ARTÍCULO

Por el imperio hacia el olvido

 

Constituye ya casi un rito inevitable en nuestros predios culturales que la efeméride de un personaje o un suceso destacado se conmemore con la aparición en el mercado del libro de una pléyade de «nuevos» estudios sobre el particular. Encomiable hábito... si realmente fueran enfoques inéditos o, simplemente, aportaran algo que enriqueciera nuestra percepción de la figura o del hecho en cuestión. En la mayor parte de los casos, por desgracia, se trata de una mera operación comercial, un asunto de oportunismo en sentido estricto, a caballo entre el apresuramiento periodístico y el corto plazo de la rentabilidad editorial. Como no podía ser menos, el centenario del nacimiento del fundador de la Falange (1903) ha dado lugar a la consabida proliferación de títulos que en teoría tratan de hacer un balance de su legado. Dado el pobre nivel que han alcanzado algunas conmemoraciones recientes, no podemos quejarnos excesivamente de la calidad de la cosecha en esta ocasión Aunque no es estrictamente novedad, se ha presentado casi como si lo fuera, con nuevo formato, una reedición del reciente estudio (1996) de Julio Gil Pecharromán: José Antonio Primo de Rivera. Retrato de un visionario, Madrid, Temas de Hoy, 2003. Para el lector culto que desea una aproximación seria al político y a su contexto constituye, hoy por hoy, la obra más solvente. En la peculiar colección de biografías auspiciada por Rafael Borràs («Cara y Cruz») ha aparecido el elogio y la crítica del personaje a cargo, respectivamente, de Enrique de Aguinaga y Stanley G. Payne (Barcelona, Ediciones B, 2003). Como en otros volúmenes de esta serie, el problema está en la desigual contribución de uno y otro autor, con notable ventaja en este caso para el segundo de los citados. El esbozo familiar de Rocío Primo de Rivera (Los Primo de Rivera. Historia de una familia, Madrid, La Esfera de los libros, 2003), más centrado en el dictador que en su hijo, cumple su papel de aproximación humana, sin mayores pretensiones. Por último, en una órbita completamente distinta, José Antonio Baonza en José Antonio Primo de Rivera. Razón y mito del fascismo español (Madrid, Ciencia 3, 2003), insiste en una línea que se resiste a morir: la reivindicación crítica de la herencia del fundador de la Falange. .

Aceptando como inevitable este estado de cosas, vayamos a lo positivo. Es obvio que, más allá de las conspicuas novedades de escaparate, tan vacías como efímeras, hay otras posibilidades, no ya sólo más atractivas para el especialista, sino en el fondo más respetuosas para un amplio sector de veras interesado. Una de ellas, por ejemplo, es tomar el acontecimiento o, en este caso, al personaje en cuestión como referente o hasta simple excusa para iluminar zonas de sombra relativas a su época o su contexto. En cierto modo, el trabajo de los hermanos Carbajosa incide en ese sentido, porque José Antonio, su personalidad, sus actitudes o sus designios no pasan de ser aquí un mero telón de fondo sobre el que se proyecta otra historia bien distinta. No es un reproche, ni mucho menos, aunque personalmente considere más acorde con el contenido del libro el subtítulo de primera generación cultural de la Falange que la discutible mención a la corte joseantoniana.

En cualquier caso, lo que importa destacar es que la obra que nos ocupa (anótese en su haber) se encarga de estudiar la trayectoria de un conjunto de literatos, más allá de sus relaciones de facto con el fundador de la Falange, más allá de la influencia que éste dejó en ellos, más allá de esa adscripción política concreta y, por supuesto, en un lapso que desborda con mucho el límite vital de noviembre de 1936, fecha del fusilamiento del guía en la prisión de Alicante. Baste decir a este respecto como dato rotundamente significativo que, de toda la nómina estudiada (Rafael Sánchez Mazas, Ernesto Giménez Caballero, Eugenio Montes, Agustín de Foxá, Jacinto Miquelarena, Pedro Mourlane Michelena, José María Alfaro, Samuel Ros, Dionisio Ridruejo y Luys Santa Marina), este último «fue el único de los escritores del grupo que murió falangista» (pág. 201).

