ARTÍCULO

Pulsión permanente

Anagrama, Barcelona
Trad. de Jaime Zulaika
368 pp. 19,50 €
 

El adúltero americano del título es John F. Kennedy, pero su nombre completo no se revela sino hasta casi el final del primer capítulo. En el principio, Kennedy es «nuestro hombre», como si se hablase de un caso clínico y el relato fuese un informe médico; el tono es neutro, imparcial, pseudocientífico. Jed Mercurio declara la patología en el primer párrafo: «nuestro hombre [...] opina que la monogamia rara vez ha sido el acicate en la vida de un gran hombre». Y aunque quede por verse si él es o no un gran hombre, no caben dudas sobre el acicate de su elección. Kennedy, cuenta Mercurio, fue un dedicado «fornicador», palabra que el autor utiliza con el sentido exacto de «quien tiene relaciones extramatrimoniales», pero de la que aprovecha también ciertos ecos bíblicos y pecaminosos.
En una oportunidad bien documentada, Kennedy dijo a Harold Macmillan, entonces primer ministro: «Me dan unos dolores de cabeza terribles si paso tres días sin una mujer». La novela registra, a ese ritmo febril, las conquistas de «nuestro hombre». Irónicamente, el poder que llega con la presidencia no le hace fáciles las cosas. Kennedy lo nota tras el nacimiento de su hijo, cuando visita a Jacqueline en el hospital y las enfermeras, en vez de hablarle y coquetear como lo habrían hecho uno o dos años atrás, «bajan los ojos como sirvientas victorianas» en cuanto las mira. Un abismo (en el original, gulf) se ha abierto entre las mujeres y él, al «alpha male». Gulf –cuyo doble sentido de «abismo» y «golfo», por desgracia, se pierde en la traducción– es aquí la palabra clave. Y, como si el presidente no tuviera bastante con su abstinencia forzada, hay, cruzando el golfo de México, «una nación isleña con un dictador antiamericano» al que el predecesor de Kennedy no ha logrado mantener a raya. La insatisfacción sexual, como lo previene uno de sus médicos (Kennedy tenía cuatro), no es buena consejera política; y este período en el que Kennedy debe adaptarse a las «miserias de la monogamia» es el más difícil en sus funciones de estadista.
Mercurio, que es médico y ha publicado un libro sobre su profesión, estudia de cerca la tragicomedia del cuerpo que rodea la satiriasis de «nuestro hombre». Porque, para colmo, la salud del presidente era calamitosa: padecía enfermedad de Addison, por lo que recibía inyecciones de esteroides, testosterona y cortisona, pero también había sufrido lesiones graves en la espalda, para las que necesitaba barbitúricos e inyecciones: según los efectos secundarios, la farmacopea se completaba con laxantes, «relajantes musculares y hormonas sustitutivas». Sus médicos le ajustan continuamente las dosis, sin ponerse jamás de acuerdo y cayendo en el charlatanismo. En un momento dado de 1961, cuando las toxemias hierven en la sangre del presidente sin que ningún medicamento pueda aliviarlas –porque el alivio que necesita es el del sexo extramarital–, Kennedy da la orden atolondrada de «cruzar el Golfo» e invadir Cuba. El resultado es el fiasco de Bahía de Cochinos. Por contrapartida, al año siguiente, durante la crisis de los misiles, Kennedy está, no sólo lleno hasta las orejas de esteroides, sino sexualmente satisfecho gracias a la rotación de tres amantes y varias prostitutas. ¿Fue el balance fisiológico la causa del aplomo que demostró frente a Nikita Krushchev? Más que causas y efectos, Mercurio consigna la concomitancia de hechos, dejando al lector que saque sus conclusiones.
Hacia el final de la vida de Kennedy, la CIA empieza a investigar irregularidades de su conducta privada que pueden comprometer la seguridad nacional: Kennedy ha mantenido relaciones con una prostituta alemana (del Este) y acosado a una empleada (hay ecos del caso Clinton). Mercurio apunta en una nota bibliográfica que «es fascinante especular sobre cómo un escándalo sexual habría afectado a la administración Kennedy». Pero el presidente no viviría para ello. Estamos en 1963 y nos acercamos a la histórica tarde en Dallas. Al relatar el asesinato, Mercurio enlaza las esferas pública y privada, demostrando que los incorregibles escarceos amorosos de Kennedy desempeñaron un papel importante en el final: «Este hombre se destrozó la espalda salvando a un camarada herido, pero esto es sólo una parte de la historia. La dolencia la exacerbaron sus enredos en una habitación de hotel de El Paso, y por estas dos razones inseparables lleva una faja que le mantiene la cabeza erguida [...]; de lo contrario habría podido agacharse para esquivar el segundo disparo».
Híbrido de narración propiamente biográfica y escenas imaginadas, Un adúltero americano procede de manera cronológica, a excepción de flashbacks que nos retrotraen a la época en que Kennedy era senador, cuando alcanzó su apogeo de Don Juan. En aquel tiempo comenzaba también la relación, famosa incluso entonces, de «nuestro hombre» con Marilyn Monroe; un tema paralelo a la política es, pues, la celebridad. Con Kennedy se consolida la sociedad del espectáculo. Pero si esta novela satisface en parte el afán voyeurista de escarbar en la vida privada de quienes han ocupado cargos públicos, Mercurio no alimenta en absoluto lo que Philip Roth llamó, al referirse al caso Clinton, «la pasión popular más antigua de Estados Unidos: el éxtasis de la mojigatería». El hecho de que el autor sea inglés quizá lo explica. En cualquier caso, no se monta aquí una acusación moral ni un ajuste de cuentas político.
El libro se alinea, más bien, con la tradición documental de la non-fiction novel. En este sentido, el riesgo es la obviedad. Después de los estudios de Norman Mailer y Joyce Carol Oates sobre Marilyn Monroe y de Don DeLillo sobre Lee H. Oswald, hay que animarse a escribir precisamente sobre Kennedy. El autor sale airoso. El tono distante, tan distinto a los fuegos de artificio de los grandes norteamericanos, es un indudable acierto. Y, en sus mejores momentos, la prosa es incisiva y aforística; los pensamientos de Kennedy suenan como eslóganes de Don Draper: «Lo mejor es acostarse con mujeres bellas y lo peor es apegarse a ellas». O: «El suyo encaja en la descripción de matrimonio político, pero cuando marido y mujer se acuestan todos los matrimonios se vuelven políticos». El equilibrio de estas observaciones a veces se ve quebrado por juegos de palabras pueriles: «El sexo es el golf de nuestro hombre: un par de hoyos rápidos y terminar el circuito lo más rápido posible». Pero estos son detalles. Mordaz e inteligente en su conjunto, el libro es un iluminador ejercicio de contraste entre los imperativos de la cosa pública y las pulsiones, también difíciles, de la vida privada.

01/02/2011

 
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