ARTÍCULO

Practicar historia

 

Lo que un buen libro siempre reclama es ejercicio, para quien lo escribe y para quien lo lee. El que nos ocupa practica un modo de proceder que problematiza lo que cabe entender por la historia; entender y hacer de ella y con ella. Más aún, son precisamente ciertas prácticas de los historiadores las que trastornan las posiciones de cuantos dan demasiado por presupuesto en qué consiste la tarea. Desde el estilo de lo planteado por el conocido título de Paul Veyne ¿Cómo se escribe la historia?, se reconoce que, con cierto aire impersonal, también las prácticas se escriben y se cuestionan. Así se modifica la pregunta inicial, que ya no es, sin más, por la historia sino, en concreto, por el juego de las prácticas y de la escritura que ellas comportan. Quien practica la escritura de la historia efectúa, a su vez, la escritura de sus prácticas, aunque no afronte explícitamente la cuestión. La historia es también la historia de las formas de leer, la historia de los libros de historia, de sus lecturas y de sus lectores... y de sus otros quehaceres.

Roger Chartier, director de estudios de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales y director del Centro de Investigaciones Históricas del CNRS, es bien conocido por quienes se interesan en nuestro país no ya sólo por el trabajo de la historia, sino también por lo que por ello cabe comprender y, más aún, puede llegar a hacerse. Sus escritos han logrado una amplia difusión y reconocimiento, y no simplemente entre quienes practican la disciplina. Ya su dirección del segundo volumen de la Historia de la vida privada atisbaba un modo de proceder singular que se concretaba, a su vez, en un trato documental extraordinario. Baste recordar la espléndida Histoire de l'edition française –con H. J. Martin–. Pero la traducción de muchas de sus monografías y estudios ha puesto de manifiesto unas perspectivas y unos modos de hacer que han convulsionado no pocos planteamientos conceptuales y han abierto más aún si cabe la siempre decisiva cuestión de los métodos. Hoy podemos leer en castellano Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna; El orden de los libros. Lectores, autores y bibliotecas en Europa entre los siglos XVIy XVIII ; Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII ; Los orígenes culturales de la Revolución Francesa; Sociedad y escritura en la Edad Moderna. La cultura como apropiación; El mundo como representación. Historia cultural entre práctica y representación. Tales trabajos no se han limitado a asentarse en un terreno ya existente, sino que, en cierto modo, vienen produciendo desplazamientos de enorme poder teórico, hasta el extremo de incidir en lo que cabe denominar práctica. Entre otras razones, porque la comunidad de lectores y de lecturas que se incorporan no siempre ha sido suficientemente atendida por los especialistas. Chartier lee de modo en efecto singular. Su consideración de una historia de las representaciones es, al mismo tiempo, la de una historia de las problematizaciones, que se hace cargo tanto de la producción de significación cuanto de la historicidad de los modos de significar.

Los trabajos de Chartier no se inscriben en las llamadas filosofías de la historia, ni caen en las redes de los fantasmas dormidos, de esas «filosofías baratas» (Lucien Febvre) que persiguen una idea global de lo que sea la historia. Su consideración de las prácticas favorece, sin embargo, la comprensión de las condiciones y formas de inteligibilidad histórica con cuestiones más filosóficas que las que se planteaban tales «filosofías». Para empezar, la de la posibilidad de lo extradiscursivo y, mejor aún, la de su experiencia y su práctica.

Un discurso no se agota en su supuesto contenido, al margen de su funcionamiento y de sus efectos y, todavía menos, en sus dispositivos, sus articulaciones y sus estrategias persuasivas o demostrativas, ni se reduce abstractamente a lo que recoge. Pero, en todo caso, el orden del discurso no satisface lo que sería un orden de las prácticas. Ello supone, en primer lugar, que la lógica que produce los discursos no es la que rige las operaciones que construyen instituciones, dominaciones y relaciones. Es ilegítimo, por tanto, reducir tales prácticas constitutivas del mundo social a esa lógica que gobierna la producción de los discursos. Si bien no todo se deja recoger en la categoría de «texto», y, en efecto, cabe hablar de la «irreductibilidad de las prácticas a los discursos» (pág. 51), esto en principio no es un argumento en detrimento o a favor de unas u otros. Pero el asunto no se conforma con marcar estas fronteras. La cuestión es la de los umbrales y la de los márgenes, y en ellos se abre, en el texto que ahora nos ocupa, el trabajo de Roger Chartier con los escritos de Michel Foucault, Michel de Certeau y Louis Marin. No basta con establecer diferencias u oposiciones. La pregunta es «¿cómo pensar las relaciones que mantienen las producciones discursivas y las prácticas sociales?» (pág. 8). Sólo entonces se configura la adecuada teoría, no aquella que antecede a la actividad, sino la que brota en el seno de determinadas prácticas, la que podría ofrecerse como la «razón» de ellas (pág. 54).

