ARTÍCULO

Por quién doblan los genes

Colección Darwinismo hoy, Crítica, Barcelona, 96 págs.
Trad., Mercedes García Garmilla
Colección Darwinismo hoy, Crítica, Barcelona, 104 págs.
Trad., Antonio Desmonts
Colección Darwinismo hoy, Crítica, Barcelona, 112 págs.
Trad., Mercedes García Garmilla
Colección Darwinismo hoy, Crítica, Barcelona, 120 págs.
Trad., Antonio Desmonts
Colección Darwinismo hoy, Crítica, Barcelona, 72 págs.
Trad., Antonio Desmonts
 

Cuenta Jack London en Antes de Adán, cómo la sensación de caída sin término que a veces experimentamos en sueños, no es más que un vestigio de un pasado evolutivo arborícola: nuestros antecesores sufrirían frecuentes desplomes, pero sólo aquellos que se hubieran agarrado a tiempo de alguna rama dejarían descendencia. A este relato apostilla Fernando Savater que «la hipótesis no me parece más divagatoria que algunas sobre estos mismos temas que han recibido el placet de la ciencia oficial» (La infancia recuperada). La colección Darwinismo hoy participa de ambas cualidades. Tiene, por una parte, ciertas pretensiones académicas, al publicarse bajo el auspicio de la London School of Economics, pero, con una sola excepción, los libritos objeto de esta reseña se limitan a interpretar determinados hechos valiéndose de argumentos darwinistas simplistas e injustificados. Veámoslos en detalle, siguiendo un orden de arbitrariedad creciente de su contenido.

Neandertales, bandidos y granjeros trata de encajar un conjunto de opiniones, más o menos infundadas, en un escenario histórico plausible. Nada hay que objetar, ni creo que alguien lo pretenda, a la noción de que las prácticas agrícolas no surgieron de súbito hace unos diez mil años, sino que fue en torno a ese momento cuando alcanzaron la entidad suficiente para que hoy puedan percibirse sus residuos. Tampoco hay inconveniente en admitir que la agricultura fue inicialmente una forma de procurarse el sustento complementaria de otras más antiguas, como la caza y la recolección. También parece inevitable que el crecimiento demográfico sustentado por unos cultivos cada vez más intensivos, hiciera imposible el retorno a modos de vida anteriores y, al mismo tiempo, propiciara la aparición de estructuras sociales progresivamente jerarquizadas. Deducir de todo esto una confrontación entre cromagnones agricultores y neandertales recolectores, determinante de la extinción de los últimos, no pasa de ser una opinión más de un conjunto, semejante al que engloba las múltiples y variopintas conjeturas sobre la desaparición de los dinosaurios. La argumentación alcanza, a veces, cotas especulativas desmesuradas. Una de ellas es la idea de que la domesticación puede, en general, asimilarse a un pacto, fundada en que los animales domésticos son abundantes, mientras que los que no lo son o están en fase de recesión o ya se han extinguido. La cuestión no parece que pueda solventarse consultando a la más débil de las partes interesadas.

Una izquierda darwiniana se apoya en una caricatura de las ideas atribuidas a la izquierda y la derecha políticas, confeccionada con el propósito de ajustarlas a un esquema darwinista ramplón. La hipérbole reside en atribuir a derecha e izquierda, respectivamente, los conceptos de una naturaleza humana que es intrínsecamente inmutable o ilimitadamente maleable. El marco propuesto postula que cualquier estratificación socioeconómica se asienta sobre una base biológica dictada por la acción de la selección natural, y que ésta puede implicar, simultáneamente, fenómenos de competición y cooperación. Al autor no le empacha desviarse del supuesto inicial para reconocer graciosamente lo que todos sabemos, esto es, que la flexibilidad de la herencia biológica depende del atributo considerado, cooperación y competición incluidas. Pero esta zalamería sólo sirve para endulzar la advertencia que se brinda a la izquierda: por deseable que pudiera parecer a primera vista, favorecer la colaboración a expensas de rebajar el antagonismo no sólo tiene límites sino que también implica costes. Con una mínima picardía, el lector intuirá que las bases genéticas de la cooperación y la competición, en la acepción que se ha querido dar a estos conceptos, están lejos de haber sido elucidadas, lo cual reduce la exposición a una mera especulación carente de fundamento empírico. También percibirá con facilidad lo petulante de una amonestación que el autor no ha considerado necesario hacer extensiva, mutatis mutandis, a la derecha.

