ARTÍCULO

Inseguridad e imperfección

 

Si utilizamos esas categorías o esquematizaciones tan discutibles como inevitables que tanto gustan a los analistas de la realidad sociopolítica, parece que habría general acuerdo en que el pasado siglo constituyó la época de los grandes mitos y las grandes utopías y, precisamente por ello, también la época de las persecuciones masivas y las masacres gigantescas: la era de los grandes fracasos, en definitiva. Por expresarlo en los términos en que se canaliza la reflexión del autor de este libro, «en el siglo XX las guerras, las hecatombes y los genocidios alcanzaron su punto histórico más álgido porque operaban de espaldas a la realidad finita de lo humano» (p. 25). Formulado así el punto de partida, no resulta extraño que se termine por «aceptar que vivimos en un mundo que será siempre imperfecto» y es congruente, dando un paso más, que dicho aserto se configure como una de las más importantes enseñanzas de las pasadas experiencias y probablemente «una de las lecciones más difíciles de aprender, porque nos hace más libres» (p. 239).
La imperfección, garantía y virtud por un lado, resulta difícilmente digerible por otro. La mera acuñación de «virtud de lo imperfecto» choca para empezar con el lastre ideológico acumulado y con la inercia redentorista que sigue siendo el pan doctrinal de cada día, aquí y no digamos ya nada en otras latitudes. En estas últimas, porque resulta más fácil, cómodo y rentable dar rienda suelta a la satanización del adversario y regodearse en un ombliguismo seráfico y, por supuesto, ajeno a asumir responsabilidades. En nuestras sociedades opulentas, por no muy distintas razones en el fondo, aunque sean bastante más tortuosos los caminos para llegar a ellas: lo que el autor llama ocaso de la noción de deber en sociedades mimadas lleva a un declive de la responsabilidad individual y a la constitución de unos estratos, cada vez más amplios, que vegetan «despreocupados», dicho sea en la profunda acepción del término. Si entendemos aquella mencionada virtud de la imperfección como un estado de alerta, moral e intelectual, es obvio que aquí tampoco se encontrará una adecuada disposición colectiva, sino todo lo contrario. De ahí proviene en última instancia, dice Puig, el antiamericanismo como pensamiento único, un pacifismo probablemente bienintencionado pero no por ello menos ingenuo y, en definitiva, la persistencia de una concepción del mundo en blanco y negro.
La permanencia y, en algunos casos, la intensificación de los clichés, contrasta con las necesidades del mundo que nos ha tocado vivir, en el que cada vez menos cosas pueden despacharse apelando al tradicional criterio de evidencia. Lo material va perdiendo terreno frente a lo virtual, la red (Internet) va pareciéndose más y más a una tela de araña que llega a todas partes, pero desde luego nadie puede argüir que se trata de una invasión a la vieja usanza. Ni para servirse de ella ni para combatir sus lacras sirven ya de mucho los instrumentos habituales. Hasta la economía, aquella vieja «infraestructura» de la terminología marxista, aquello que parecía más sólido o, por lo menos, cuantificable (porque se pensaba en términos de materias primas, industria, etc.) se diluye hasta hacerse casi invisible, un «caudal tumultuoso circulando por el ciberespacio». De este modo, es posible que en un futuro no muy lejano se termine por poner en riesgo la querida imagen del Estado redistributivo pues, por la fuerza de los hechos, casi todos estamos en camino de convertirnos de ciudadanos a la vieja usanza en simples «clientes que contratan protección y seguridad».
¿Seguridad? De partida, un mundo imperfecto tendrá que ser siempre, a la postre, más inseguro. La inseguridad, en cualquiera de los sentidos, será el peaje a pagar por un mundo que ha dejado atrás las utopías y el esquematismo bipolar, que valora la libertad y que en última instancia reconoce su impotencia para poner barreras a la revolución de finales del siglo XX : la globalización, para entendernos. Pero, colocando ahora al margen el debate sobre las falsas seguridades que dejamos atrás (una de las grandes lecciones del pasado siglo), lo cierto es que en el umbral de una era que no nos cansamos de calificar de «nueva» aparecen con su peor faz los más vetustos fantasmas del pasado, la intolerancia, el fanatismo, la religión como arma de combate, el odio irracional... Para los que recurren una vez más a la simplificación, no es difícil evocar un nombre que resume todo lo anterior: Al Qaeda. Precisamente el primer capítulo del libro de Puig se titula «Al Qaeda está aquí». Está aquí, entre nosotros, aunque no queramos verlo, en forma de amenaza latente –casi literalmente hablando: las famosas células durmientes–, pero siempre presto a «reanudar» un combate, una guerra santa, de la que nosotros no sabemos nada, porque ni siquiera queremos enterarnos de que se haya declarado de facto.
Estas y otras muchas reflexiones se atropellan en las páginas del libro que comentamos. Demasiadas quizá o demasiado brío en la pluma de Puig. Cuando el lector ve en una sola página, por ejemplo, citas de Kissinger, Havel, Esterházy, Derrida, Habermas o Michnik (p. 116) y en la siguiente se habla de Warhol, Astérix, el pato Donald, Angela Davis, Giscard y el mago de Oz, aparte de admirar la versatilidad y brillantez del autor, y hasta disfrutar con sus guiños y maldades, termina ansiando un tempo más sosegado. Como bien saben los mejores muñidores de fantasías del Hollywood tan admirado por Puig, el ritmo trepidante está muy bien, pero requiere de ciertos respiros, aunque sólo sea para disponer mejor el ánimo para la siguiente secuencia. Puig no da tregua y el resultado de ello es que el lector puede ahogarse ante esa catarata permanente de datos, insinuaciones, paradojas, anécdotas, críticas y pronósticos, todo mezclado sin solución de continuidad, con un desparpajo deslumbrante, pero a veces también algo impostado y superficial.
Pudiera decirse que el libro acompaña en su forma a la reflexión de fondo, esa consabida imperfección que constituye el hilo conductor. No le hubiera venido mal de todas maneras una revisión más cuidadosa para evitar la reiteración de «referendums», arreglar ese horrendo «Quot erat demonstrandum» (p. 17) o pulir frases como «Norteamérica no fue contagiada no por el fascismo ni por el comunismo» (p. 111). Esos detalles, que abundan más de lo razonable, afean innecesariamente un libro tan «imperfecto» como necesario, porque lo cierto es que no abundan en el panorama español autores que se atrevan a salir del marco provinciano y entrar a saco, sin complejos, en la realidad internacional, barajando además el impresionante caudal de información que Puig maneja. Sería ocioso subrayar a estas alturas que todo ello no tiene nada que ver con el asentimiento o desacuerdo con lo que el autor expresa en estas páginas. Son tantas las cuestiones y tan amplio el abanico de valoraciones que sería materialmente imposible suscribir todas ellas, aparte de que el lector adivina en Puig un secreto afán de provocar, de sacudir intelectualmente o, a veces, tan solo el prurito de dejarse llevar por una formulación impactante. En cualquiera de los casos, con la sonrisa cómplice o con la irritación –a veces una cosa inmediatamente después de la otra–, estamos ante un análisis lúcido y sugerente; no se trata, por todo lo dicho, de nada parecido a una guía para entender el mundo que vivimos, sino un aguijón para salir del conformismo y zambullirnos en una realidad cada vez más compleja, imperfecta e insegura.

01/06/2005

 
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