ARTÍCULO

Por una reconstrucción de la democracia

Paidós, Barcelona, 123 págs.
Trad. de Javier Palacio Tauste
 

Estos dos libros de Josep Ramoneda y Alain Touraine coinciden en llevar a cabo, por vías muy diferentes, un recorrido por el lado oscuro de nuestra devaluada cotidianidad política. En ella la weberiana ética de la responsabilidad se minimiza y desvirtúa hasta plegarse a todos los poderes conocidos vaciando de sentido real todos los conceptos que habían armado la arquitectura de la democracia social establecida con el consenso keynesiano de postguerra. Si gran parte de las voces críticas ligadas a la última generación de la Escuela de Frankfurt (Habermas, Offe) o al neomarxismo más abierto (O'Connor, Mishra) pronosticaban desde los años setenta una crisis de legitimación del capitalismo tardío, los dos libros que aquí reseñamos se enfrentan, a finales de los noventa, a un capitalismo sobrelegitimado y simbólicamente arrasador, inflamado hasta tal punto por sus éxitos financieros que es capaz de sepultar en ellos sus fracasos sociales y su bajo tono cívico.

Un rasgo común de los libros de Touraine y Ramoneda es que nos avisan del bloqueo y enfangamiento de lo político, ya sea en el cínico e hipócrita mundo de lo autodefinido como posible o ya sea en el alucinatorio mundo de lo imposible, convertido en un absolutismo idealizante o en un voluntarismo sin razón, monológico y en última instancia autoritario.

El terso ensayo filosófico-político de Josep Ramoneda nos ofrece con el habitual estilo –contenido, directo, sensato– de sus intervenciones en la prensa y la radio, los argumentos para reconstruir una convivencia política a partir del entendimiento y el diálogo sobre las normas que regulan nuestra vida ciudadana. Pero frente al idealismo de muchas propuestas de corte dialógico –la de Jürgen Habermas de la manera más evidente–, Ramoneda traza un fresco de nuestro tiempo político a la vez honrado, porque se atreve a decir que el emperador del supuesto pensamiento único está intelectual y éticamente desnudo, y realista, porque frente a cualquier escapismo idealista, considera que la estructura del poder y los conflictos concretos son el marco en que se recorta y confiere el sentido real a las acciones políticas. Después de la pasión política se alza inteligente e iluminador contra los excesos de cualquier pretensión de absoluto, ya sean los de la inflamación de los discursos de la identidad total, la militancia extrema o el compromiso como creencia, basado siempre en argumentos sacrificiales (sacrificio de uno mismo, sacrificio del enemigo), cuya última articulación acaba girando en la órbita del terrorismo (el capítulo sobre el terrorismo y los años delplomo es sobrecogedor).

Es un libro, además, para la resistencia cívica contra todas las formas del discurso del fin de la historia, de los relatos, de la política, etc., formas que impregnan y se diluyen en los tópicos lanzados en la bisutería mediático-cultural de nuestro tiempo: la globalización, el pensamiento débil, la postmodernidad, la tercera vía o cualquier semejante. Un libro en que se nos propone pensar de la mano de Claude Lefort, Hannah Arendt o Michel Foucault, por poner sólo algunos ejemplos, pero que también saca de la literatura –Primo Levi, Jorge Semprún, Czeslaw Milosz, Albert Camus– argumentos para la reflexión.

El libro de Alain Touraine, aun teniendo semejanzas con el de Ramoneda no es tanto un ensayo político sobre argumentos teóricos como una revisión de la más inmediata actualidad política francesa contextualizándola en su devenir histórico reciente y analizándola con las herramientas de la sociología contemporánea. Este corto libro podría dar la impresión, de entrada, de ser una «obra menor» –ensayo sin citas bibliográficas, sin datos cuantitativos ni cualitativos, hecho en la coyuntura del cambio político francés y únicamente centrado en «los males» franceses– y más para un autor con una trayectoria de más de treinta años al frente de la sociología europea y que sólo en este decenio nos ha regalado al menos un par de libros importantes. Pero menor o mayor el libro tiene interés y entra de pleno en la recuperación de una política de los sujetos sociales concretos, recuperación que ya teóricamente venía proponiendo Touraine desde mediados de los ochenta con un libro tan significativo y renovador por aquellas fechas como fue El retorno del actor, cuyo título ya indicaba que frente a toda tentación de hacer desaparecer a los sujetos sociales –como pretendían el funcionalismo, el estructuralismo y todos los «post» asociados–, sólo es en estos actores, en su historicidad y en sus conflictos donde está toda la potencialidad efectiva del cambio social.

