ARTÍCULO

La persistencia del mito

 

Toda historia de la filosofía y de la ciencia occidental se inicia con el ya clásico tema titulado «El paso del mito al logos». Según la exposición tradicional, y como recordará todo aquel que haya cursado estudios de bachillerato, en el siglo VI antes de Cristo, unas nuevas formas de explicación de la realidad aparecen en oposición a las narraciones míticas. No creo que sea posible poner en cuestión, en lo fundamental, la realidad de ese giro epistemológico que alumbraron los sabios helenos de aquel entonces. No entraré en la polémica acerca de si el «milagro griego» fue tal milagro o una consecuencia necesaria de las condiciones sociales y económicas de las colonias helenas en Asia Menor. Me interesa, en cambio, subrayar el carácter parcial y restringido de esta revolución mental. Es obvio que los mitos, entendidos en un sentido amplio como narraciones ficticias y maravillosas, sustentadas al margen de su posible contrastación empírica, e incluso a pesar de las evidencias en su contra, permanecen, se crean y se recrean, gozan de excelente salud en nuestros cerebros y su existencia transcurre tranquila y paralelamente a las teorías científicas más sofisticadas.
Puesto que el mito se dice de muchas maneras, el autor centra su atención (ya advierte en el prólogo que no pretende ser exhaustivo) en un tipo de elaboración cuyos autores reivindican la autenticidad presentando gran cantidad de datos supuestamente de valor científico o histórico: son las denominadas «pseudociencias» y «pseudohistorias». Fritze sostiene que estos relatos, que reclaman su condición de ciencia, o de historia, son fenómenos modernos, nacidos al cobijo de la ciencia contemporánea y la ingente cantidad de datos que ésta aportó en todos los ámbitos del saber. Son excrecencias que se nutren en buena parte de los conocimientos obtenidos por las ciencias acreditadas como tales, reuniéndolos de manera caprichosa, utilizándolos tendenciosamente en la demostración de tesis incompatibles con las explicaciones de que inicialmente constituían la natural verificación. El autor declara que «no podemos escapar de la pseudohistoria ni de la pseudociencia: la única diferencia es que ahora existen más ideas pseudohistóricas y pseudocientíficas, y otros medios para difundirlas además de los libros» (p. 12).
El primer capítulo está dedicado al mito de la Atlántida y podemos encontrar una larga y detalladísima exposición, a veces con una precisión de miniaturista que puede llegar a exasperar, de otras historias delirantes a lo largo de las páginas de este libro: sobre los primitivos colonizadores de América, sobre el origen de los pueblos, sobre la relación entre historia y catástrofes globales o sobre el origen africano de la civilización griega.
A los seres humanos les preocupa saber quiénes son, quieren conocer su historia, pero, citando al historiador británico Geoffrey Barraclough (p. 11), «si no pueden incorporar el pasado mediante una historia explícita y verdadera, lo incorporarán mediante una historia implícita y falsa». Y es que la ciencia cuesta: cuesta hacerla y aprenderla. Exige método, rigor, detalle, perseverancia, tiempo y esfuerzo, análisis de los datos, formulación de nuevas hipótesis, aceptación de los errores, y empezar de nuevo si es necesario. La mayor parte de nosotros andamos por el mundo pertrechados con un tipo de creencias no científicas, o pseudocientíficas, que emanan espontáneamente de una mente que no recurre habitualmente al análisis y contrastación de datos en la evaluación de los fenómenos.
Cuando Fritze enjuicia las motivaciones de los creadores de mitos, a algunos de ellos les concede «intenciones puras», es decir, que aunque con una metodología defectuosa y una cuestionable objetividad, una porción de investigadores tendría como fin la búsqueda de la verdad. No sería el caso de los que «están dispuestos a escribir cualquier cosa que venda bien, aunque no lo crean ni ellos mismos» (p. 23). No dudo de que esta última finalidad explique una parte de la producción pseudocientífica, ya que hay timadores en todas partes, pero sospecho que en muchas ocasiones los autores de tan fantásticos «saberes» estén convencidos de la verdad de sus tesis. Este hecho es el más interesante de explicar, junto con otro: la avidez que muestran los lectores por el consumo de estas publicaciones.
