ARTÍCULO

Informe razonado de primeras novelas (III)

Taller de Mario Muchnik, Madrid
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El Cobre, Barcelona.
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Ed. Hermes/4, Toledo.
178 págs. 15 €
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Algaida, Sevilla
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Las anteriores entregas de este informe no han proporcionado un balance muy positivo de nuestra última narrativa. Hoy, por suerte, las primeras novelas que comento invitan al aplauso y a la esperanza. No ha sido algo deliberado, sino consecuencia azarosa de unas lecturas sin orden alguno. La cosa no es, desde luego, para echar cohetes, y sigue faltando esa nueva voz poderosa y creativa, salvo lo que aventuro al final, y domina, como mucho, un tono medio de sólo discreta corrección, pero algo es algo. Sobre todo, cuando se aprecia una voluntad de riesgo, un signo de innovación, un propósito de hacer algo distinto de esa literatura de consumo, convencional, o sentimentaloide, pensada para el mercado, que sigue llevándose la parte del león de la narrativa actual, y en la que caen incluso autores con trayectoria larga y renombre.

Al menos, ese gusto por la diferencia lo observo en el puñado de narradores inéditos a quienes dedico estas primeras líneas, y sobre los cuales paso de puntillas porque nada más busco destacar su presencia con una voluntad innovadora, renovadora, o al margen del relato complaciente con el gusto del lector adocenado. No aportan ninguno de ellos, ya lo adelanto, una gran obra, pero dejan el testimonio de su alerta y, a la vez, cada respectiva opera prima se convierte en el anuncio de una promesa. Que ya se verá.

Por la densidad del asunto tratado y por el modo de hacerlo, conjugando especulación y trama narrativa, aunque con mayor peso aquélla que ésta, merece una atenta acogida Paisaje interior, de Javier Sahagún. En última instancia, este inédito novelista leonés afronta el tema de la comunicación musical. En su obra parece resonar el polémico parecer de Félix Mendelssohn según el cual, aunque se suela pensar lo contrario, la música logra una comunicación menos ambigua que la palabra. Al entender del gran compositor romántico, las palabras resultan más vagas que la verdadera música. Sea como fuere, Javier Sahagún aborda la posibilidad de acceder al mundo interior de un compositor mediante el análisis de su escritura, y para ello cuenta una historia con su punto de suspense: el protagonista trabaja en la reconstrucción de las partituras de un extraño músico, cuya vida y obra trata de desvelar simultáneamente.

Persigue, por tanto, Sahagún los problemas relativos a la creación y al creador, sobre todo en una vertiente particular, la capacidad de un texto de reflejar la realidad exterior y el espíritu del artista. La novela se abre al mundo moderno facilitando la interactividad entre texto literario y sonoro (las músicas aludidas en la obra pueden escucharse en la red: www.portalatino.com), pero sigue una configuración convencional. Recursos de intriga y elementos emocionales atemperan la fuerte reflexividad estética y puede decirse que, dentro de un orden, la obra hasta resulta amena. El autor muestra un dominio de la narración más que mediano al afrontar y superar con acierto una materia muy ardua. Lo es su propósito de hacer la novela de la música.

Otro ámbito no del todo ajeno al anterior se plantea el también leonés y voluntarioso José Manuel de la Huerga en La vida con David. Ésta es una ficción fantástica situada en tiempos venideros presididos por una imaginería de sofisticados avances tecnológicos. Un tiempo deshumanizado y terrible, con una sociedad mestiza dominada por un partido único que responde a los intereses de una clase explotadora. Por ello, se produce una rebelión de los parias, sofocada a sangre y fuego. Pero esta línea de, diríamos, conciencia crítica, confluye con otra en la cual el motivo de la belleza aparece por partida doble. El David, la famosa escultura de Miguel Ángel, le llega rota en trozos a una anciana. A la vez, el hijo de esta mujer, engendrado mediante ingeniería genética para conseguir una belleza y perfección absolutas, también llamado David, camina hacia su destrucción. Mediante esta extraña anécdota, el autor plantea nada menos que un debate sobre la función de la belleza y los engaños colectivos e individuales a que puede dar lugar.