Aquí Touraine se enfrenta a dos problemas políticos esenciales: el primero es cómo salir del liberalismo después de veinte años de hegemonía cultural, social y cotidiana del más descarado individualismo economicista. El segundo es un eterno tema de la sociología (y más de su sociología), esto es, el cambio en la naturaleza de los nuevos movimientos sociales. El cruce, así, de ensayo político con diagnóstico sociológico se hace evidente y enriquecedor, sobre todo, en un momento donde la estructura social de las sociedades occidentales ha cambiado sustancialmente –fragmentación, precarización, dualización, exclusión, etc.–, y la alternativa política en la era de la globalización sólo puede realizarse analizando la crisis del pacto keynesiano y de la socialdemocratización política y material de las sociedades occidentales, tal como éstos fueron construidos en la segunda gran postguerra de este siglo.

Touraine se opone así a cualquier solución regresiva que trate de reinstaurar un Estado del bienestar en régimen nacional cerrado; o conservadora, que fragmente y elitice directamente la sociedad europea; sin tampoco caer en la tentación populista –de extrema derecha o de extrema izquierda– del antipoliticismo que destruya las libertades y las garantías de la representación democrática. Se apuesta por el contrario por una nueva política capaz de integrar en la gestión política los nuevos objetivos de igualdad que se derivan de los perdedores del último gran ciclo de crecimiento mercantil. Así, frente a la tercera vía (Giddens, Blair) que trata de conciliar el asistencialismo con el espíritu de empresa y en el que este Estado social mínimo se pliega, en última instancia, al mercado, Touraine clama por una vía de reconstrucción de la socialdemocracia que manteniendo los derechos distributivos, integre y potencie las demandas reales y la participación de los actores sociales concretos.

La parte más interesante del libro es el capítulo sobre los nuevos movimientos sociales, sobre todo en lo que se refiere a «los sin» (carentes de papeles, trabajo, ordenador, derechos, nacionalidad) y su articulación con la dialéctica del reconocimiento de otras culturas en las sociedades occidentales. La etnicidad, la alteridad y la afirmación de las diferencias culturales van a modificar la consideración de la ciudadanía y la política. De la sensibilidad de los políticos y los intelectuales para responder a estos cambios en el sentido de las luchas socioculturales dependerá que sea posible la salida del neoliberalismo por el lado más progresista.

Libro nervioso e incluso trepidante y sin otra pretensión que crear opinión en un momento de rearticulación de la izquierda francesa. Capaz de dialogar con casi todas las corrientes del pensamiento político francés, y con magníficos pasajes, como la defensa de un Estado del bienestar redistributivo y políticamente fuerte (frente a la debilidad estructural de la empleabilidad y la empresarialidad como propuestas de la tercera vía), así como el buen análisis de los nuevos movimientos sociales en juego: fragmentarios, imperfectos, desiguales, recreados en su propia ambigüedad, pero representativos como nunca de la lucha por los derechos al reconocimiento y a la igualdad cultural.

En suma, Ramoneda y Touraine tratan de resituar en el centro del debate público a la política, vista ésta como un conjunto de relaciones sociales articuladas por formas de poder que se modelan por las luchas y los conflictos concretos. Proyecto que apunta hacia la construcción de una democracia radical, donde frente a toda pretensión de disolución de las decisiones políticas en metadiscursos de orden económico forzado (sea el del individualismo posesivo liberal, sea el de la sobredeterminación de las infraestructuras del marxismo más convencional) se aprecie y valore la forma de articulación de los poderes por los sujetos concretos, sus conflictos y sus prácticas. Una democracia radical, en consecuencia, que sea capaz de poner el mercado al servicio de la sociedad, y no la sociedad al servicio del mercado.

01/05/2000

 
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