Estoy de acuerdo con Fritze cuando, en la conclusión sobre el capítulo dedicado a la estrambótica teoría de Von Däniken acerca del origen alienígena de las pirámides y la esfinge, subraya la incapacidad de muchas personas para distinguir las pruebas válidas de las inválidas, la argumentación empírica de una retórica impresionante: «Tristemente, la educación formal ha descuidado el desarrollo del pensamiento crítico. Es algo difícil, lento, infravalorado, y hasta peligroso de enseñar para los educadores [...]. Esto deja libre el camino para que los pseudohistoriadores y pseudocientíficos vendan libros entre los ingenuos, los desinformados y aquellos que simplemente quieren creer en alguna cosa sin importarles las abrumadoras evidencias en su contra» (p. 267).
Me cuesta entender el fenómeno del auge de los pseudosaberes en términos de un engaño intencionado perpetrado contra una masa intelectualmente indefensa. Así lo reconoce el propio autor cuando señala, como ya se ha apuntado, que muchos de los pseudohistoriadores se creen la verdad de sus mentiras tanto como sus «desinformados lectores». En mi opinión, este fenómeno es el que merecería ser aclarado con más profundidad: a saber, ¿por qué los relatos fantásticos poseen tal «pregnancia» para nosotros, por qué nos seducen tanto? Si la ciencia es el método más fiable que tenemos para describir lo que hay ahí fuera, ¿qué hace que muchos renuncien a sus conclusiones y prefieran elaborar o consumir narraciones míticas?
Personalmente, he echado en falta en la obra de Fritze tanto el planteamiento de la pregunta como la búsqueda de una respuesta. Una respuesta que podría hallarse en el ámbito de las neurociencias y de una psicología evolucionista. Estas disciplinas señalan una explicación en el sentido de que «nuestro cerebro no está hecho para buscar la verdad, sino para rellenar, para sobrevivir»Richard Gregory, citado por Eduardo Punset en El alma está en el cerebro, Madrid, Aguilar, 2006, p. 103.: «No necesitamos la verdad: necesitamos algo que nos sirva para ir tirando»Ramón Núñez, citado por Eduardo Punset, op. cit., p. 59.. Nuestro cerebro no está diseñado por la evolución para las excentricidades de la mecánica cuántica, sino más bien para evitar ser devorado por un depredador. El objetivo del cerebro es la supervivencia a toda costa de su portador. Y, si no tiene la suficiente información, suplirá la que le falta por fantasías y fabulaciones. Lo importante es que la realidad se nos presente con un sentido completo y coherente. Somos malos matemáticos, lógicos mediocres, como Steven Pinker y otros han puesto en evidenciaVéase Steven Pinker, Cómo funciona la mente, trad. de Ferrán Meler-Orti, Barcelona, Destino, 2001.. Por eso las matemáticas, la física, la química, han de ser aprendidas en centros de enseñanza especializados, a la fuerza, en contra de la tendencia natural de nuestra mente a ocuparse de «sus cosas», de labores básicas, de «ir por casa»Eduardo Punset, op. cit., p. 104.. Nos preocupamos de cómo no ser atropellados al caminar por la calle, de conocer qué relaciones establecemos con los demás. La ciencia, que siempre nos obliga a aceptar creencias extrañas, es en realidad una extravagancia evolutiva y, en general, preferimos nuestras ilusiones a la verdad: «No queremos saber la verdad de nada; queremos saber aquello que nos satisface, o queremos saber porque el saber nos satisface de algún modo»Eduardo Punset, op. cit., p. 103..
Si esto es así, y los hechos se empecinan en confirmarlo (sorprendente el caso de El código Da Vinci, cuyos seguidores-lectores han hecho caso omiso de la advertencia del propio autor de que se trataba de una ficción), auguramos un próspero futuro a los pseudosaberes. A pesar de la falta de algo más de vuelo teórico y del exceso de detalles, la obra de Fritze está llena de buenos momentos. Recomendada para los amantes de la mitología más reciente.

01/12/2010

 
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