ARTÍCULO

El nudo en el junco

Huerga y Fierro, Madrid, 332 págs.
 

El «enigma» al que alude el título de este libro no es el juego verbal que oculta una información determinada, composición de honda raigambre en Occidente y ligada a los juegos de palabras, a los logogrifos y a los criptogramas (sobre esta clase de enigmas, véase el reciente y muy completo libro de Màrius Serra Verbalia. Juegos de palabras y esfuerzos del ingenio literario), aunque está, en más de un sentido, estrechamente emparentado con él. No tiene nada de extraño que el libro de Cuesta Abad comience con una referencia al enigmático oráculo de Delfos («No dice ni oculta, sino que señala») y que, en un momento dado de su argumentación, deba detenerse en el famoso mensaje de la monstruosa Esfinge («¿Qué ser anda al amanecer a cuatro pies, al mediodía a dos pies y al atardecer a tres?») descifrado por Edipo, y es que la tradición enigmística suele recurrir a estos ejemplos como manifestaciones perfectas de esa clase de juegos. Lo que trata de hacer y nos propone Poema y enigma es otra cosa: pensar la condición enigmática del lenguaje; más exactamente: la condición enigmática de esa «extrema configuración del sentido» que es el poema (la forma o el lenguaje poético). La perspectiva manejada en estas páginas es la de la hermenéutica, y desde un principio se nos dice que el más hondo núcleo de reflexión es aquí, en realidad, «lo que hay [en el enigma] de incomprensible y resquebraja tácita o inadvertidamente las categorías interpretativas que estamos habituados a aplicar».

El libro se divide en dos partes. En la primera se nos invita a examinar los problemas del enigma como potencia del lenguaje, como expresión oscura que desemboca en lo impensado y lo incomprensible y se «tecnifica» históricamente en la metáfora y la alegoría –recursos principales, pero no los únicos, de la «retórica» del decir enigmático–, y se lleva a cabo un repaso de la gnoseología del enigma y de diferentes aspectos colaterales con apoyo en, entre otros, Aristóteles, San Agustín, Hegel, Heidegger, Adorno y Gadamer. En la segunda parte del libro se interpretan poemas de Baudelaire, Mallarmé, Borges, Celan y Valente, y se glosa la dimensión «logomística» de la obra de María Zambrano.

En la Poética de Aristóteles se lee que «la esencia del enigma consiste en unir, diciendo cosas reales, términos inconciliables». ¿No es ese, en efecto, el fundamento de la metáfora, de la alegoría, del adínaton, del oxímoron, de la paradoja? Pero la oscuridad enigmática no es –o no es sólo– un uso peculiar (tecnificado) del lenguaje: es una condición del lenguaje mismo. San Agustín, en su interpretación de un fragmento famoso de San Pablo (Videmus nunc per speculum in aenigmate: Ahora vemos a través de un espejo, confusamente), puede, a través del metalenguaje retórico, «concebir lo inconcebible»: ver, espejo y enigma son metáforas, y la reflexión entera una alegoría, esto es, una metáfora prolongada. ¿Todo no es sino retórica, así pues? En el Barroco –señala Cuesta Abad–, la retórica se transforma en «una Enigmatología cuyos repertorios emblemáticos y alegóricos presuponen una reducción del mundo a escritura enciclopédica o a una identidad analógica entre el Mundo y el Libro». Asistimos ahora a la consagración del concepto, el «acto de entendimiento que exprime la correspondencia que se halla entre los objetos» (Gracián). A través de esta codificación del lenguaje llegamos, vía romanticismo, a la poesía moderna. «La poesía moderna –escribe Cuesta Abad– no induce al lector a un proceso inmediato de referencia que permita establecer, a partir del discurso verbal, la simbolización de objetos y acontecimientos; antes bien, exige que el intérprete suspenda –provisional o definitivamente– el proceso referencial hasta que sea reconstruido un esquema global y unitario de referencias internas al texto.» Aquí echamos en falta, en la reflexión de Cuesta Abad, los datos de la estética y de la historia literaria, pues hay una considerable diferencia entre la dificultad barroca y la oscuridad romántico-simbolista («You find my words dark. Darkness is in our souls, do you not think?», llegará a decir, al cabo de un proceso que desemboca en la tardomodernidad, James Joyce), y existen muy diversos tipos de oscuridad enigmática, que incluso alguna vez han sido objeto de catalogación. Los instrumentos de la hermenéutica –es evidente desde Dilthey– no pueden prescindir de los datos de la historia, necesarios también en este caso para explicar las derivaciones y metamorfosis de la oscuridad enigmática en el poema. Por lo demás, y puesto que son las palabras las que explican las palabras –en una circularidad en la que la exégesis debe en gran medida mimetizar su objeto para insertarse en su médula y entenderlo desde dentro–, ciertas lecturas de Heidegger, Adorno, Gadamer o Derrida son, ellas mismas, enigmáticas, como reconoce el propio Cuesta Abad, a quien, a su vez, no es siempre fácil seguir. Como complemento a las admirables lecturas que nuestro exégeta lleva a cabo de los poemas (todos ellos, en cierto modo, metalingüísticos) de Baudelaire, Borges, Valente y, sobre todo, Mallarmé y Celan –estas dos últimas, a mi juicio, lecturas verdaderamente modélicasSe han deslizado, sin embargo, algunos errores en la transcripción de los textos (vv. 9 y 15-44 de los poemas de las págs. 256 y 330-332). –, convendría, en verdad, no olvidar lo que acerca de su propia experiencia han dicho a menudo los propios poetas. Recordaría así, en primer lugar, que T. S. Eliot reconoció que un poema puede llegar a conmovernos mucho antes de que lo comprendamos (y su consecuencia natural: aun sin que esa «comprensión» se produzca enteramente alguna vez). El «desvelamiento» no es, pues, condición sine qua non de una palabra –la palabra poética-que se predica ante todo, y no sólo en la modernidad, como aparición. «El poema es una naturaleza creada por el poeta», escribió, por su parte, Wallace Stevens, una naturaleza que nos llega como «revelación» (Poetry has to be a revelation of nature). En definitiva, y para seguir con el ejemplo –citado por Cuesta Abad– propuesto en su día por el erudito francés C.-F. Ménestrier, que a su vez lo tomó de Aulo Gelio, diríamos que existe y no existe el enigma en el poema (nodum in scirpo, el nudo en el junco), porque, en el poema, el sentido –incluido el sentido oculto, «enigmático»– es en realidad una revelación.

Es sabido que el poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade habló del lenguaje poético como de un «claro enigma» (así tituló uno de sus libros). No se trata de una simple recurrencia al oxímoron como fácil fórmula que intenta abarcar un vasto problema epistemológico (recuérdese que, en la tradición pascaliano-kirkegaardiana, la paradoja constituye un método intelectual, y el propio Cuesta Abad insiste en las múltiples concomitancias entre el discurso poético y el filosófico). Quien desde la poesía lo ha dicho de manera más explícita acaso sea José Lezama Lima: «Lo que cuenta [...] es el eterno reverso enigmático, tanto de lo oscuro o lejano como de lo claro o cercano». Una reflexión que, en realidad, no está muy lejos de la conclusión a la que Cuesta Abad llega muy pronto y que –podría decirse– sintetiza su análisis: «Que haya lenguaje es la primera y la última condición del poema y del enigma».

01/09/2001

 
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