ARTÍCULO

Primorosa artesanía

Planeta, Barcelona
286 págs 19 €
 

La impresión más desconcertante que produce El huerto de miamada, la novela con la que Bryce Echenique ha conseguido el Premio Planeta, es que está contada sin saber bien en qué registro quiere moverse, si en la parodia cómica, con ingredientes de cine mudo y de los hermanos Marx, o en la comedia ligera, con un humor amable y evanescente, al modo de Jardiel Poncela, o tal vez en una suerte de sátira de crónica social limeña. Como parodia, no logra una burla general; como comedia, es inconsistente, y sus repetidas gracias rozan el aburrimiento; como sátira, carece de mordacidad, y no deriva hacia la ridiculización. No obstante, de todo hay en estas páginas, pero diseminado y en agraz; de ahí que parezcan escritas por un narrador más atento a sus cambiantes estados anímicos que al tono y a la composición que requería la novela. Esto produce otra impresión, todavía más desconcertante, si cabe, y es que esta mezcla conforma una pasta adecuada para la caricatura, con el inconveniente grande de que es la novela la que termina convertida en caricatura de sí misma.

Que un texto se muestre tan pertinaz para desalojarse y perder su rumbo no deja de ser una empresa, ciertamente, asombrosa, que sólo puede lograr un excelente escritor, cuando éste moviliza sus destrezas de prestidigitador para un asunto novelesco que necesitaba únicamente, contención y sentido de la proporción. Bryce Echenique posee una prosa desbordante, serpenteante, impaciente, envolvente, que gusta de la acumulación, y da vueltas y revueltas sobre los mismos motivos y escenas, hasta el punto de que se olvida de dar cohesión a sus personajes. Así, según sea la situación en que se muevan sus criaturas, el narrador exagerará sus trazos, haciéndolos a conveniencia muy distraídos o muy sagaces, según el grado de comicidad que quiera provocar.

El propósito de comicidad es patente, sobre todo, en las primeras páginas, con la presentación de los protagonistas y del núcleo argumental. Carlitos Alegre, un muchacho de diecisiete años, hijo de una familia de la alta burguesía limeña, de quien siempre se afirma que «nunca se fijaba en nada», abandona su fervor católico y su rosario, e interviene en la fiesta que celebran sus padres al sentirse irremediablemente atraído por Natalia de Larrea, una mujer de treinta y tres años, bellísima, «tremendo lomazo» en el argot del libro, codiciada por las fuerzas vivas presentes en la fiesta, que no pueden soportar que un mocoso la arrebate al ritmo de Siboney en versión de Stanley Black. La cosa deviene en aparatosa pelea, en una trifulca de cine cómico a la manera de Buster Keaton, con quien Carlitos Alegre comparte el impasible despiste. La pareja huye, él maltratado por los golpes, y comienzan a vivir un despreocupado concubinato en la casa de campo de ella. La notable diferencia de edad parece propiciar una confrontación con la moral de la época, y así nos lo recuerda el narrador, bastante más adelante, en la página 73: «había una vez una ciudad llamada Lima y un calendario 1957 y un gran amor y unos padres contrariados y unos amigos falsamente escandalizados y una sociedad de doble filo», líneas que indican el recuento trivial que caracteriza la novela, que no está impulsada, en ningún momento, por la convicción narrativa, sino por el abuso de fórmulas y ritornellos. El propio narrador se encarga de no hacer llegar al lector la solidez que la historia necesita. Es probable que El huerto de mi amada tenga un registro que a mí se me escapa, pero resulta cuando menos dudoso que un amor tan amenazado, pues así se presenta en su origen, pueda mantenerse estable hasta que Carlitos Alegre dobla su edad, sin que la novela refleje más que un par de enfados, bastantes ridículos, por cierto. Pero sí, porque ni Carlitos Alegre ni Natalia de Larrea son personajes; son más bien resortes para provocar escenas propicias a la descripción circular, al virtuosismo verbal, al juego del ensamblamiento de lo lírico con lo prosaico. Esos alardes proporcionan, sin duda, lo mejor de la novela, pero sólo en su primer capítulo, que abarca setenta páginas; después es pura repetición y manierismo.

Seguramente, con esta historia de amor de un joven y una mujer madura, Bryce Echenique quería hacer un retrato burlesco de la sociedad burguesa en Lima a finales de los cincuenta, aprovechando la edad de su héroe y su aprendizaje vital. Pero, dado que aquí todo tiende a la caricatura, la historia viene ya deformada por los trazos burlescos, y la burguesía limeña es sólo un telón de fondo. Carlitos apenas se relaciona con nadie, excepto con los mellizos Céspedes, arribistas desesperados que buscan a toda costa una chica de abolengo para integrarse, boda por medio, en la alta sociedad. Ellos son chicos con estrategia, aunque sin don de gentes; así que será Carlitos quien hará funciones de alcahuete, un extraño papel que permitirá al narrador, de nuevo, componer escenas pretendidamente jocosas, con su punto de absurdo, y sin preocuparse para nada de la verosimilitud. Sobre las chicas que van apareciendo, poco hay que decir; su carácter está también muy desdibujado, tienen envoltura de maniquí, y sólo se distinguen por sus apellidos. Lo que no impide que una de ellas encarne el paciente y anhelado amor, y espere casi veinte años a que Carlitos Alegre rompa con Natalia de Larrea para casarse con él.

Estos ingredientes, de densidad muy ligera, operan en un nivel más próximo al chismorreo, y tal vez al culebrón, que a la sátira social, y en puridad son insuficientes para armar una novela, aspecto que se percibe en la precipitación del narrador, al saltar descomunalmente hasta los años setenta, en un epílogo a todas luces innecesario, para decir sencillamente que aquella historia de amor se acabó. Lo que queda, pues, en el desconcertado lector es la impresión de haber asistido a un malabarismo narrativo donde los efectos nada tienen que ver con las causas, lo que lleva a la conclusión de que lo que mejor define El huerto de mi amada es la gratuidad, y tal vez también la feliz disposición de su autor, que sin duda se ha entretenido mucho al escribirla, pero a expensas de rebajar a primorosa artesanía el arte de la novela.

01/12/2002

 
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