ARTÍCULO

Las dos caras de la misma moneda

Alfaguara, Madrid
384 pp. 18,50 €
 

Me pregunto: ¿es cierto que, como ocurre en esta novela donde se entrecruzan realidad y ficción, Benjamín Prado me contó un día, hace varios años, en la pecera del Círculo de Bellas Artes, el primer día que hablé con él cara a cara, y también el último, que su padre era uno de aquellos motoristas que llevaban el sobre del cese a los ministros de Franco? ¿Es cierto, o es, como en esta enrevesada y fascinante novela, una falsa operación de la memoria, o un truco narrativo con vocación de auténtica verdad? Recuerdo a Prado, hablando de su escritura igual que lo hace Dolores, uno de los personajes de este su último libro, «en un tono retador y adelantando el cuerpo mientras echa hacia atrás los hombros, como si quisiese recortarle espacio a la duda», y revelando aquel misterio de un padre policía motorizado a la órdenes de Franco o, mejor dicho, un padre recadero de las misivas que el Caudillo enviaba –otro personaje que asalta estas páginas a sus colaboradores caídos en desgracia–. Cumplida la misión, el padre de Prado regresaba al palacio de El Pardo, en la moto Sanglas, a ver qué más se le ofrecía, a menos que S. E. el Jefe del Estado lo despachara a casa, con su familia, donde seguramente comentaba algo con discreción hasta que el Diario hablado de Radio Nacional daba la noticia de los últimos cambios gubernamentales producidos en el Consejo de Ministros presidido por el Generalísmo.
La prosa de Operación Gladio destila este aroma de alcanfor bajo el que el escritor cruza historias tejidas sobre documentación periodística. Se diría que Prado no escribe en un solo ordenador, sino en dos o más ordenadores al mismo tiempo, como hacen los buenos jugadores de ajedrez en un campeonato. La preocupación del autor por mantener en vilo a sus lectores la explicaría una anécdota que Prado (descriptivo, y en ocasiones farragoso en sus retratos, también proclive a giros poéticos inesperados) pone en boca de la protagonista, Alicia Durán, cuando le dice a su interlocutor, sin que venga demasiado a cuento: «Un joven novelista le dejó el manuscrito de su primera obra a un escritor famoso, para que la leyera, y cuando al cabo de un tiempo quiso saber su opinión, el maestro le respondió, lacónicamente: “Decae un poco al principio”» (p. 220). Es perceptible que a Prado le preocupa que su novela decaiga al principio un poco, pero no renuncia a lo que será una constante más o menos contenida a lo largo del texto: la minuciosidad descriptiva propia de una literatura anterior a la televisión (y a la facilidad del lector para imaginar con solo un par de trazos a actores en la escena), de tal modo que ya el primer párrafo del libro, que ocupa por completo la primera página y dos líneas de la segunda, Prado rueda estos planos: «Miró hacia la derecha, al grupo de los que insultaban a los policías y a los operarios que en ese preciso instante amarraban con cables de acero la estatua del dictador, y después de estudiarlos detenidamente sacó una libreta y un bolígrafo y se puso a tomar notas sobre algunos de ellos. Lo hacía de tal manera, sin quitarles ojo mientras apuntaba en su cuaderno frases rápidas como latigazos, que alguien podría haber pensado que en lugar de escribir, dibujaba». Y luego de dar estos latigazos, aunque con parsimonia narrativa, sucumbe al placer de las metáforas y, al ocuparse de la mirada de la mujer que lleva blusa roja y observa la escena del derrumbamiento de la última estatua ecuestre de Franco, con distanciamiento –muy relativo– «si no reparabas en sus ojos, porque en ellos se escondía un destello de ira, lo mismo que bajo la delicada piel del pomelo se oculta la vorágine del amargor» (la cursiva es mía).
A pesar de estos devaneos poéticos, Prado arrastra al lector al campo de batalla que todavía resulta, a la vez que intrigante, familiar (incluso muy cercano cuando, por ejemplo, alude al juez Baltasar Garzón) y aquí es donde la acción de las distintas historias de los Grapo, ETA, CIA (creadora de Gladio) y, cómo no, el grupo estatal de los GAL, forman un entramado donde desaparece la protagonista (presumiblemente asesinada), ya que el lector sabe, al menos, que vivimos en un país donde exhumar a las víctimas de nuestro holocausto civil es sumamente peligroso.
Situaciones oscuras e inexplicables, manipuladas por el poder interior y toleradas por las fuerzas exteriores a punto siempre de intervenir, se suceden en capítulos bien construidos y espeluznantes. Una tenue historia de amor sirve como una sombra refrescante en el agotador paseo de la Transición. El lector se pregunta no tanto quién manda, porque ya da igual, como quién obedece y hasta dónde, en épocas turbias como nuestra interminable posguerra. Los diálogos abundantes, ágiles o perspicaces, así como los desplazamientos a otros países golpeados por el terrorismo, como Italia, aligeran la carga narrativa, como en un buen reportaje novelado con dosis de suspense.
El relato exigió a Prado, más que un esfuerzo imaginativo –crear una trama original–, un esfuerzo de investigación y recopilación de datos sobre los que sustenta la acción con suficiente solidez. Historias parecidas a esta, de intriga política y criminal, llenan los escaparates. Política y crimen se funden hoy como las dos caras de una misma moneda.

01/06/2011

 
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