ARTÍCULO

Crónica social y sentimental de una colectividad

Destino, Barcelona, 1996
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Nacida en Barcelona en 1933, Rosa Regás escapa a cualquier fácil encasillamiento. Como Esther Tusquets, otra escritora de difícil clasificación, fue lectora precoz, estudió Filosofía y Letras y su primera experiencia profesional en el mundo de las letras fue como editora. A través de la editorial fundada por ella, La Gaya Ciencia, apoyó una dirección estética: la marcada por Juan Benet, para incluir en su catálogo a escritores como Álvaro Pombo, Javier Marías, Félix de Azúa o Vicente Molina Foix. Como otros escritores de su generación, pertenece a la burguesía progresista y cosmopolita catalana, si bien sus centros vitales más recientes han sido Ginebra y el Ampurdán. No publica su primer libro hasta 1987. Ginebra no es simplemente una guía de una ciudad, sino la expresión de una experiencia y una sensibilidad. Su primera novela, Memorias de Almator (1991), nos lleva al gerundense Ampurdán, escenario parcial (el Cadaqués de tantas páginas de Esther Tusquets) de Azul, Premio Nadal 1994, al que regresa en su colección de textos Canciones de amor y de batalla (1955) y, ahora, en su colección de relatos Pobre corazón.

La formación cosmopolita no le lleva a Rosa Regás solamente a sus raíces más inmediatas, Barcelona, sino a otras raíces más profundas. Un rasgo peculiar de muchos escritores barceloneses es el compartir la experiencia ciudadana y la experiencia rural, en parte por los largos veraneos durante la infancia, ellos y antes sus padres, en parte por estar allí las raíces familiares. Estas dobles raíces se encuentran en escritores como Gil de Biedma o Barral, Luis Goytisolo, Robert Saladrigas, Pere Gimferrer y tantos otros. Por lo que se refiere al Ampurdán hay que añadir la excepcional presencia de Josep Pla, que ha convertido a la comarca en un espacio histórico, cotidiano y mítico. Rosa Regás pasó largas temporadas en Cadaqués y, alejada ya de Barcelona (primero en Ginebra, como traductora de la Organización de las Naciones Unidas, y actualmente en Madrid, como directora del Ateneo Americano de la Casa de América), en su casa de Palafrugell.

No todos los relatos de Pobre corazón son de origen rural. Lo que ocurre es que los relatos de ambiente, sean barcelonés o gerundense, son los que dan aliento al libro. He señalado en otro lugar que en esta escritora de formación cosmopolita no hay huellas visibles de lecturas, aunque sí podemos identificar el conjunto del libro con una tradición naturalista y realista rural o pueblerina: la de la Sicilia de Giovanni Verga o la de la Costa Brava de Víctor Català. En Rosa Regás hay una genuina simpatía (una empathy o compenetración) con lo popular. Sin embargo, el camino de su inconformismo y su conciencia social y política (que nada tiene que ver con la del realismo social) se mueve en varias direcciones, direcciones que marcan los tres centros del libro: la guerra civil, los años del franquismo y el mundo atemporal de los dramas rurales. Tres centros que configuran los distintos relatos sin que necesariamente se excluyan y que suelen encontrar un eje de coincidencia: el fracaso de las relaciones humanas y la soledad.

«La nevada» es un cuento típicamente rural, situado en un paisaje que identificamos con el de Cadaqués. Una triste historia de amor imposible, de deseo, de vejez y de fracaso, acaba por convertirse, tras un original y nada violento cambio de dirección, en un relato de protesta y de solidaridad. Hay una delicada fusión de un conflicto individual y una respuesta colectiva. Y del mismo modo que las huellas de la represión y el miedo en Llamazares son inconfundiblemente leonesas, aquí son, porque deben serlo, inconfundiblemente ampurdanesas, marcadas por los nombres y el carácter de los personajes, el paisaje de olivos, el mar, la tramontana o las habaneras. En un ambiente parecido se desarrolla el relato más valioso del libro y el que mejor resume las cualidades de Rosa Regás como cuentista, «La farra». La unidad es aquí compacta, para acentuar un patetismo y una sordidez que nos remiten a Chejov y a Gogol. Un patetismo conseguido a través del humor y de una extraña sensación de irrealidad. Ahora el oscuro objeto del deseo es un sostén negro cuyo origen el protagonista no recuerda mientras que, abrumadora y humillante, se impone la presencia de su esposa, una mujer seca y dominante a la que, sin embargo, nunca se ha atrevido a odiar. Estos dos relatos se apoyan en un breve texto de carácter simbólico, «El guerrillero», en el que la pesadilla se confunde con la realidad.

El grupo de relatos menos interesante es, precisamente, el de los que carecen de un ambiente que determine el desarrollo dramático. Definidos simbólicamente por el breve texto «El sombrero veneciano», en ellos aparecen la ciudad y el pueblo, pero no para mostrarnos dos mundos opuestos sino para señalar la distancia que separa afectivamente a dos personas, los encuentros que revelarán un desencuentro. «Preludio», el cortazariano «La inspiración y el estilo» o «Más allá del límite», desprovistos de un alma social, se apoyan en el vacío y pese a la tensión narrativa o la intensidad sentimental son textos estáticos. Por el contrario, los relatos ambientados en Barcelona recuperan la fuerza social de los rurales. Son los más agresivos, divertidos y desenfadados y señalan dos etapas extremas de la vida del ser humano. «Introibo ad altare Dei», donde a través de la comunión religiosa se descubre la comunión de los cuerpos, la iniciación al deseo, y «Los funerales de la esperanza», relato lleno de sorpresas guiado por la lúcida locura de una anciana que nos lleva de la siniestra posguerra a un original rechazo del matrimonio. Pobre corazón resume ya en su acertado título las lesiones de una comunidad castigada por la guerra y por el franquismo y de unos corazones castigados por las convenciones matrimoniales, por la aridez sentimental y por la soledad, bendecidos por la rebeldía, el inconformismo y el humor

01/01/1997

 
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