ARTÍCULO

Política al sur del Sahara: una historia «como las demás»

Ed. Bellaterra, Barcelona, 418 págs.
Trad. de Juan Vivanco
 

Los herederos de la teoría de la modernización, tan denostada unos años atrás, amenazan con entrar de nuevo por la ventana de los análisis políticos que se hacen sobre África y otras partes del mundo. Y es ahora cuando resulta accesible al público general de habla castellana un libro que hace ya más de una década constituye una referencia obligada en el debate sobre la política africana. Las tesis de Jean-François Bayart se alejan, sin embargo, no sólo de los presupuestos modernizantes, sino también del gran relato alternativo de los teóricos de la dependencia, sin caer por ello en la tentación culturalista y comunitarista. Todas estas interpretaciones son consideradas por nuestro autor como parte de un mismo «paradigma del yugo», de larga tradición en el pensamiento occidental hacia el continente, y que percibe un carácter patológico en el fenómeno del poder en las sociedades africanas.

Frente a ellas y sus presunciones dualistas –modernidad/tradición, desarrollo/subdesarrollo, estado/tribu–, el análisis que aquí se nos presenta se realiza en el marco de una sociología histórica, que supere tanto los presupuestos teleológicos y voluntaristas de unos como el estructuralismo abstracto de otros, y que insista en la historicidad de las sociedades africanas y la relación del fenómeno político con las formaciones y dinámicas sociales. Las peculiaridades de estas sociedades son fruto de procesos concretos y no de un sustrato cultural africano inmutable o una estructura internacional perversa.

Varias son las líneas argumentativas que se entrecruzan para formar un cuadro complejo de las dinámicas políticas del subcontinente. En el fondo subyace la idea de que el Estado africano contemporáneo debe entenderse como producto de la hibridación y el mestizaje de diferentes tradiciones: la del Estado europeo surgido a partir del siglo XVIII y difundido en África con los procesos de colonización y descolonización, y la de las tradiciones autóctonas de poder. Más que como una realidad ajena e importada, el Estado africano existe en virtud de la apropiación y la reinvención continua de lo político llevada a cabo por los mismos africanos.

Los procesos políticos del continente se sitúan así en una perspectiva de longue durée, desde la que el colonialismo es observado como un episodio más, de consecuencias a veces «seísmicas» que, no obstante, no impidió la continuidad de dinámicas sociales anteriores. La colonización misma se entiende como una manifestación más de un fenómeno con una larga trayectoria como es el de las estrategias de extraversión de los grupos dominantes del continente. El concepto de extraversión sirve a Bayart para describir cómo las relaciones con el exterior han sido y siguen siendo uno de los principales recursos de los africanos en el proceso de centralización y acumulación económica. Y ello se debe al escaso desarrollo de las fuerzas productivas del continente y a la posibilidad geográfica de los grupos subalternos de desplazarse y escapar a las pretensiones excesivas de control por parte de los centros de poderEste argumento es el que desarrolla y actualiza en un artículo reciente: "Africa in the World: A History of Extraversion", African Affairs, vol. 99, n. 395, abril 2000.. Nuestro autor se suma así a la historiografía que considera que, aunque la aptitud para sacar provecho de la ocupación colonial fue variable, las sociedades africanas «no fueron nunca [...] objetos pasivos de su sometimiento» (pág. 43).

Las estrategias de extraversión se sitúan también en el corazón mismo del estado poscolonial, que se nos presenta como la fuente principal de la acumulación económica y de la estratificación y desigualdad social. En África, es la relación con el Estado la que proporciona la capacidad de enriquecerse y ejercer el poder. El aparato burocrático estatal, más que objeto de apropiación por parte de una clase ya formada, constituye la matriz de la generación misma de los grupos dominantes. Por una parte, el Estado «capta para sí y para sus representantes el excedente y la renta de exportación agrícola» (pág. 112). Por otra, el vínculo con ese Estado es lo que permite a ciertos individuos realizar una acumulación a través de procedimientos tales como el acceso a recursos internacionales, el cobro de salarios públicos y de prebendas, la adquisición de propiedades gracias a las posiciones de privilegio y hasta la extorsión a partir del uso de la fuerza del Estado.