Así planteada, la tarea no se reduce a decir que el «texto» es insuficiente, dado que es la acción la que, en efecto, deviene cuasi-texto, y se trata, entonces, de la viabilidad de leer no ya, por ejemplo, cuadros, como Marín destaca –lo que altera la noción de leer–, sino de leer incluso acciones. Pero ¿pueden leerse acciones, si en alguna medida no se está en la acción, es decir, en su producción misma? Todo cobra una dimensión intelectualmente fecunda. Por un lado, porque se enfatiza la libertad del sujeto, la parte reflexiva de la acción, la autonomía de las decisiones; por otro, porque, con ello, el sujeto resulta configurado por las formaciones (discursivas o sociales) que determinan sus figuras históricas. El trabajo del historiador que no se limita a contar lo sucedido (que en esa medida sería ya algo contado, con lo que siempre se cuenta) ha de crear «prácticamente» un discurso para tratar «prácticas» no discursivas (pág. 53) y ha de «proceder» de tal manera que con ello responda a los «procedimientos» mismos que son su objeto.

Hacer historia, por tanto, comporta escribir algo no escrito y, en ese sentido, saber leer algo en cierto modo no sucedido. Roger Chartier muestra cómo entonces se trata casi de un pensar contra la perezosa comodidad del vocabulario, contra la consideración de que los objetos históricos son preexistentes, casi un aprender a escribir cada vez, una modificación de las formas de la escritura. La historia enseña a la escritura a escribir y ésta a la historia a decirse. La historia prácticamente aprende a escribir cada vez, mientras la escritura aprende historia. Es hora de hacerse cargo de que «las cosas no son más que objetivaciones de prácticas determinadas, cuyas determinaciones hay que sacar a la luz, dado que la conciencia no las concibe» (Keyne). Es como si el historiador hubiera de pensar siempre desde el reconocimiento y la insatisfacción de lo ya dicho, como si estuviera abierta la tarea del hacer y fuera necesaria su experiencia para destacar diferencias (pág. 72). Dicha tarea alcanza todo su esplendor cuando nos encontramos en los procedimientos de una creatividad que la institución es impotente para refrenar. En realidad, se trata de toda una serie de «artes de hacer» que reclaman un análisis de las prácticas, por las cuales las mujeres y los hombres se apropian a su modo de los códigos y los lugares que se les imponen, y son capaces de insurrección hasta subvertir los usos y reglas aceptadas e inaugurar prácticas inéditas.

Ello no resuelve la cuestión, aunque la desplaza, y de manera realmente sugerente. Así se confirma que la selección (otro modo de lectura) de Chartier es apropiada. Y su talante arriesgado. Lleva el asunto a sus extremos y muestra hasta qué punto resultan insuficientes las caracterizaciones del «retorno de lo narrativo». Para empezar, porque una inadecuada consideración del relato ignora que su alcance sólo resulta fructífero si se sostiene en una filosofía de la relación (pág. 52), en la que las vertebraciones y articulaciones obedezcan a la relación de las ideas entre sí. Para seguir, porque la elección de tal o cual forma de relato responde a modos diferentes de inteligibilidad y, además, comporta estrategias de acreditación y funcionamientos retóricos específicos. El relato establece el lazo (enlaza, abraza) entre las unidades construidas por la operación histórica y aquello a lo que se refiere y que –nosotros podíamos añadir– busca. Chartier nunca elude la cuestión: la del régimen de verdad del discurso histórico, que brota no como una emergencia del pasado, sino como resultado de una tarea de relación y de experiencia. La historia persigue que dicha tarea resulte coherente, plausible, explicativa y (aquí vale la mano de Michel de Certeau) pretende ser un discurso de verdad. El problema reside en mostrar en qué condiciones un discurso erigido según los procedimientos específicos del trabajo del historiador puede ser aceptado por dibujar adecuadamente la configuración histórica que se dio por objeto (pág. 70). Pero el asunto así afrontado resulta realmente fecundo. Entre otros aspectos, porque muestra que no sólo hay una historia de las ideas, una historia de las prácticas, sino, a su vez, una historia de la verdad. Y este es el planteamiento de Chartier. Las historias no preexisten históricamente a su acaecer. Cabe hacerse, sin embargo, una historia de los «juegos de verdad», que ahora es la de los dominios de pertinencia, de las modalidades o empleos de reglas por las que lo que quepa decir entre en lo que podrá considerarse verdadero o no.

