ARTÍCULO

Poetas enamorados

 

La obra poética de los trovadores provenzales ha llegado hasta nosotros gracias a las numerosas compilaciones cancioneriles efectuadas en los siglos XIII y XIV , es decir, cuando la gran experiencia cultural y literaria del amor cortés era ya cosa del pasado en territorio occitano. Asimismo, son los cancioneros quienes por medio de rúbricas atributivas nos ofrecen la autoría de todas las canciones conservadas de los primeros poetas modernos de Occidente. Ahora bien, si tenemos en cuenta que la mayoría de ellos fueron de condición humilde, con apenas un nombre poco habríamos podido saber de la historia interna de uno de los movimientos artísticos más representativos e importantes de la Edad Media. Pero quienes se afanaron en copiar los textos poéticos y agruparlos por autores también creyeron necesario redactar breves biografías que dieran información de sus vidas y de sus amores. Miquel de la Tor, copista de cancioneros, es autor de al menos una de ellas.Y trovadores tardíos y de obra menor, como Uc de Sant Circ, componen otras tan importantes como la del gran Bernart de Ventadorn, a quien le supone amante ni más ni menos que de la reina Leonor de Aquitania. Con todo, la gran uniformidad de estilo que presentan y el hecho que estén escritas en un correcto provenzal hacen suponer que más bien fueran redactadas conjuntamente por una especie de escuela.
Las Vidas, escritas con los trazos específicos de la narratio brevis, dibujan a grandes rasgos la personalidad del trovador, nos descubren la identidad de la dama a quien amó y celebró en sus canciones, las cortes y los lugares que frecuentó y algunas se aventuran a hacer un juicio sobre el valor de sus canciones. Este breve itinerario vital y amoroso de los poetas puede verse incrementado en ocasiones por otro tipo de narraciones que acompañan a determinados textos en los cancioneros: son las razos, que narran las circunstancias en que se escribieron los poemas que alcanzaron mayor éxito o tuvieron mejor aceptación entre el público.Algunas incluyen informaciones más valiosas que las propias Vidas, como sucede con las que se escribieron a propósito de los sirventeses o poemas satíricos de Bertran de Born.Todas ellas forman un valioso fresco donde queda perfectamente reflejada la agitada vida de un trovador que, como dueño de un castillo, fue a menudo blanco de las luchas intestinas que enfrentaban al rey de Francia y a los Plantagenet, con Ricardo Corazón de León a la cabeza.
Aunque Vidas y razos constituyen una fuente de información imprescindible para conocer de primera mano no sólo la biografía, sino también el entorno político y cultural que rodeaba a los trovadores, no siempre pueden tomarse al pie de la letra las informaciones que aportan los biógrafos, pues a menudo reducen a mero dato biográfico el lenguaje metafórico del autor. En este proceso de banalización sobresale de manera especial la vida de Jaufré Rudel. Este antiguo poeta es conocido por cantar reiteradamente a un amor de lonh o «de lejos», al que nunca ha visto pero del que se enamoró «por el bien que oyó decir de ella a los peregrinos que volvían de Antioquía». El biógrafo afirma que la dama en cuestión era la condesa de Trípoli, y que para poderla ver «se hizo cruzado y se embarcó, y cayó enfermo en la nave y fue llevado a Trípoli, a un albergue, por muerto». Cuando ella lo supo acudió a su lado y «lo tomó entre sus brazos» obrando el milagro, pues «al punto recobró el oído y el aliento».
En otras ocasiones, se echa mano de motivos folclóricos con una larga tradición literaria para dar relieve a trovadores que fueron mediocres versificadores. Así, el catalán Guilhem de Cabestany alcanzó gracias a su Vida la notoriedad suficiente como para que Boccaccio le dedicara una novella del Decamerón (IV.9). Se narra en ella una curiosa versión sobre la leyenda del corazón comido: el marido de la dama a la que Guilhem dedica sus canciones, tras descubrir que son amantes, lo manda asesinar; luego, puntualiza el biógrafo, «hizo asar el corazón y guisarlo a la pimienta, y lo hizo dar a comer a la esposa». Por contrapartida, grandes trovadores, que además fueron personajes de gran relieve histórico, apenas merecieron unas líneas, como sucede con Guillermo IX. Lo que dice de él su biógrafo se reduce poco menos que a un cliché: «Fue uno de los hombres más corteses del mundo y uno de los mayores burladores de damas, y buen caballero en armas y liberal en el cortejar».
Si tenemos en cuenta que los cancioneros donde se incluyen estos relatos fueron elaborados cuando los trovadores y la veintena de espléndidas cortes del sur de Francia por donde se movían eran ya cosa del pasado, esta lejanía, el desconocimiento de la realidad social donde nació el amor cortés por parte de un público nuevo, justifica tal idealización o deformación de los hechos y del ambiente en que acontecieron. Si a ello le sumamos la pérdida de un factor clave para entender esta poesía tan novedosa, como es el canto, nos encontramos con que lo que tenía de espectáculo y evento social es ahora compensado, aunque de otra manera, por historias y relatos que animan la imaginación del lector con vidas de leyenda, jalonadas por amores imposibles en la mayor parte de los casos. Mucho debemos a la labor de investigación y divulgación llevada a cabo durante décadas por el gran romanista e historiador Martín de Riquer, y en particular a la relacionada con el ámbito de la lírica provenzal. Su obra Los trovadores, historia literaria y textos (1975) será siempre un clásico imprescindible, y la mejor herramienta para adentrarse en el fascinante universo de nuestros primeros poetas, de aquellos que decidieron que a partir de entonces el amor sería el tema lírico por excelencia.
En esta ocasión nos ofrece una traducción fidedigna de las ciento una Vidas trovadorescas que fueron redactadas para rescatar del olvido a los mejores versificadores de los más de doscientos cincuenta de nombre conocido que registran los cancioneros. Y para quien poco o nada sabe de estas entretenidas narraciones medievales, resulta sumamente útil la introducción que la precede, donde Riquer aporta la información básica sobre el carácter y finalidad de unos relatos que, por lo demás, se dejan leer con fluidez.

 

01/01/2006

 
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