La exploración que hacen Mónica y Pablo Carbajosa de ese ambiente y, sobre todo, el pormenorizado análisis de los variopintos textos de esos autores (poesía, teatro, artículos, novelas...) se acoge explícitamente a la línea de análisis esbozada hace ya más de tres décadas por el libro pionero de José-Carlos Mainer José-Carlos Mainer: Falange y literatura:Antología, Barcelona, Labor, 1971.; se apoya –sin hurtar a veces cierta cautela– en las aportaciones de escritores interesados por ese pasado, como Francisco Umbral y Andrés Trapiello Ambos, prolíficos escritores, han aludido al tema en multitud de ocasiones. En cuanto obras más representativas, pueden recordarse aquí, del primero (Umbral) la reciente Los alucinados, Madrid, La Esfera de los libros, 2001. Y del segundo (Trapiello), el ensayo Las armas y las letras: literatura y guerra civil (1936-1939), Barcelona, Planeta, 1994. ; y se distancia del polémico ensayo de Julio Rodríguez Puértolas Julio Rodríguez Puértolas: Literatura fascista española. Historia y Antología, Madrid, Akal, 1987, 2 vols., en la medida en que consideran empeño digno de mejor causa «escribir una historia antifascista de la literatura fascista». En este sentido, tanto por el tema como por el tono (ese rechazo tanto al banquillo como al sitial, esa búsqueda de compresión en su contexto), el presente libro se aproxima o, mejor aún, complementa un estudio precedente, ahora recientemente traducido, de Mechthild Albert. Esta última ceñía su análisis a una lista más reducida en la que sólo se repite Samuel Ros (los demás polígrafos estudiados por la hispanista alemana son Tomás Borrás, Felipe Ximénez de Sandoval y Antonio de Obregón). Ocioso es subrayar que todos ellos vivieron también personalmente, y plasmaron en sus obras, la misma o parecida fascinación por el vértigo de consumo fascista y vanguardista El título en este caso no puede ser más nítido: Vanguardistas de camisa azul. La trayectoria de los escritores Tomás Borrás, Felipe Ximénez de Sandoval, Samuel Ros y Antonio de Obregón entre 1925 y 1940, traducción de Cristina Díez Pampliega y Juan Ramón García Ober, Madrid, Visor, 2003..

La corte literaria de José Antonio comienza rastreando los orígenes ideológicos de esa seducción. Se remonta así a la revista Hermes (19171922) y a la Escuela Romana del Pirineo, que no correspondía a ninguno de los conceptos que integraban su rótulo, sino a una agrupación de nacionalistas católicos de tinte maurrasiano en un Bilbao que, según expresión de Sánchez Mazas, «era Atenas». Se destaca aquí la figura de Ramón de Basterra y se perfila el magma ideológico que pronto adquirirá forma política en el ideario de Falange Española. Pero antes de que esto ocurra tendrá lugar la aventura marroquí, que no constituirá exactamente un «bautismo de fuego», pero dejará un poso indudable en algunos de ellos: recuérdense las Notas marruecas de un soldado, de Giménez Caballero, aunque el tono es más acre en la menos conocida Tras el águila del César, de Santa Marina. Como fácilmente se colegirá, la aventura norteafricana sirvió, en consonancia con las vivencias de la generación militar coetánea, como combustible para un radicalismo nacionalista cada vez más exacerbado.

Por si fuera poco, algunos (Sánchez Mazas, Giménez Caballero) tuvieron su experiencia italiana, en plena apoteosis del Duce y la escenografía de las escuadras negras. No por casualidad, esos dos intelectuales tomarían a su cargo, ya en la capital de España, el suministro de símbolos y consignas al naciente fascismo español que José Antonio trataba de aglutinar en torno a su persona. Aquí, en el bullicioso Madrid de los primeros años treinta, van compareciendo poco a poco los integrantes de esa «corte literaria», generalmente en torno a publicaciones minoritarias o animadas tertulias (de El café Europeo a La ballena alegre). La cuestión clave es que estamos hablando de tres o cuatro intensos años, pero nada más, porque el Alzamiento comporta la ruptura absoluta y la dispersión, además naturalmente de la muerte del jefe. Más aún, como reconocen los autores, desde el mismo encarcelamiento de éste, en marzo, «no podemos hablar ya propiamente de corte literaria de José Antonio » (pág. 131). La paradoja es que a casi todos ellos les quedaba media vida por delante. Tan amplio lapso que el fundador de la Falange difícilmente podía seguir dictando el rumbo de sus vidas... y de sus obras.

Pero más allá del discutible marbete y del propio agavillamiento de estos escritores (Ridruejo, por ejemplo, chirría en este séquito por más de un motivo), se impone otra consideración medular e insoslayable: la de su vigencia y calidad literaria. He aquí el verdadero quid de la cuestión. Y he ahí el gran problema de un estudio de estas características, que los Carbajosa, con honestidad, no rehúyen. En la introducción nos dicen que «tienen derecho a ser juzgados literariamente», como ya lo han sido en el plano político. Y, en efecto, de esta tarea se ocupan los autores, con un buen pulso que sólo desfallece en las farragosas elucubraciones postreras. Pero, entonces, a la hora de hacer balance, ¿qué queda? Incluso siendo generosos con las excepciones (pongamos por ejemplo Madrid de corte a cheka, Rosa Krüger, las Memorias de Giménez Caballero, el aliento poético de Ridruejo...), el balance como grupo es poco menos que desolador, sea cual sea la perspectiva que se adopte (págs. 312-313). Con el agravante de que contaron con todas las facilidades, disponiendo en la mayor parte de los casos de un estatus de escritores oficiales, con gran apoyo institucional, sin que los verdaderamente grandes (en el exilio) les pudieran hacer sombra. ¿Qué nos legaron, insistimos? Si en cierto sentido, como creadores de la retórica establecida, fueron «los autores más influyentes en la vida cotidiana de la ciudadanía» de todo el siglo XX español, podríamos concluir que varias generaciones de españoles sólo conservarán en la memoria, sin saber que lo escribieron algunos de ellos, las consignas, lemas y letrillas de aquellos himnos y canciones de Falange que tuvieron que aprender en su infancia.

01/11/2003

 
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