes acaben difiriendo demasiado en los modos de llamar a las mismas cosas.

De todas estas cuestiones trata por extenso el libro objeto de esta reseña. Ello se observa en especial en los apartados II («Cuestiones académicas»), III («El español en España y en América») y IV («Nuestra lengua en la España del siglo XX »). Lo mismo al tratar de cuestiones tan concretas como la historia de los vocablos alma y ánima, o los orígenes del «voseo» americano, o la génesis de esa forma tan caribeña de poner el pronombre sujeto en las preguntas («¿Qué tú dices?»), que al enfrentarse con los grandes problemas de la Academia Española o de la unidad del idioma o del papel de América ante la lengua, la actitud es la misma: análisis exhaustivo de los hechos, inteligencia al interpretarlos, generosidad al valorarlos y al incardinarlos es la preocupación central de Lapesa, el deseo de que se preserve la unidad idiomática. Menos optimista se muestra nuestro autor, aunque en este punto las consideraciones se realizan más superficialmente, en los pocos momentos en que plantea los problemas de convivencia del español con las otras lenguas de España: hay que decir que Lapesa, al revés de lo que ocurría con las cuestiones que hemos enumerado más arriba, no se ha enfrentado como investigador a los problemas del bilingüismo en España, por lo que su actitud es aquí la del espectador apasionado.

En estos trabajos el historiador Lapesa ha iniciado, prácticamente sin antecesores, la historia del español contemporáneo. A veces semeja que la historia del español hubiera acabado en 1726, cuando la Academia dio a la luz pública el primero de los tomos de su primer diccionario, el que acabó llamándose Diccionario de Autoridades. A partir de ahí, el español moderno se estudia como un objeto sin historia, como un estado inmóvil. Lapesa, en cambio, introduce la dimensión histórica, el problema del cambio en la lengua de nuestros días, y trata de detectar las corrientes evolutivas que se están produciendo ahora mismo en el funcionar del español. A ello responden, por ejemplo, los títulos de dos de los trabajos incluidos en el libro: «Nuestra lengua en la España de 1898 a 1936» y «La lengua entre 1923 y 1963».

Esa misma mirada de historiador es la que lanza nuestro autor sobre los siglos XVIII y XIX en el primer apartado de los que componen el libro: «De la Ilustración al Romanticismo». Se trata de una época casi olvidada por la mayoría de los que se dedican a estudiar la historia del español. Como se dijo más arriba, hay una vaga sensación de que, en cuestiones lingüísticas, dan lo mismo Jovellanos que Galdós, o Larra que Umbral. Y no es así: la historia del español en esos dos siglos quizá no sea rica en cambios de sonidos o de construcciones gramaticales, pero es fundamental para la formación del vocabulario moderno, en especial el vocabulario de la vida política, cultural, social, económica. Mucho más que en los siglos de oro, más que en Quevedo, Gracián o Saavedra Fajardo, nuestro léxico «intelectual» se configuró en ese período, el que va de Feijoo o Jovellanos a Larra, período sobre el cual Lapesa hace interesantísimas calas y aproximaciones.

El libro concluye con unas irónicamente llamadas «Prédicas finales», en las que el autor recuerda «La responsabilidad de los intelectuales ante la lengua» y narra «Mi experiencia en la enseñanza del español y de la literatura», con la esperanza de que ésta pueda servir de algo a los profesores de hoy y, de rechazo, a las nuevas generaciones de hispanohablantes.

No se trata, por tanto, de la obra de un lingüista escrita para otros lingüistas. Es, sí, la recopilación de un extenso conjunto de trabajos, publicados a lo largo de muchos años, y dirigidos a todos los hablantes de español, cualquiera que sea su ocupación, que sientan algún aprecio por la lengua que hablan y se hayan preocupado alguna vez de las dificultades con que ésta se encuentra y del porvenir, Lapesa lo ve con esperanza, que le aguarda. Una obra indispensable, pues.

01/03/1997

 
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