ARTÍCULO

Posibilidades del cuento

Páginas de Espuma, Madrid
166 pp. y 148 pp 14 € y 13 €
Anagrama, Barcelona
164 pp 15 €
 

Entre las muchas formas que existen de entender el funcionamiento de un cuento, una de las más citadas se relaciona con una comparación pugilística: el cuento se gana por knockout. Un gancho inesperado al mentón hace al lector ver las estrellas. Puede suponerse en este caso que el autor ha ganado el combate gracias al recurso de la sorpresa escamoteada sigilosamente, a la habilidad para preparar el terreno antes de asestar el guantazo argumental, tras lo cual sólo resta limpiar la lona y buscar las frases justas para poner el punto final. Esta visión de la configuración del relato corto se atiene, sin embargo, a un número limitado de posibilidades. Así lo explica el poeta, cuentista y novelista hispanoargentino Andrés Neuman (1977) en el ensayo que cierra su libro de cuentos El último minuto (originalmente publicado en 2001 y que ahora vuelve a aparecer gracias a Páginas de Espuma). En un lúcido análisis de las condiciones que suelen adjudicarse al relato corto, Neuman impugna el repetido prejuicio según el cual el cuento es irremediablemente un arte menor cuya única posibilidad de juego se articula en la sorpresa, la austeridad de medios y el final redondo. (Así visto, la mecánica del cuento guarda similitud con la del chiste.) Neuman va incluso más lejos: la vieja noción de género opera como una camisa de fuerza que limita el verdadero potencial del cuento en relación con otros formatos como la poesía, el ensayo o la novela. «Lo que pretendo señalar es cómo la identidad literaria de esos textos heterogéneos que llamamos novela, poema o cuento no constituye un a priori, sino un trabajo en marcha». Pero ¿cómo se manifiesta esto en sus cuentos?
Lo cierto es que uno se queda con la impresión de que, como cuentista, Neuman es más bien un poeta con gusto por la brevedad, por el pensamiento, la insinuación. Es un hombre que escribe hacia adentro, por decirlo de algún modo. En la colección El último minuto hay piezas destacables, como la bella y circular historia «El último poema de Piotr Czerny», en la que un poeta se ve enfrentado a las llamas que devoran su estudio tras pasar una mañana componiendo versos en un café de Varsovia; o el tenebroso recuento de la espera insatisfecha de un hombre en un hospital en medio de la noche mientras especula si volver a dormir con su mujer («Jingle Bells»). Son piezas breves, que dicen tanto como callan. A veces Neuman sólo emplea la sugerencia a la espera de algún suceso particular que relatar. Su motto, «contar un cuento es saber guardar un secreto» (¿o habría que decir que contar un cuento es saber aguardar un secreto?), le permite llevar cada relato hacia la posibilidad del silencio, el vacío de palabras que insinúa una segunda vida por detrás de las palabras enunciadas. Sólo por eso no se entiende la inclusión de un cuento como «Alumbramiento», relato que da nombre e inicia el segundo volumen. Esta especie de crispado exabrupto poético mezcla demasiadas pretensiones sin llegar a ser polifónico. Es preferible pasar de largo hacia las siguientes estampas de este álbum.
Que lo que escribe Juan Villoro (1959) en Los culpables también se llame cuento es una demostración de la variedad del género. Todo lo que es introspección en Neuman, en Villoro es viva pulsión. En el caso del autor mexicano, el cuento se define por la necesidad de ir directo al bulto. «Ante el cuento tengo los nervios de punta, como si tirara un penalti en el minuto 89 o tratara de conquistar a Michelle Pfeiffer», respondió Villoro hace años, confirmando que el cuento era su género preferido. Ya la primera frase de la narración debe actuar como el pistoletazo de salida, «el rápido brinco al principio de toda buena historia», como decía Raymond Carver. De hecho, no es lejana la relación de Villoro con el gran cuentista norteamericano. Entre otras cosas, la precisión de las expresiones coloquiales, la apropiada tensión de las palabras, la velocidad justa a partir de la cual se desencadenan los distintos elementos son factores que Villoro domina a la perfección: cada oración lleva a la siguiente hasta llegar al final con el mismo impulso de salida. «Estoy tan a disgusto con la realidad que los aviones me parecen cómodos» es la frase que abre el cuento «Patrón de espera»: un hombre en un avión a punto de aterrizar piensa cómo justificarse ante su mujer mientras revisa los itinerarios pasados de sus encuentros furtivos en hoteles, de sus retrasos en aeropuertos, de su vida de vendedor de agua mineral en medio de un mundo de moquetas y mesas de recepción. En ocho páginas, las que el avión tarda en dar una vuelta en el cielo hasta recibir la autorización de aterrizar en Heathrow, el protagonista nos habla de su mujer, de la convivencia, de las dudas de pareja e infidelidades, de la superstición, de la gata que comparten: todo es una indicación que permite delinear un perfil del personaje y su carcomida relación con el mundo. Todo calza como si fuera una sucesión de frases hechas cuando, en realidad, cada expresión del narrador es única y reveladora, con el peso justo, ni muy pesada ni muy ligera. Desde luego, la habilidad de reunir todas estas variantes para dar forma y sentido a la narración de un sujeto de vida insatisfecha en pocas pinceladas exige maestría. Y Villoro la demuestra con creces.
Si Los culpables podría ser el título de una novela de Dostoievski sembrada de interrogantes morales, en esta versión mexicana se trata de una colección de seis testimonios de distintos hombres que asisten a la descomposición del mundo que los rodea con la misma naturalidad con la que puede observarse el avance imparable del sol hacia el horizonte a la entrada de la noche. Ni siquiera hay fatalismo: la vida es una sucesión de tropiezos, pero tiene sus secretos. Si algo hay en común entre estos distintos exponentes del sentimiento trágico de la vida en México es que en mitad de sus tribulaciones siempre se encuentra una mujer, la amante, la novia del hermano, del amigo, la mujer prohibida. Desde el inusual mariachi que es abandonado por su novia que huye con un actor porno hasta el par de amigos que viajan entre Oaxaca y Yucatán con una iguana y una chica a la que desean seducir. Tal vez estos seis cuentos son la misma voz que entona distintas canciones para reafirmar que la ficción es la mejor forma de vida. Cierta resignación ante la evidencia de los hechos es inevitable. Ya lo decía Gil de Biedma en sus versos: «Pero también / la vida nos sujeta / porque precisamente no es como la esperábamos»

01/10/2008

 
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