ARTÍCULO

Golpes de ingenio

Tusquets, Barcelona
192 págs. 14 €
 

Salvo excepciones, un buen termómetro para medir la calidad de una obra literaria es el grado de intensidad que su recuerdo deja en la memoria del lector. Las huellas de las buenas novelas permanecen en el tiempo. También, es cierto, pueden perdurar las de las malas, aunque sólo sea como ejemplos de lo que no se debiera haber escrito y publicado o de lo que no se debiera haber leído para no desaprovechar el poco tiempo disponible. Hay, finalmente, otras novelas, la mayoría, cuyo recuerdo puede desaparecer al poco de ser leídas a causa de su intrascendencia o de su liviandad.
Viene lo anterior al caso de esta primera novela de Miguel Albero, madrileño de 1967 y trotamundos pertinaz en los últimos años, ya que ha residido en varios países. Principiantes es una obra amena y agradable, adobada con golpe de ingenio y humor, bien escrita y estructurada, de resultados correctos y acordes con los objetivos propuestos por el autor. Y, sin embargo, estos valores literarios no parecen suficientes para evitar que se convierta en fugaz y pasajera, y que su destino probable, como sucede con muchas novelas que se publican hoy, no sea otro que el de ocupar un lugar en el territorio del olvido.

Sirviéndose de un personaje secundario que actúa de narrador periférico, ya que acompaña al protagonista en su peripecia narrativa, Albero cuenta una historia que se fundamenta en un proyecto novelesco condicionado en todo momento por su arranque ingenioso: Fermín Maroto, jubilado en un asilo de ancianos, al igual que el narrador, ocupa su tiempo de ocio, que los demás relegan a la dejadez e inoperancia, en la investigación tenaz de descubrir y seguir los rastros de aquellos fracasados insólitos, o no tan insólitos, que pusieron su coraje, esfuerzos y energías en los comienzos de sus empresas y trabajos, descuidaron su continuación o no calcularon sus consecuencias y, por tanto, al no coronar sus propósitos, desbarataron las mieles de sus metas cumplidas.

Toda la novela, por tanto, recoge uno a uno los casos concretos de «principiantes» (por ejemplo, un atleta argentino que lidera una carrera en los primeros seiscientos metros y luego abandona, un joven asturiano que se consume contumaz por haber empeñado su vida sólo en la intensidad de los comienzos, un escritor francés que ante la presión de los preámbulos no llega a escribir, un piloto automovilista alemán con un brillante futuro por delante que al enfrentarse a su primer gran premio queda paralizado en la salida, etc.) a los que conducen las pesquisas del protagonista y son objeto de la subsiguiente explicación del narrador.

Y es aquí, en las digresiones del narrador, donde se encuentran, entre datos aparentemente reales o apócrifos, las mejores pinceladas de ingenio y humor del texto. Ahora bien, estas pinceladas muestran, como contrapartida, el sentido liviano de la obra, que no es otro que su carácter estrictamente lúdico, superficial y ligero. De modo que, por mucho que el lector quisiera bucear en su simbolismo existencial, que tal vez lo tenga, sobre la inconstancia o la improvisación humanas, al final sólo percibe su actitud de provocar a toda costa la sonrisa, y hasta puede que la carcajada, consideradas como fin en sí mismas.

Escasa materia es esta como para que la novela pueda permanecer en la memoria. Y más aún cuando la obra adolece de falta de profundidad y verosimilitud adecuadas en los aspectos narrativos restantes. Este problema es especialmente significativo, por ejemplo, en el tratamiento y caracterización de los personajes. Y no nos referimos a los «principiantes», que al fin y al cabo funcionan como puntos referenciales de la historia y la trama, y que por supuesto tampoco requieren mayor configuración, sino a los personajes principales que van vertebrando la narración. Ni Maroto ni el narrador son verosímiles en su forma de ser o en su forma de actuar, ya que, por un lado, su peripecia narrativa podría ubicarse en otra edad cualquiera, con sus peculiaridades concretas, y sin que por ello se viera alterada la trama y, por otro, su creación como personajes en ningún momento logra justificar las razones claras de su carácter, de su visión de la vida o de su propia actuación dentro de la historia.

01/02/2005

 
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