ARTÍCULO

El último eslabón

Siruela, Madrid
Trad. de Ana María de la Fuente
88 pp. 12,50 €
 


Para situar a la escritora y pintora Unica Zürn (Berlín, 1916-París, 1970) biográfica y estéticamente se suele destacar su condición de amante, colaboradora y musa del artista erotómano alemán Hans Bellmer.A partir de 1953 compartió con él los años de auge creativo junto al grupo de los surrealistas en París, una relación perturbadora y, finalmente, un crepúsculo lento, marcado por sus crisis de esquizofrenia recurrentes. Cierto es que, influenciada por Bellmer, Unica Zürn desarrolló su extraordinaria capacidad de escribir poemas anagramáticos, empleando el antiguo procedimiento aleatorio recuperado por los surrealistas que consiste en intercambiar las letras de una frase hasta que un nuevo sentido renazca de las cenizas de las palabras descompuestas. Unica Zürn convirtió el juego combinatorio en un medio visionario de gran profundidad. Los dos poemarios que ella publicó en vida tan solo recogieron una pequeña parte de su profusa creación.A cambio, incluyeron ilustraciones fantásticas, fruto de sus experimentos con el dibujo automático ( Hexentexte,1955, y Oracles et Spectacles,1967).Ya en algunos de los pequeños cuentos, escritos anteriormente para periódicos berlineses, trabajos alimenticios tras el divorcio y la dolorosa separación de sus hijos (véase la selección El trapeciodel destino y otros cuentos, Siruela, 2004), se advierte la gran facilidad de la autora en traspasar el umbral entre lo real y lo fantástico, acentuada en su etapa parisina. Indudablemente, su talento no hubiera florecido en la traumatizada Alemania de la posguerra, donde predominaba una literatura centrada en los crímenes políticos y los acuciantes problemas sociales. El encuentro con Hans Bellmer, su traslado a París, la influencia y el apoyo de Max Ernst, Man Ray y Henri Michaux liberaron sus dotes artísticas, pero acaso propiciaran la aparición de su enfermedad mental que, en una primera fase eufórica, le procuraba el grado de iluminación que las técnicas surrealistas buscaban artificialmente. Sólo que Unica Zürn debía pagar ese estado de gracia con fuertes depresiones y reclusiones en clínicas psiquiátricas. Con todo, la artista intuía una fatal adicción al incremento de la imaginación durante sus crisis: «Cuando ya no experimente el deseo de tener alucinaciones,esas hermosas sensaciones que puede deparar la locura,ella estará dispuesta a permanecer sana», vaticinó en sus Apuntes sobre la última (?) crisis. Desde 1959 había empezado a dar forma literaria a las fases de su patología y a las múltiples caras del sufrimiento. Fue así como nació el singular testimonio de la esquizofrenia El hombre jazmín (Der Mann im Jasmin, 1966), insólito por la precisión y objetividad con la que escruta el interior del estado de percepción alterada. Simultáneamente, representa un poderoso antídoto contra la idolatría frívola de la locura profesada por algunos surrealistas.

Aunque desde el punto de vista formal aparenta ser un relato independiente, Primavera sombría (Dunkler Frühling, 1970) constituye el último eslabón de los textos autobiográficos de Unica Zürn. La decisión tomada por Ediciones Siruela de recuperarlo antes de El hombre jazmín (ambos textos, traducidos por Ana María de la Fuente, aparecieron en 1986, junto a otros, en una publicación de Seix Barral), aumenta por tanto la necesidad de reeditar el texto precedente. En El hombre jazmín la autora señala como factor desencadenante de su perturbación el shock que le había causado el encuentro real con una visión de su infancia. Se refiere a su relación espiritual con Henri Michaux en el que reconoció al «hombre jazmín» de sus fantasías. La imagen de este hombre ficticio, inmóvil bajo la nube blanca de un arbusto eternamente florido, representaba para ella el amor ideal, definido por la admiración y la distancia física. Claramente opuesta a esta imagen se hallaba su relación con Hans Bellmer. Bajo la mirada del artífice de la poupée, el cuerpo de Unica Zürn se convirtió en material para las obsesiones eróticas que el artista proyectaba primero en muñecas desmembradas y luego en mujeres de carne y hueso. Una fotografía de su torso ligado como «paisaje de carne alterada» apareció en una portada de la revista Le Surrealisme même (1958).

Primavera sombría narra el despertar sensual de una niña entre los términos de la misma dicotomía: la sexualidad sadomasoquista y el amor puro.Aunque escrito en tercera persona y con el ritmo trepidante de un texto reducido a las frases imprescindibles, semejante a una historia clínica, se reconocen sin dificultad una serie de rasgos autobiográficos: la casa paterna en el barrio residencial de Berlín-Grunewald; la constelación edípica con el padre venerado pero casi siempre ausente y la madre egoísta y odiada, así como los años posteriores a la Primera Guerra Mundial como telón de fondo. El relato irrumpe en el dominio de la literatura erótica, que incluso en el subversivo movimiento surrealista se encontraba en manos de los hombres. No puede sorprender que las fantasías eróticas de la niña correspondan en muchos aspectos a las pautas preestablecidas por la teoría freudiana y por el arte erótico masculino. La niña se siente incompleta desde el principio.Ante la indiferencia de los adultos empieza a buscar «su propio complemento». Explora el placer que le pueden proporcionar todo tipo de objetos fálicos. Libros y cuadros alimentan sus fantasías masoquistas. Lo que resulta inaudito y chocante es el clima hostil de «soledad espantosa» en el que la pequeña desarrolla su afán del placer sexual. Cuando tiene diez años, su hermano la viola. Entonces se siente ultrajada. Prefiere los lamidos del perro entre las piernas. Hasta este momento se intensifica en la lectora la sensación de presenciar la historia de una de las muñecas tristes de Bellmer. Pero de golpe la niña descubre su deseo de experimentar un amor interminable: «Ella desea vivir siempre en la espera».A los doce años se enamora por primera vez de un hombre que no es su padre. Y en lugar de actuar como una ninfa precoz, desarrolla un profundo sentimiento romántico por completo ajeno al deseo sexual. Este amor idealizado se convierte en su fuente vital. Cuando sus padres le prohíben volver a ver al desconocido, la adolescente se arroja por la ventana con asombrosa decisión.

Como sabemos, este trágico desenlace era premonitorio.Algunos meses después de la publicación del relato en Francia, Unica Zürn abrió la ventana y saltó al vacío. Hans Bellmer, compartiendo su anhelo, le correspondería mediante un epitafio elocuente:«Mi amor te seguirá a la eternidad».

01/11/2005

 
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