La verdad sobre Cenicienta pretende dar una interpretación darwinista al recurrente conflicto entre padrastros e hijastros. Parece suficientemente probado que los niños que conviven con un padrastro (o una madrastra) corren un riesgo de ser objeto de malos tratos (infanticidio incluido) considerablemente mayor que aquellos otros que están al cuidado de sus padres naturales. Desde un enfoque darwinista excluyente, este hecho podría explicarse considerando que la selección natural favorece a los individuos con un mayor número de hijos y que los hijastros son un obstáculo (prescindible) a la consecución de descendencia propia. Sin embargo, los argumentos aportados en apoyo de esta hipótesis son muy frágiles, limitándose el autor a establecer un paralelismo entre los seres humanos y otras especies animales (leones y langures) cuyo comportamiento ante un conflicto similar ha recibido el mismo tipo de explicación. Está por ver, en primer lugar, si la solución darwinista aplicada a los animales no humanos es correcta y, en segundo lugar, si la extrapolación propuesta es adecuada. Si, como parece evidente, los hijastros son menos deseados que los hijos y, por otra parte, la mayor agresión que sufren los primeros es, a Dios gracias, poco frecuente, el problema queda satisfactoriamente resuelto sin necesidad de recurrir a hipótesis evolutivas construidas en el aire. En todo caso, los datos mencionados sólo adquieren significado pleno cuando se comparan con un control apropiado y no será fácil encontrar uno que permita eliminar las diferencias atribuibles a la propia condición de los sujetos, esto es, que tanto hijastros como padrastros poseen una experiencia familiar previa de la que la mayor parte de los hijos y padres carecen.

Trabajos distintos recurre una vez más a la tergiversación para justificar el hecho de que las mujeres estén escasamente representadas en aquellas ocupaciones que implican, a la vez, mayores responsabilidad y remuneración. Para ello se presupone que los hombres son capaces de aceptar riesgos con más facilidad, lo cual supondría una mayor agresividad profesional, mientras que las mujeres se muestran más remisas a sacrificar los valores familiares (en su sentido tradicional) por mor de intereses materiales. Siguiendo la tónica general de estos ensayos, el autor atribuye a esas diferencias la condición de marcas grabadas indeleblemente en el genoma a lo largo de un pasado evolutivo, caracterizado de forma simplista por el distinto papel adjudicado a cada sexo: cazador y recolectora. Esta conjetura no cuenta con el mínimo respaldo científico, entre otras cosas porque el análisis de las posibles diferencias hereditarias entre sexos con respecto al comportamiento social está viciado de origen, debido al distinto trato cultural que recibe cada uno de ellos desde el momento del nacimiento. Es indudable que la creciente incorporación de la mujer occidental al mercado laboral, con lo que esto implica en relación con la continuidad de la familia nuclear, está dándole la vuelta al asunto con tal rapidez que ello, por sí solo, descarta la existencia de trabas hereditarias mínimamente importantes. En definitiva, la tesis de Browne no pasa de ser una defensa interesada de un modo de vida que hoy se encuentra en profunda crisis.

Darwinismo hoy se presenta en su prólogo como «una colección de libros breves escritos por figuras destacadas de la teoría evolucionista. Cada título es una solvente introducción "de bolsillo" a las ideas darwinianas que configuran el orden intelectual del día de hoy». Examinemos, uno por uno, los elementos de esta declaración de principios. En primer lugar, con la consabida excepción de la que nos ocuparemos más adelante, ninguno de los autores referenciados ha contribuido, siquiera mínimamente, al desarrollo de la teoría evolucionista. Por el contrario, se trata de antropólogos, filósofos o psicólogos que intentan remozar sus respectivos campos de trabajo recurriendo a pautas darwinistas elementales; algo que, en sí mismo, no carecería de interés siempre y cuando viniera acompañado de un cierto rigor. En segundo lugar, estas vulgarizaciones del darwinismo prescinden de los dos aspectos fundamentales del debate científico: la discusión de los problemas técnicos que dificultan la interpretación de los datos, en particular los referentes a la herencia del comportamiento humano; y la valoración crítica de otras hipótesis que pudieran explicar más convincentemente las observaciones, en especial las relacionadas con aquellos temas que tienen fuertes repercusiones sociales. Por último, debe tenerse en cuenta que tanto la ciencia como la fábula tratan de representar la realidad mediante alegorías, pero sólo la última pretende ofrecer normas éticas. No es preciso recordar que la utilización del darwinismo en este último sentido cuenta con antecedentes demasiado amargos. En resumidas cuentas, a la colección Darwinismo hoy podría aplicarse lo que cuentan que ocurrió, hace ya muchos años, en un casino de provincias. Un buen día apareció en la pizarra el siguiente anuncio: «Mañana actuarán las eminentes artistas hermanas Morales». Uno de los socios tomó la tiza para añadir, a renglón seguido, esta aclaración: «Ni son eminentes, ni son artistas, ni son hermanas, ni son morales».

