ARTÍCULO

Memoria reunida

 

En 1969 y 1979 José Manuel Caballero Bonald ya había reunido bajo los títulos de Vivir para contarlo y Poesía (1951-1978) su obra poética completa. Este tercer compendio que ahora edita Seix Barral agrupa sus dos últimas entregas: Laberinto de fortuna (1984) y Diario de Argónida (1997). En un poeta tan proclive a la revisión y reescritura de sus textos no espere el lector una mera gavilla de las ediciones príncipe de todos sus libros de poesía. Es la suya una escritura en palimpsesto que absorbe en su materia lingüística los diferentes estados de ánimo y las distintas etapas estéticas y vitales que ha ido atravesando el autor. El poema contiene por tanto la historia de sus lecturas. No son desde luego variantes de poca monta, mínimos retoques léxicos, sino que la reescritura afecta a los títulos, a la primitiva ordenación de los textos y, en ocasiones, a su sentido.

Caballero Bonald gana en 1951 el premio Adonais con su primer libro, Lasadivinaciones. Los elementos irracionalistas y neorrománticos –presencia de la noche, amor no cumplido, panteísmo-gravitan sobre los que van a ser algunos de sus temas recurrentes: la memoria, el olvido, la resonancia colectiva de la circunstancia individual y la indagación metapoética, escindida entre la exaltación de su misterio («Este poderío») y la imposibilidad de alcanzar a través del lenguaje la médula de la experiencia («Poema en la escritura»). El expresivo uso del encabalgamiento en metros clásicos como el endecasílabo y el alejandrino se combina con un epíteto eufónico que nunca abandonará. Memorias de poco tiempo (1954) ahonda en el espacio de la memoria como objeto de conocimiento, en una dialéctica no tanto elegíaca como otros compañeros de generación –pienso en Brines–, sino agónica, inscrita en el campo de batalla de la propia identidad, que se nos muestra en trance de purificación o de abatimiento. La soledad esencial del sujeto lírico es la del ser humano, que medita hundido en el ojo ciego del deseo mientras escucha el fragor de la naturaleza. Las alusiones a la mentira y al engaño son constantes. Los desdoblamientos y el cruce de planos temporales socavan una lectura lineal. El poema puede convertirse en razón de vida («Parte de una vocación»), pero la crisis de la palabra es cada vez más acuciante.

Anteo (1956) supone un corte momentáneo en la continuidad que se percibía en los dos libros anteriores. Se trata de cuatro poemas que homenajean al cante flamenco: a la soleá, la saeta, el martinete y la seguiriya. Todos están impregnados de celebración y de dramatismo. Sus imágenes giran alrededor de elementos cósmicos tradicionales como la sangre, el fuego y la tierra. ¿Pastiche lorquiano? ¿Neopopularismo al estilo del 27? No exactamente, ya que Caballero Bonald apuesta por una metáfora más barroca, por un verso en continua diseminación, tensado por medio de la apóstrofe y de la pregunta retórica. En Las horas muertas (1959) sí se atisba una mayor contención, además de la insistencia en el culturalismo y en el mito (si antes había sido Narciso y Anteo, ahora es Cloto uno de los correlatos objetivos). El poeta vuelve con sus obsesiones; son los suyos tanteos crepusculares en los que acaricia espectros y escenarios del pasado, donde no hay tregua para la pía condescendencia. De conjuras contra uno mismo podríamos calificar estos versos en los que reina la conciencia de la temporalidad y el carácter ilusorio del recuerdo. Los apuntes de poesía social que hallamos en el libro («Banco de España», «Mañana, me decían») configuran la matriz de Pliegos de cordel (1963), libro en el que la exhuberancia del lenguaje se aminora en beneficio del compromiso cívico con su tiempo. Supone el testimonio personal de unos años de acechos y vejaciones, donde se clama por una memoria arrebatada por la guerra y el secuestro de la patria ilimitada de la infancia.

Descrédito del héroe (1977) me parece un poemario más acumulativo y menos orgánico que los anteriores. Además del afianzamiento del erotismo, su nota más destacada radica en el esfuerzo por universalizar la experiencia vivida anclándola al sustrato mitológico, así como el hallazgo de una ironía que no sólo sirve para evitar la deriva sentimental (y el uso de la segunda y la tercera persona contribuirán a ello poderosamente), sino que enfoca el mismo acto de la creación. Léase como ejemplo de lo que digo «Apostillas a un apólogo moral», toda una burla del afán de supervivencia mediante la obra de arte, con el que enlaza también el poema en prosa que da título al libro. Hay un tono entre sentencioso e irreverente que bate contra los dogmas y los relatos coloreados de las ideologías del régimen franquista; estamos ante un sarcasmo más codificado literariamente que las propuestas similares de otros miembros de la Generación del 50: el José Agustín Goytisolo de Salmos al viento (1958) o el Ángel González de Tratado de urbanismo (1967).

Lo primero que sorprende al lector de los poemas en prosa de Laberinto defortuna (1984) es una sintaxis que me atrevería a llamar helicoidal. Este libro supone la definitiva inmersión en una topografía imaginaria en la que se homenajea continuamente a nuestro idioma, con referentes que van desde Juan de Mena hasta el barroco andaluz de Góngora y Soto de Rojas. La vigencia tropical del deseo coexiste junto a un sujeto lírico rodeado de sus propios testigos de cargo («Paréntesis»). Se dilata también el flanco satírico y epigramático de anteriores entregas: el poeta lanza andanadas contra el poder político, el gregarismo, la patria o la necedad. El gusto por la paradoja y por módulos narrativos provoca además una intencionada indeterminación genérica: el poema en prosa, género ya muy abierto desde sus orígenes, se confunde con breves piezas narrativas donde abundan las atmósferas suntuosas a las que nos empuja el vértigo de los significantes. La ausencia de un centro, la pluralidad de los sentidos, las citas implícitas hablan de un mundo en perpetua transformación, incognoscible en esencia. El poema ecfrástico dedicado a Picasso puede leerse a modo de declaración programática: «La transgresión de la lógica conduce al predominio de la maravilla [...]. No sin ser deformada puede la realidad exhibir sus enigmas» (p. 421). El metricismo heptasilábico que incorpora la última frase de este poema es una muestra del dominio del ritmo de la prosa. Estamos frente a un libro denso y hermético que debería emparentarse con la poética de los novísimos, aspecto que cuestiona la mecánica generacional a la que es tan dada la historia de la literatura española, y de la que no ha cesado de desmarcarse el propio Caballero Bonald.

Por último, Diario de Argónida (2004) es un libro pleno de madurez. La estoica y serena aceptación de la soledad en un vergel natural reconcilia al sujeto lírico con su propia finitud. La inminencia de la muerte acecha al mismo poema, del que se afirma su encarnadura lingüística y ficcional; por eso la memoria es también un simulacro: «Evocar lo vivido equivale a inventarlo» (p. 492).

01/09/2004

 
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