El Estado aparece, por tanto, como el lugar de estructuración de la clase dominante donde ésta realiza su búsqueda hegemónica, imagen con la que se nos traslada una sensación de procesos fluidos y sin terminar más que de estructuras consolidadas. En la mayor parte del continente, esta búsqueda hegemónica se realiza fundamentalmente a través de lo que Bayart llama la «asimilación recíproca de las élites», que supone la fusión de los grupos sociales potencialmente competitivos para formar una sola clase centrada en el control del Estado. Esta fusión se realiza a menudo en los ámbitos cotidianos de socialización como las celebraciones de bodas y funerales, los colegios, las iglesias cristianas, las cofradías islámicas, las fraternidades secretas...; y sobre todo a través de prácticas políticas como son el partido, las elecciones, la burocracia, la jefatura o la articulación de ideologías.

Pese a esta fusión, el funcionamiento del Estado africano consiste en pugnas permanentes entre las élites políticas organizadas en facciones para conquistar o conservar el poder. En esta dinámica faccional encuentra Bayart líneas de continuidad con los sistemas políticos precoloniales, sin que ello signifique que las facciones de hoy sean los linajes de ayer reconvertidos. Más bien se trata de la recreación de ciertos «idiomas» o «argumentos instrumentales» incardinados en el parentesco y la etnicidad, que se reproducen en el nuevo contexto del Estado.

Obsesionado por desacreditar el paradigma del yugo, nuestro autor se opone a considerar la existencia entre las clases dominadas de funcionamientos radicalmente diferentes a los descritos para las clases dominantes. Se aleja así de los planteamientos dualistas de una gran parte de los análisis sociológicos del continente, incluyendo trabajos anteriores suyos sobre la revancha de las sociedades africanas frente al proyecto totalizador del EstadoJ.-F. BAYART, La revanche des societés africaines, Polithique Africaine, septiembre 1983.. Ahora «las lógicas de deconstrucción del campo estatal no se distinguen con tanta facilidad de las de su cristalización» (pág. 318), y la acción de las clases dominadas, lejos de poner en peligro la existencia del estado poscolonial a partir de estrategias globales, contribuyen también a su producción. El estado no existe al margen de la sociedad, como algo ajeno, extraño, sino que la recorre en forma de redes clientelares muy personalizadas, permitiendo a Bayart el uso de otra metáfora de las que tanto abundan cuando se trata de describir la política africana: el estado rizoma.

Pero la gran metáfora del libro, y que le sirve de subtítulo, es la plástica y exitosa política del vientre, con la que pretende conceptualizar la forma específica de gubernamentalidad africana que consiste en utilizar el acceso al Estado para la capitalización de riquezas, clientes y prestigio. El Estado es concebido en África como el gran «pastel nacional» que hay que repartir y al que se accede a través de aquellas luchas de facciones. El reparto no se hace de forma equitativa ni sin violencia, pero tampoco carece de ciertas normas ni es ajeno a la posibilidad de intervención de «lo invisible» y su sanción moral.

Y es así como llegamos al punto en el que el libro de Bayart comienza a incomodar al más posestructuralista de sus lectores, porque pese al cuadro complejo que dibuja (que va más allá de las pinceladas que acabamos de trazar) y pese al reconocimiento del papel que desempeña la violencia y la desigualdad social en los procesos políticos del continente, se respira cierta condescendencia hacia el resultado. Como si haber descubierto algunas de las lógicas que dominan la historicidad africana nos librara de sobrecogernos ante muchos de los fenómenos sociales y políticos al sur del Sahara.