Decía al principio de esta reseña que uno de los libros referenciados se aparta radicalmente del darwinismo vulgar que marca el tono de los restantes volúmenes de la colección. Se trata de La construcción de la vida, escrito por John Maynard Smith, uno de los más prestigiosos evolucionistas teóricos de la segunda mitad del siglo XX. En esta obra se comparan dos posibles modelos de desarrollo morfológico. Uno de ellos, intelectualmente más burdo pero mejor ajustado a las observaciones, es de tipo jerarquizado y funciona mediante un conjunto de genes que, al activarse y desactivarse en distintos momentos y situaciones, dan las instrucciones precisas para la correcta ejecución del proceso. El otro mecanismo, formalmente más sencillo y elegante aunque también más apartado de la realidad, es de tipo automatizado y, una vez puesto en marcha, produce resultados determinados por la propia dinámica del proceso. El asunto no tiene, hoy por hoy, implicaciones evolutivas directas. Sin embargo, el que distintos grupos taxonómicos conserven las mismas señales reguladoras, aunque éstas den lugar a diferentes estructuras en cada caso, habla en favor de una evolución que no permite cambios demasiado grandes en las fases iniciales del desarrollo. El autor aprovecha la contraposición de estos dos modelos para ilustrar dos enfoques biológicos correspondientes y antagónicos: el reduccionista y el holista. Ambos tienen un valor relativo, en el sentido de que se puede preferir uno de ellos para la resolución de determinados asuntos y no la de otros. Ninguno es fácilmente descartable, porque las dos posturas son potencialmente válidas y su comprobación empírica es, muchas veces, ambigua. Por último, la elección de campo está en buena medida condicionada por las inclinaciones políticas de sus cultivadores: reduccionistas a la derecha y holistas a la izquierda.

Una controversia semejante afecta a las derivaciones del darwinismo. Para algunos se trata de un asunto meramente científico, cuyo alcance debe ser precisado en cada caso. Por esta razón, uno puede (y debe) adoptar la postura del «darwinista potestativo»; máxime en aquellos asuntos en los que la biología no dispone, por lo presente, de datos fidedignos que permitan solventar la discrepancia. Para otros, al contrario, el darwinismo es, en esencia, un dogma de obligada aplicación, cuyo contenido suele reducirse a presuponer la universalidad de un modelo genético rígido que, inevitablemente, dará lugar a presiones selectivas deterministas. Es de justicia reconocer que este último género, que está alcanzando un extraordinario éxito editorial en el mundo anglosajón, abarca productos de muy distinta calidad; pero no debe perderse de vista que, en buena medida, su propósito es proporcionar apoyo a actitudes socioeconómicas tendenciosas, presentándolas bajo una envoltura pretendidamente científica. Las muestras son numerosas y abarcan desde temas aparentemente triviales como, por ejemplo, una justificación evolucionista de que los hombres arrimen menos el hombro que las mujeres en las tareas domésticas (A. y B. Moir, Why men don't iron), hasta otros muchos más graves, como la consideración de la violación en tanto que vestigio de adaptaciones pasadas (R. Thornhill y C. T. Palmer, A natural history of rape). Por todo lo anterior, el propósito de esta reseña es doble: advertir al posible lector de que muchas de estas ideas no están apoyadas por el darwinismo científico, y persuadirle de que las vulgarizaciones de esta materia no debieran servir para desacreditar su contenido propiamente técnico. Un último reparo. Las traducciones son, en general, rutinarias y parecen hechas a toda prisa. Sólo así pueden explicarse ciertas improvisaciones como, por ejemplo, convertir lirios (lilies) en lilas y conejillos de Indias (guinea pigs) en inexistentes cerdos de Guinea (La construcción de la vida, pág. 14; Neandertales, pág. 42).

01/03/2001

 
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