Aquí Chartier trae pertinentemente lo que Foucault denomina «problematización». No se trata de representarse un objeto preexistente o de crear mediante el discurso un objeto que no existe. Es el conjunto de las prácticas, discursivas o no, que hace que algo entre en el juego de lo verdadero y de lo falso, constituyéndolo para el pensamiento (ya sea bajo la forma de la reflexión moral, del conocimiento científico, del análisis político, etc.) (Foucault, «Le souci de la vérité», D.E. IV, pág. 670). La cuestión será entonces no simplemente la de analizar las ideas o los comportamientos o las ideologías de una época, sino las problematizaciones, a través de las cuales el ser se da como pudiendo y debiendo ser pensado, y las «prácticas» a partir de las que se forman (pág. 122). Se trata de atender no sólo a lo que ocurre, sino, además, a lo que hace que ocurra lo que ocurre, a las posibilidades de que su ocurrir entre en algo así como una historia de verdad (no sólo una historia de la verdad). No estamos simplemente frente a elementos de una escritura narrativa, sino también ante enunciados que se inscriben en juegos de verdad, en esa voluntad de decir de verdad. Chartier es realmente audaz. Se trata de atender, en efecto, a cómo un objeto llega a ser posible, mediante qué formas de racionalidad o a través de qué condiciones históricas y, sobre todo, a qué precio. Esto es, se implica el sujeto de la enunciación y el sujeto de la conducta, y ya las formas del decir verdadero, las reglas de producción y validación de los discursos no resultan al margen del proceso de nuestra constitución de sujetos como sujetos históricos. No acaecen las historias sin nosotros. No irrumpe la historia sin prácticas, sin escritura. El entrelazamiento entre la cuestión de la historia de la verdad y la de la subjetivación compromete de modo radical nuestra voluntad y nuestros deseos en la tarea. Y nuestras necesidades.

Las operaciones límite se sitúan «al borde del acantilado» (Chartier se cita con Foucault) y, más aún, corren el riesgo de vagar por los márgenes, de atravesar espacios y disciplinas que quedan movilizados por esa labor que requiere una tarea en común. Es una manera de trabajar que hace de la historia, como señala Michel de Certeau, una práctica «científica», mediante procedimientos técnicos variados, que instituye un saber que es capaz de responder a diversas constricciones, incluso las de la escritura, pero que no se reduce a construir, componer o figurar por procedimientos narrativos. La historia será un relato, pero apunta a producir un saber verdadero, pretende ser un discurso de verdad. Narración verdadera: ese es el desafío. Tal desafío compromete incluso lo que merece pensarse, que ya no es, sin más, lo visible, sino lo legible, esto es, lo que puede ser dicho, enunciado o declarado. Escribir lo que puede decirse, enunciarse o declararse es más que dar cuenta de lo ocurrido. No es la historia de lo que pasó, es la historia de lo que pasa. Para ello es preciso que la historia prosiga. Es la historia que hace que la historia siga, como Ricoeur nos recuerda. La historia es así, a la par, una historia de las formas de leer, dado que la lectura es siempre una práctica encarnada en gestos, espacios, costumbres (El mundo como representación, pág. 51). Las condiciones de posibilidad y de legitimidad son ahora claves: leer es hacer presente una ausencia –no algo que simplemente no era o no estaba– y ofrecer una imagen «y constituir con ello a quien la mira como sujeto mirando» (pág. 78). La memoria es, al tiempo, exposición. Y eso es lo que Chartier muestra como representación, que es, a su vez, efectiva presentación. Así la adopta entre otros de Louis Marin, hasta hacerla llegar al carácter de los representantes, que patentizan la coherencia, la fuerza, de una comunidad, de un poder. Ahora es, a la par, el poder de la imagen, que viene a ser ya potencia. Las luchas de poder son, a su vez, luchas de representaciones. Ya no se trata, sin más, del poder manipulador de las imágenes. Lo que está en juego es su capacidad de producir realidad histórica efectiva y su fuerza teatral para construir y proponer imágenes.