Nadie dirá que De la Huerga se propone una meta ni fácil ni habitual. Y este empeño debe subrayarse, aunque la ambición del propósito no se corresponda con auténticos logros. Hay un punto de descontrol imaginativo, una anécdota rebuscada y hasta un envaramiento reflexivo que producen un resultado sólo regular. Pero ahí está esa voluntad respetable de hacer de la fábula un medio de conocimiento del mundo.

Algo parecido ha de decirse de otro libro que rompe hábitos literarios por varios frentes: A ras. No es frecuente una obra narrativa firmada por dos personas: Lola López Díaz y Elisa Romero Huidobro. No es común que sus respectivos textos tengan una voluntad unitaria que supere el puro encadenamiento o alternancia. Y menos habitual resulta que todo ello establezca un diálogo con unos dibujos (de Ana Quirós) y unas esculturas (de Esperanza d'Ors).

A ras se compone de una original sucesión de piezas narrativas (cuentos, narraciones, estampas: no pertenecen a un género ni fijo ni definido) articuladas en torno a dos grandes motivos: aves (un curioso bestiario entre realista y mitológico) y mujeres (una galería de tipos femeninos marcados por el dolor, la firmeza y la dignidad). El tono de las piezas oscila desde el lirismo encendido hasta el documento social. Tanta variedad se contrapesa, sin embargo, con el sólido nexo de una auténtica reafirmación vital. Y el volumen, en una mirada global, confirma la existencia de una literatura inquieta, viva, que expresa a sus autores fuera de las convenciones y que busca nuevos caminos.

Esta literatura se da, por lo común, al margen de los circuitos comerciales conocidos. A veces también llega, aunque con menos frecuencia, hasta editoriales minoritarias con cierta imagen pública. A esa clase de escritura exigente pertenece la primera novela de Ana Prieto Nadal, La matriz y la sombra. Puede tomarse ésta como una obra representativa al máximo del tipo de relato propiciado por el modernismo, en el sentido anglosajón del término: un texto que concede poca importancia al elemento narrativo y se abisma en una conciencia mediante la potenciación expresiva del lenguaje. El libro junta en su fondo intencional un doble asunto, la condición femenina y el amor. El primero implica una postura militante que abarca tanto la denuncia («terrible oficio el de mujer») como la reivindicación («vayamos compañeras, les digo, vayámonos al monte rasguémonos las vestiduras, sumamos a los hombres en un luto indefinido...»). En cuanto al amor, se defiende una relación muy libre desde una búsqueda de la autenticidad y una negación «de la medianía sentimental, de la baja tensión pasional».

Pero ambos motivos no se desarrollan a través de un argumento convencional, del cual la misma autora se distancia expresamente en una frase dejada caer en el propio cuerpo del relato: «Otros escriben novelas de bien urdidas tramas y mensuradas con todo rigor y exactitud». La novela se construye mediante una serie de fragmentos bastante impresionistas en los que se da cabida a lo poemático. Y en esta voluntad de encontrar una forma expresiva de particular intensidad radica el mérito mayor de Prieto Nadal. Sin embargo, la intención y los logros no van parejos. Es superior aquélla que éstos. La culpa reside en la lengua.

La novela empieza hablando del cielo que quiere «librarse de las garras metálicas de este impávido animal de cuerpo incomprensible». En esta imagen, referida a la Torre Eiffel, tenemos la clave de una prosa que confunde la escritura poética y creativa, o la profundidad de ideas con el énfasis, la retórica vacía o el engolamiento. El resultado a veces es penoso. Leemos, por ejemplo, esto: «Con los hábitos mentales de la praxis nosotros levantamos fuegos de artificio». O esto otro: «Dos líneas de ponderada cogitación se cruzaban en algún punto y contendían a la inteligencia». Y también esto: «El confortamiento pusilánime de toda relación es dejar atrás esa trepidación íntima donde principia la libertad». Del amor dice que «así de agónico subvienes a la generosidad de tus dádivas». O sostiene que «la alteridad nos protege». El chico, según la narradora, tiene músculos «escrupulosos», una «dicción ingrávida y profusa» y «ocupa mi corporeidad entera». Ella, la chica, se refiere a «mi anuencia y mi negación», y se queda «sed túmida». Una habitación recibe «una dosis inusitada de estuosidad».

