ARTÍCULO

Pintura sobre seda

Destino, Barcelona
Trad. de Xavier Roca-Ferrer
930 pp. 30 euros
Atalanta, Vilaür
Trad. de Jordi Fibla
920 pp. 48 euros
 

El azar o los caprichos de la programación editorial en nuestro país han querido que dos editoriales distintas coincidan en publicar simultáneamente el mismo libro. Ambas versiones de este clásico japonés del siglo XI , sin embargo, no pueden ser más divergentes, tanto en el fondo como en la forma. La traducción de Xavier Roca-Ferrer (quien acompaña su texto de copiosas notas explicativas, útiles, si bien un tanto dilatorias) parte de la versión inglesa, más propensa a la retórica, que hizo Arthur Waley en los años treinta, mientras que el trabajo de Jordi Fibla para Atalanta –que ofrece una edición salpicada de hermosas ilustraciones– se apoya en la versión, más fiel y puesta al día, de Royall Tyler. Ambas son presentaciones cuidadas, si bien Xavier RocaFerrer en algunos momentos interviene en el texto de una forma, en nuestra opinión, un tanto abusiva, al cambiar el orden de los capítulos o introducir párrafos redactados por él mismo, para salvar lo que son, en su opinión, determinadas «lagunas» narrativas.
La autora de esta colosal obra, Murasaki Shikibu, vivió a finales del siglo X y su vida se desarrolló en el círculo de la corte imperial, al servicio de la emperatriz Ichijo. Son pocos los datos que se conocen de ella, aparte de que fue contemporánea –y rival– de otra célebre escritora japonesa, Sei Shonagon, autora del delicioso clásico El libro de la almohada, vertido al castellano por Borges y María Kodama, y cuya lectura puede servir de complemento perfecto del texto que nos ocupa.

La obra de Murasaki ha llegado a ser comparada con algunas de las cimas literarias de occidente –La Divina Comedia, El Quijote–, y en los últimos tiempos con especial insistencia por parte de Harold Bloom, quien establece un paralelismo un tanto forzado entre las obras de Murasaki y Marcel Proust (salvando sin pestañear un pequeño abismo cronológico de diez siglos), sobre todo en lo referente a su análisis puntillista del sentimiento amoroso y los celos sexuales. Sin embargo, ¿no será en el fondo –pregunto– demasiado occidental esta manía nuestra de empeñarnos en encontrar parentescos en todo? ¿No revelará un cierto paternalismo colonialista el hecho de querer digerir, asimilar y, en último término, domesticar una propuesta que pertenece por derecho propio a lo Otro y cuyas claves últimas nos son ajenas y se nos escapan?

La novela de Genji se basta por sí sola: no necesita padrinos ni otras credenciales fuera de su propia belleza distante y pudorosa. Su lectura es asequible y grata en todo momento y no requiere una preparación especial ni un entrenamiento previo en cultura japonesa, más allá de las ganas que cada uno tenga de dejarse acunar por la suave musicalidad y la atmósfera otoñal de sus ensoñaciones. La escritura de Murasaki –al menos en sus traducciones– es cristalina, y ni siquiera su tonelaje desmedido debe hacernos dudar a la hora de disfrutar de esta obra maestra que, por absurdo que parezca, había permanecido inédita hasta la fecha en nuestro idioma. Se trata, pues, de un rescate feliz, enmarcado en sendas iniciativas editoriales igual de loables.

Esta primera parte de la novela de Murasaki está protagonizada por Genji, el «príncipe resplandeciente», joven dorado mimado por la fortuna del que «dicen que es tan hermoso que incluso los santos se olvidan de sus pecados y penas al verlo». En todo momento la novelista contempla a su criatura con ojos arrobados como a un ser superior, una especie de ángel, y sus pequeños defectillos domésticos resultan irrelevantes en comparación con el aluvión de virtudes que lo adornan: buena posición social, apostura física, amplitud de espíritu, talento excepcional para la pintura, la poesía y la música... A Genji no le falta nada. Basta una mirada suya para que una dama se sienta «como si hubiera sido agraciada con la caída de una estrella en su cuenco de sopa».