Tal vez la debilidad del libro de Bayart consista en su pretensión totalizadora, por utilizar una de sus palabras. Por una parte, toda dinámica social parece reducirse a su interacción con el Estado y su contribución a las luchas faccionales que lo atraviesan. Prácticas sociales que él mismo señala, como la escapada física, política o espiritual, o las realidades políticas localesPhilip BURNAM; The Politics of Cultural Difference in Northern Cameroon, Edinburgh University Press, Edimburgo, 1996, (págs. 146-147), no se consideran con entidad suficiente como para formar parte esencial del proceso general de lo político y a la vez diferenciarse de la política del vientre de los centros de poder. Por otra parte, la pretensión de ofrecer un modelo general para gran parte del África subsahariana desdeña una diversidad inevitable en un continente tan vasto. Pese a muchos de sus pronunciamientos, se echa en falta una imagen más plural, conflictiva y contradictoria de los devenires históricos africanos.

Tampoco nos explica bien cuál es la relación concreta y desigual entre aquella clase dominante, cuya formación se nos describe, y el resto de los grupos sociales. Y es que la falta de atención a la dimensión institucional de lo político y el énfasis en los comportamientos individualizados de las élites nos impide una comprensión más completa de los mecanismos de dominación. Y al mismo tiempo dificulta la apreciación del verdadero peso de la experiencia colonial: en palabras de uno de sus críticos, el Estado territorial moderno representa verdaderamente una nueva forma de gobierno en África y una ruptura con el pasado mayor de lo que un acercamiento braudeliano permite concebirF. CLAPHAM, "The  longue durée of the African State", African Affairs, vol. 93, 372, 1994.. El desdén por las estructuras, y el énfasis casi exclusivo en los procesos y las estrategias individuales, ha llevado a algunos a criticar el libro de Bayart como una obra sobre el Estado en la que el Estado apenas hace apariciónJ. COPANS, "La banalisation de l'Etat Africain. A propos de L'Etat en Afrique, de J.-F. Bayart", Politique Africaine, vol. 37, 1990., y en la que se atribuye a las personas una capacidad de actuación más allá de las constricciones del poderM. MADMANI, Citizen and Subject. Contemporary Africa and the Legacy of Late Colonialism, Fountain Publishers, Kampala / David Philip, Cape Town / James Currey, Londres, 1996 (págs. 10)..

Muchos encontrarán que el tratamiento que merecen los fenómenos de la etnicidad y las representaciones sociales del poder es reduccionista, limitándose a una explicación básicamente instrumental del uso que de ellas hacen quienes aspiran a participar en el reparto de la tarta nacional. La aceptación del carácter imaginado de las identidades colectivas no debería impedir un análisis más detallado de su funcionamiento y articulación en el marco de lo político. El mismo Bayart reconoce la necesidad de prestar mayor atención a los fenómenos de producción de sentido y articulación de la ideología, pero su intención de tratar estos asuntos en obra aparteEste parece ser el objetivo de una obra posterior, L'illusion identitaire, Fayard, París, 1996.no satisface a una concepción más integral de los fenómenos sociales.

No todos los procesos políticos del continente pueden reducirse a la consolidación de una clase dominante y la instrumentalización de las identidades. Realidades apenas contempladas por nuestro autor en este libro, como guerras civiles, crisis económicas, desplazamiento de refugiados, aplicación de planes de ajuste estructural o incluso la desintegración del Estado mismo, merecerían la ampliación del marco teórico. La loable intención de banalizar la visión de la política en África y de evitar la actitud prescriptiva y normativista de una gran parte de las ciencias sociales en relación con el continente no es incompatible con la constatación de fenómenos de dislocación y crisis que perciben muchos africanos, para quienes a menudo todo parece desmoronarseC. ACHEBE, Todo se desmorona, Columna Edició, Llibres i Comunicacón, Barcelona, 1998..

Pese a todas las críticas posibles, no es por costumbre y cortesía que debamos terminar reconociendo los méritos de El Estado en África. La magistral utilización de innumerables fuentes, tanto teóricas como de estudios concretos, el énfasis en el protagonismo de los africanos, la importante reversión del paradigma de la dependencia o la recuperación de los procesos históricos en el análisis de lo político hacen de este libro una referencia básica, no sólo para los estudiosos del continente, sino también para cualquiera interesado en la realidad del poder. Y, sobre todo, nos indica lugares nuevos a los que mirar en este empeño interminable que algunos y algunas tenemos por comprender los fenómenos sociales al sur del Sahara.

01/01/2002

 
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