ARTÍCULO

Primeros ditirambos de un niño

Valdemar, Madrid, 1997
Trad. de L. F. Moreno Claros
352 págs.
 

Los nietzscheanos estamos de enhorabuena, ya que recientemente se ha publicado un libro que recoge escritos del autor desde los doce a los veinticinco años (1856-1869). En él encontraremos textos autobiográficos y una serie de proyectos y realizaciones intelectuales como lecturas, audiciones musicales, esquemas de libros futuros (como los que aparecen con profusión en sus Escritos póstumos), dudas vocacionales (¿filólogo o filósofo?), dos pequeños ensayos, amén de cartas a los amigos, descripciones de personas y paisajes, etc.

A la temprana edad de doce años, Nietzsche toma la decisión de escribir un diario en el que «confiar a la memoria todo aquello, tanto triste como alegre, que conmueva a mi corazón» (pág. 30). Y lo que llena de alborozo el corazón del niño son las alegrías de la Navidad, especialmente los regalos. A los catorce años se siente con madurez suficiente como para tomarse en serio el proyecto, y comienza una serie de escritos, a los que titula De mi vida, en los que cuenta una y otra vez, a lo largo de los años y en versiones diferentes, los acontecimientos trascendentales que marcarán su existencia. El primero fue la muerte del padre, ocurrida a los cuatro años, figura idealizada a la que describe como «el más tierno de los maridos, el más bueno de los padres, el modelo perfecto de un clérigo rural» (pág. 187). Este suceso le conferirá un carácter taciturno y retraído, amante de la introspección; del cual, sin embargo, se beneficiará su espíritu adulto en un acto de la más radical transvaloración positiva. Frente al «espíritu de la pesantez» o sobrepeso, que lastra al sujeto porque es de la misma materia que los acontecimientos, Nietzsche siempre opondrá la voluntad «en la que reside el poder del alma» (pág. 229), una voluntad que alza el vuelo, como dirá más tarde Zaratustra, el danzarín de pies ligeros.

Ante estos textos de juventud, estamos tentados de rastrear indicios del pensamiento de madurez, y hay que caer en la tentación si el tema que nos ocupa es la vida, ¡que debe ser vivida! El mandamiento es: Carpe diem, ¡disfruta del momento, aquí y ahora!, ya sea en los estudios, o en las relaciones con los amigos, o en los múltiples viajes, a pie o en tren, o en coche de postas, que el viajero impenitente que siempre fue realizaba por las comarcas próximas, en todas las vacaciones estivales. Amor a la vida y amor a la sabiduría (a las que identificará en muchos textos, por ejemplo, en «La canción del Baile», de Así hablaba Zaratustra) serán las piedras miliares sobre las que construirá su pensamiento como cruzada contra los valores establecidos: en moral, religión, política, arte o filosofía.

El carácter del hombre es su dáimon (Heráclito, Fr. 119, Estobeo, Ant. IV 40, 23). Esta máxima niega la opinión, generalizada en Homero, de que al individuo no se le puedan imputar la responsabilidad de sus actos. Dáimon significa en este pasaje el destino personal de un hombre, que está determinado por su carácter, sobre el que ejerce un control voluntario y no por poderes externos, que actúan a través de un «genio» asignado a cada individuo por el azar o el Hado. Nietzsche consideraba a Heráclito su predecesor y podrían interpretarse sus dos pequeños ensayos: «Fatum e historia» y «Libertad de la voluntad y fatum», como una glosa de esta máxima, aunque sin citarla. En ambos contrapone el fatum a la voluntad y se pregunta si lo que determina la suerte en nuestra vida son los acontecimientos, de cuyo vórtice nos vemos excluidos; o por el contrario, es la fuerza de nuestro carácter o ánimo, guiado por la libre voluntad, la cual decide el destino de los hombres. Fatum es, además, un concepto abstracto, y sólo existe un fatum individual determinado por los actos de cada cual; el individuo es responsable de su destino. De la lucha y confrontación (de nuevo, Heráclito) de ese actuar «consciente» (voluntad) o «inconsciente» (fatum) surge el individuo humano. «Una voluntad absoluta y libre, carente de fatum, haría del hombre un dios; el principio fatalista, en cambio, un autómata». Con estas palabras terminan estas reflexiones, escritas en 1862.

No quisiera acabar este comentario sin aludir al tema de la música, que presidió la vida de Nietzsche. Establece una relación de «nobles parientes» entre los estados de ánimo y las notas musicales. Así dice que lo que es de la misma especie atrae el alma para sí, diluyendo en cada nota el estado de ánimo correspondiente, siendo por tanto, la música consolación para el hombre. En su primer libro, El nacimiento de la tragedia, sostiene que la música es su esencia, y a la vez, la esencia de la vida. La música dionisíaca (compañera del ditirambo) procuraba el consuelo metafísico: en el fondo de las cosas y pese a la mudanza de las apariencias, la vida es indestructiblemente poderosa y placentera y ¡merece ser vivida!

01/09/1997

 
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