ARTÍCULO

Píldoras de vida

Astiberri, Bilbao
190 pág. 14
 

En los primeros meses de 2001, Frederik Peeters se propuso dibujar una historieta contando su relación con Cati y el pequeño de ésta. Nada extraordinario: los cómics autobiográficos ya son lo bastante numerosos como para haber configurado su propia tradición, hecha de aportaciones de muy diversa procedencia durante las últimas tres décadas. Pero la apuesta del dibujante suizo, por entonces casi completamente desconocido, parece, a poco que se la considere, tan arriesgada en lo personal como en lo artístico. Cati y su hijo son portadores del virus de inmunodeficiencia humana.

Si algo enseña la literatura autobiográfica de hoy es que representar personas vivas en una obra, aunque sea en nombre del arte, por lo general proporcionará al autor más reproches que parabienes. Nadie se reconoce del todo en palabras o dibujos de otro, por muy bienintencionados que sean. En Píldoras azules nos enteramos además de que los padres de Fred no saben aún que la amenaza del sida tiene el rostro de su pareja. Él considera la posibilidad de dejar que se enteren a través del cómic; Cati cree que no es forma de darles semejante noticia. Uno imagina que obra edificada con tan delicados materiales sólo dejará enteros a quienes se ven en ella si la aceptan como lo que es en definitiva: un gran acto de amor. Pero el amor y los buenos sentimientos no bastan para sostener la armazón de una obra significativa. Y, por otro lado, el VIH es asunto tan lastrado por miedos, prejuicios e informaciones tremendas que contar cómo vive un afectado podría derivar fácilmente a todas las formas de la autocompasión, la autocomplacencia o la sensiblería.
Ignoro si la vida personal de Peeters se ha visto afectada para bien o para mal por la publicación de Píldoras azules, pero a mi entender la obra esquiva con inteligencia, humor y sensibilidad todos los riesgos artísticos de semejante asunto y se presenta como un compendio de buenas maneras narrativas y de discreto talento gráfico. Peeters habla de su amor y de las amenazas que lo cercan con el respeto, la contención y la sobriedad de un artista verdadero, derrochando ironía, ternura y una excelente visión del plano adecuado y el ritmo necesario. Proporciona al lector un autorretrato creíble de patoso enamorado y timorato, que descubre el valor de las grandes verdades humanas en el peligro de perder lo que le importa.

El relato está distribuido en nueve capítulos de diversa extensión –entre las seis páginas y la cuarentena larga–, centrados en algún aspecto de la relación o en algún episodio de ésta. Los más largos se ocupan de dos núcleos significativos que definen su índole. Uno, del hijo de Cati, pues la relación entre Fred y él –con sus muestras de cariño o de indiferencia infantil, con sus crisis de autoridad-modela la de los mayores y su existencia define con toda su crudeza las imposiciones del VIH, esas píldoras azules que el chaval debe tomar tantas veces al día por siempre jamás. El segundo cuenta del preservativo que se rompió, dando suelta a todos los miedos latentes, a la angustia del contagio. El incidente da lugar a una escena memorable, la visita al médico, que se repite a causa de otros incidentes domésticos, asentando así a ese cuarto personaje, ajeno a la familia, que completa el reducido grupo de personalidades significativas en que se apoya la obra y da rostro humano a la condena de esas píldoras imprescindibles.

Porque, pese a lo que pueda sugerir su extensión, insólita para el cómic comercial, Píldoras azules es un relato intimista, que transita por pocos acontecimientos, da papel a menos personajes, se recrea en las situaciones y en los diálogos. Un manejo acertado de los planos, sostenidos viñeta tras viñeta o cambiantes, le proporciona su ritmo, una cadencia hecha de palabras, silencios, miradas y gestos mínimos. Peeters es un dialoguista notable, capaz de sostener siete páginas de Cati trasquilando a Fred mientras discuten cómo se lo dirá a su madre (págs. 39-45), u otras tantas de ambos tumbados boca arriba en la cama mientras desarrollan el apasionante asunto del por qué me quieres (págs. 92-98), y de desplegarlas de modo tal que uno y otro momento parecen breves y qué lástima.

Por añadidura, toda la obra está organizada como una serie de recuerdos imbricados unos con otros. Su punto de partida es Fred tomando notas en una cafetería para la historieta que quiere dibujar acerca de su relación con Cati. Su cierre coincide con el deseo de concluir ese período de tres meses de trabajo en la obra, que la familia señaliza con un viaje que equivale a «una buena descarga de vida concentrada» (pág. 186). Entre uno y otro, el trabajo del dibujante está siempre en el trasfondo, como un factor esencial de su existencia y también como un elemento estructurador de todo lo que vemos. Pero las reflexiones metanarrativas de Peeters son discretas y contribuyen, como los demás factores de su drama, a la veracidad –o a la credibilidad, que tanto monta– del conjunto.

A partir de un esquema de página que le sirve de pauta estable –seis viñetas distribuidas en tres tiras–, Peeters diseña continuas variaciones expresivas, que animan su relato y le dan aire. Su dibujo escueto logra dar vida a sus figuras con unos pocos trazos, y las sumerge a veces en masas negras aplicadas con pincel casi seco, que da a las escenas una expresividad singular, la de un dibujo en que se aprecia la mano del artista, su pulso y su intención. Emplea metáforas visuales para representar los estados de ánimo –el sofá que flota en el océano en que se aíslan los dos protagonistas o la exaltación del enamoramiento; el rinoceronte blanco improbable de que les habla el médico o el pánico a la enfermedad–, pero de modo tal que no parecen símbolos abstractos, sino concreciones de diálogos o de ocurrencias de los personajes. Sus dibujos buscan siempre la expresión, echando mano lo mismo de lo caricaturesco, que da forma a las miradas, que de lo trivial (ese jugueteo con el bolígrafo del doctor) o de lo lírico.

Pocas veces el cómic ofrece una obra tan perfilada, tan densa e intensa. Importa poco cuál sea la proporción de lo real y de lo inventado. Toda ella, desde el primer rasgo hasta la última palabra, rebosa verdad, la verdad de unas vidas que no pueden permitirse el descuido ni la dejadez, pero que por ello mismo son intensas y merecen ser vividas, ser leídas.

 

01/03/2005

 
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