En la ociosa corte Heian del siglo X (una especie de Versalles de ojos almendrados), carece de preocupaciones, fuera del reducido círculo de los sentimientos. Él vive sólo para amar y ser amado, consagrado a Eros, y toda su biografía ociosa de niño consentido se rige por un calendario libidinoso compuesto por torneos eróticos, citas con damas, encuentros secretos a medianoche y aventuras de alcoba.

Genji está casado con una mujer «distante como el monte Fuji y fría como la nieve que lo corona». Una vez sentada esta justificación, todo lo demás viene rodado. Él posee una psicología de lo más peculiar. No es un don Juan al uso, puesto que carece de la pulsión cinegética y el ansia de coleccionismo que lleva al mito europeo a acumular una conquista tras otra en un frenético despilfarro que conduce finalmente al deicidio y la nada. Genji es, si tal cosa fuera posible, un don Juan delicado, detallista y magnánimo, que no abandona a las mujeres que conquista: al contrario, las protege y las cubre de cuidados, puesto que «la naturaleza había hecho al príncipe de tal manera que jamás olvidaba a una mujer que le hubiese llamado mínimamente la atención».

Sus ansias amorosas le llevan a caer en desgracia ante el emperador, lo que le obliga a exiliarse durante tres años en la lejana y desolada costa de Akashi, donde se dedica a componer poemas con sus cuitas, suspirar, tañer tristemente las cuerdas de un koto y seducir a alguna que otra doncella con la que tiene una hija. Una vez repuesto en su cargo, Genji adopta a una niña –que se llama Murasaki, como la autora–, a la que educa, de la cual se enamora y con la que, en su debido momento, se desposa.

Conviene aclarar que los nobles, en esa época, tenían derecho a tener varias concubinas, además de la «esposa principal», también llamada «persona del norte» (pues sus aposentos estaban localizados en la zona norte del palacio). La novelista describe cómo Genji ama a una mujer tras otra y cómo las va «recolocando» en las distintas alas de su palacio, moviéndolas –y moviéndose él mismo– a la manera de piezas de un ajedrez imaginario, en el que las estancias desnudas funcionan con la precisión de un tablero de juegos simbólico.

Claro está que en la novela todo esto aparece expuesto de la manera más pudorosa, estilizada y sobria posible, pues no debemos olvidar que estamos hablando de una sociedad puritana tan rígidamente jerarquizada que sólo a los aristócratas de más rango les estaba reservado el privilegio de usar abanicos de veinticinco varillas, y en la que la desnudez humana era contemplada como «la cosa más horrible del mundo». Así descritos, los usos, hábitos y supersticiones de la corte Heian, con sus costumbres exóticas, componen a nuestros ojos una especie de novela de ciencia-ficción retrospectiva, puesto que el pasado puede ser tanto o más fantástico que el futuro más delirante. El libro alcanza una mayor significación, sin embargo, si lo contemplamos proyectarse y avanzar, no en el tiempo, sino en el espacio: como una serie de enrevesados dibujos, órbitas y arabescos trazados, en su deambular amoroso, por los cuerpos desnudos de Genji y sus favoritas. Hay en efecto, en el libro, una cierta economía del cuerpo, de sus ademanes, vestimentas y actitudes que conducen al ahorro o al derroche del mismo. A lo largo de la novela, Murasaki repite varias veces una expresión tan significativa como inquietante: «Era tan hermosa que parecía que no había de durar en este mundo». Un sentimiento específicamente japonés que corresponde al llamado «mono no aware», que algunos han traducido como «tristeza compasiva», y que hasta cierto punto resulta familiar en occidente, sobre todo a través de las películas de Ozu. Quedamos a la espera, pues, de la publicación del resto de este ciclo narrativo, cuyo indudable encanto resulta difícil de apresar en una fórmula simple y que quizá se deba a la melancólica presencia de ese «mono no aware» que impregna de emoción tantas de sus páginas.

01/06/2006

 
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