Si lo que llamamos «las cosas» y «los hechos» son ya objetivaciones de prácticas, y no algo, sin más, preexistente, es cuestión de considerar la transformación del objeto de la historia y de las formas de su escritura. Hay una historia de la historia, que no es simplemente la de una disciplina y sus avatares. Se hace cargo de sus modos de proceder, de sus tareas de relación y de experiencia, de la modificación de las formas de la escritura, y no como meras cuestiones de una metodología externa, sino como verdadero método de los juegos de verdad de la historia, del modo como se ha creado y comportado, configurando en cada ocasión lo que cabe entender por ella y por su decir. Son estas formas del decir verdadero y de validación de los discursos verídicos lo que hace de los planteamientos de Chartier algo bien distinto de un acopio de reflexiones o consideraciones más o menos afortunadas. Tal vez por eso Escribir las prácticas convoca a sus otros trabajos, los trae, nos lleva a ellos e incluso los abre. Si encontramos unas magníficas páginas de un «Foucault lector de Foucault», los linajes en los que éste se inscribe y se escribe, donde la exploración es también cuestión de método, hay ahora un cierto «Chartier lector de Chartier», que no es un ejercicio de autismo sino la constatación de que los desplazamientos temáticos lo son también del modo de proceder, una permanente reorganización del trabajo que permite nuevas coherencias. Se confirma de esta manera que, en todo caso, hay espacios en los que cabe responder, pero desde una serie de imperativos que otorgan los desciframientos que ya la obra comporta y que brotan de las convenciones de interpretación propias de un tiempo o de una comunidad. No es viable, entonces, sino atravesar el texto con él mismo. Sólo a su través destellan nuevas posibilidades. La cuestión es, por tanto, la cuestión autor.

Este asunto, que ha ocupado singularmente a Chartier, permite enriquecer los planteamientos de Foucault, con quien explícitamente dialoga y sabe fructíferamente disentir, tanto ahora como en Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna. La polémica queda abierta pero, en todo caso, propicia un necesario desplazamiento. Si aquél habla de «los peligros de una escritura», en expresión traída y querida por Chartier, éste subraya que son las maneras de leer las que se encargan de mostrar los desfases y de poner de manifiesto diferencias socialmente jerarquizadas. Ello implica hacerse cargo de la historia del libro, y de sus usos, y de la historia de las formas de leer, su posible revolución, su diseminación y su apropiación. Aquí la fecundación es mutua y el olvido «filosófico» recupera su buena memoria. La función autor se halla en adelante en el centro de todas las preguntas que relacionan el estudio de la producción de los textos con la de sus formas y la de su lectura. Ya no se trata de un mero conflicto de «autorías», en la búsqueda del «propietario» de lo escrito para reconocerle y otorgarle sus derechos, sino de hacerse cargo en dicha función de lo que da autoridad, de lo que da valor de verdad.

Pero, si bien las prácticas no se reducen a discursos, la tarea del historiador es la de una escritura –quizás insurrecta–, una forma de respuesta, de contestación a los discursos, una efectiva producción, que no es tan sólo creación literaria, sino creación histórica de una configuración que ofrece hechos. Escribir las prácticas no es simplemente producir discursos. Por otra parte –ahora de lo mismo–, la historia no sólo se escribe, también se lee. Y si ya su escritura implicaba unos modos de leer, ha de contarse, al tiempo, con los nuestros. Y estas lecturas también tienen su historia.

01/04/1998

 
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