No se piense que me recreo en el censo de disparates verbales de la novela. Y considérese su efecto teniendo en cuenta que el libro suma muy pocas páginas. Anoto esos casos para que se perciban las consecuencias del antinaturalismo expresivo cuando se lleva a semejante extremo de pedantería y absurdo, aunque se justifique como un estilo especial, propio del tipo de narración que Ana Prieto cultiva. De todos modos, y aunque haya defensores a ultranza de unas u otras opciones, ninguna es superior por sí misma a la contraria. No valen más la novela tradicional y la prosa funcional que el relato lírico o vanguardista y la recreación en el estilo. Ni tampoco lo contrario. Todo cabe en el ancho campo de la narración y, al final, resulta que es el acierto de un autor lo que cuenta. Lo que el perspicaz Clarín llamaba «un punto de caramelo» difícilmente explicable. Y a ello me acojo, a esa subjetividad no del todo gratuita, para dar una bienvenida esperanzada a otros dos autores que acaban de presentar su opera prima: Pako de Manuel y Antonio Salinero.

El madrileño De Manuel (1967) se da a conocer con una obra de apariencia sencilla, Esperando en un banco de Lavapiés, un escueto relato arrimado a la tradición de la intriga y el espionaje. Le añade un interés circunstancial el que la trama se relacione con el Frente Polisario y Marruecos. Pero alcanza valores más intemporales al montar la peripecia de suspense sobre un problema de identidad y al vincularla con la vivencia de sentimientos profundos. Dispone, además, el autor, de un buen radar para percibir la vida cotidiana. En conjunto, la novela me parece un poco esquemática, las situaciones andan faltas de un desarrollo algo más amplio y los caracteres quedan un tanto en penumbra. Sin embargo, percibo en ella un escritor que tiene el instinto de saber que a su historia le viene bien la narración nerviosa y directa que practica. Aunque no se trate de una gran novela, y le falte ambición, su autor sí que posee ese don que, con estudio, permite crear un orbe novelesco.

Y algo más que don presentido demuestra el vallisoletano Antonio Salinero (1962) en El seudónimo. En realidad, la suya es una novela ambiciosa que construye un argumento relativamente complejo y en el que el autor muestra notable pericia. Se trata de una anécdota ocurrente y divertida, y hasta tal vez un punto inverosímil. Unos amigos, aficionados a las letras, escriben una novela colectiva que presentan bajo seudónimo al premio literario más famoso y mejor dotado del país. La novela gana y de ahí se derivan una ristra de situaciones curiosas e imaginativas relacionadas con la vida literaria, con la fama y el dinero, y con las relaciones entre los autores reales, con sus ocultas pasiones.

El seudónimo abunda en pasajes jocosos y practica un humor sarcástico valioso. Su construcción conjuga con acierto la historia externa, la del premio, con la novela interpolada. La trama se utiliza como soporte para revelar aspectos poco amables de la naturaleza humana. Y ésta se muestra a través de una historia psicologista que se afana por crear un buen muestrario de personajes. En suma, una novela digna y trabajada que invita a prestar atención a su autor en el futuro.

Y algo más que dignidad, un acierto general que no es fácil razonar, presenta la opera prima de María Tena, Tenemos que vernos. Es una de esas novelas cálidas que habla con sinceridad y emoción auténtica de las perplejidades de una persona, en este caso una alta ejecutiva de una selecta editorial española. Se diría que lo que cuenta es, sobre todo, verdad: verdad literaria porque antes ha pertenecido a la vivencia íntima, sentida y analizada, de la autora, y ha sabido convertirla en materia artística con una exposición sencilla, clara, sin aparatosidades de ninguna clase; ha decantado lo esencial de un drama familiar y personal en una interesante historia novelesca y en unos personajes atractivos. Y hasta me atrevería a decir que esa verdad brota de un trasfondo autobiográfico, aunque nada sé de la autora como para establecer una conexión directa entre vida y literatura. Da igual: María Tena escribe para contar un conflicto vital porque se ha sentido hondamente y se quiere dar el testimonio de ese dilema serio.

En cualquier caso, la anécdota fluye con una nitidez y limpieza autoconfesionales. Por ello sabemos cómo la protagonista, que vive un momento dulce después de unas relajantes vacaciones con su marido, afronta nubarrones profesionales. Un cambio de propietario en la empresa donde trabaja, la relega. Luego recupera su posición destacada y entabla relaciones íntimas con el nuevo dueño. La situación afecta a su matrimonio. Pasa un tiempo y se contempla sola frente al porvenir: «Tiene toda la vida por delante».

Esta historia de ambiciones y deslealtades entre gentes bien (el marido es arquitecto y ambicioso constructor, y viven en Pozuelo, un pueblo madrileño representativo del hábitat de la nueva burguesía profesional) produce un poco de indiferencia. Los problemas de los adinerados son siempre, literariamente, menos dramáticos que los de la gente común. Y dan, como mucho, para tratamientos del estilo de los ricos también lloran. María Tena sabe sacar el conflicto de su novela de ese ámbito insustancial porque salva la tribulación de un ser humano, una mujer víctima de un impulso y de un medio. Y entonces, como problema de un ser humano, sí nos atañe e interesa.

La protagonista alcanza en la mirada al fondo de su ser un grado de autenticidad conmovedor. Y lo sería más todavía si la autora se hubiera atenido estrictamente a ese cogollo. Sobra, por ejemplo, alguna concesión tópica: la queja por no tener en casa la famosa habitación propia que reclamaba Virginia Woolf. Sobra también la abrumadora nota final de agradecimientos, que empequeñece su impulso de creadora, y la coletilla para explicar que nada de lo que cuenta es verdad. Y sobra, en especial, el giro final con el comportamiento indecoroso del marido. La historia hubiera resultado más ceñida, directa, eficaz y revulsiva si la protagonista asumiera sin otros aditamentos las consecuencias de sus actos. Como le pasa a Ana Ozores en La Regenta.

La voz clara, el sentir limpio, el estilo sencillamente cuidadoso y la construcción calculada (tradicional, pero acompasada la historia al ritmo de las estaciones del año) convierten esta revelación tardía (estará ya María Tena para cumplir el medio siglo) en una positiva sorpresa. Aunque no tanto como la voz más personal, poderosa y llena de futuro de todos cuantos en estos días han dado su opera prima, Montero Glez. En realidad, lo primero editado por este narrador madrileño, Sed de champán, apareció hace ya un año de la mano de un atípico editor, Mario Muchnik.

Encabezaba Sed de champán una cita de un personaje de cuidado, el bohemio calavera Pedro Luis de Gálvez, y empezaba de este modo: «El Charolito sólo se fiaba de su polla. Era lo único en el mundo que jamás le daría por el culo. Con arreglo a esto, es posible imaginarle la noche de autos, adentrándose en la residencial: lleva el culo prieto, el ojo avizor y la pestaña alerta». Cualquiera diría que solo aspiraba, Montero Glez, a convertirse en el Bukowski de Tarifa (que es donde vive), pero hay en esa novela una fuerza idiomática que presagia un narrador fuera de lo común. Y que lo es lo confirma Cuando la noche obliga, su nueva entrega.

Cuando la noche obliga es una obra argumentalmente caótica. Suma escenas de brutalidad y miseria, y episodios de un mundo actual degradado, y personajes de la marginalidad social menos redimible...; todo ello lo suma, o encadena, o superpone en un ir y venir frenético por Madrid y por la ciudad gaditana. No estoy seguro de si la impresión de caos es calculada o se debe un poco a la escritura desatada del autor. Ni tengo certeza de que el argumento tenga toda la congruencia exigible. Pero sí garantizo que el efecto de una realidad abigarrada, descompuesta y cruel es impresionante. Y que la prosa tiene una fuerza enorme a base de creaciones verbales muy felices y de un oído magnífico para la lengua conversacional (tal vez, incluso, el autor no escuche sino que invente los coloquialismos, la jerga, los neologismos, los barbarismos: da igual).

Montero Glez me parece la voz más original que ha surgido entre nosotros desde hace tiempo. Su mundo y su estilo pueden incomodar, disgustar. Ahí está el riesgo asumido por lo diferente, acerca de cuyo porvenir todavía no me atrevería a pronosticar nada, porque lo veo tan prometedor como lleno de nubarrones. Pero, de momento, hay que prestarle atención y ver adónde va a parar esa vigorosa mezcla de realismo sucio y expresionismo, de testimonio crudo y esperpento.

01/08/2003

 
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