ARTÍCULO

De la sociología de la ciencia al autoanálisis

Anagrama, Barcelona, 216 págs.
Trad. de Joaquín JOrdá
 

«La ciencia está en peligro y, en consecuencia, se vuelve peligrosa». Por una parte, los poderes político, religioso y económico están minando la autonomía de la ciencia que tanto esfuerzo costó conseguir. Por otra, desde el interior, los vituperios de la «nueva sociología de la ciencia» contra la ciencia y la cientificidad refuerzan la amenaza. He aquí el diagnóstico de Bourdieu, que le impulsa a publicar este libro, originalmente su último curso (20002001) en el Collège de France. El objetivo explícito de la publicación es tan optimista como heroico: permitir a los practicantes de la ciencia entender mejor los mecanismos sociales que orientan su práctica científica para que puedan convertirse en «dueños y señores» no sólo de la naturaleza, según la imagen cartesiana, sino también del mundo social en el que se produce el conocimiento de la naturaleza. No es necesario aceptar sin más ni el diagnóstico (¿son hoy las presiones religiosas, políticas y económicas sobre la ciencia mayores que en tiempos de Galileo o de Darwin?), ni el optimismo (¿realmente la filosofía o sociología de la ciencia tiene el poder, que le atribuye Bourdieu, de debilitar o reforzar la comunidad científica y su investigación?) para que la clarificación de los mecanismos sociales de la investigación científica no constituya un fin suficientemente importante y deseable en sí mismo.

A pesar de sus tesis sobre la especificidad del habitus u «oficio» de cada disciplina, algo así como el conocimiento y métodos de la especialidad convertidos en automatismo natural, Bourdieu proclama que nunca se ha dejado encerrar en la sociología, o ni siquiera en la filosofía, sino que ha pensado su trabajo en relación «con el conjunto del campo de las ciencias sociales y de la filosofía». Por otra parte, sus trabajos de campo, entre los que cabe destacar sus estudios sobre el mundo académico, no se han ocupado nunca en investigaciones de laboratory life o case studies de historia de la ciencia, al modo de los nuevos sociólogos de la ciencia. Es decir, jamás ha hecho de la ciencia natural objeto específico de su estudio. Ni siquiera pretende ser un experto en la especialidad de la sociología de la ciencia y su literatura. De ahí que su capítulo sobre el estado de la cuestión en la sociología de la ciencia sea escasamente informativo y sea presentado por él mismo como «interpretaciones libres» que nos dicen más de su punto de vista que del contenido de la disciplina. Debemos pensar, pues, que es ese Bourdieu científico social, sobre la base de su propio trabajo en distintos ámbitos de la sociología, el que se enfrenta al problema de cómo es posible que la práctica científica, una actividad histórica, inserta en la historia, sea capaz de producir verdades transhistóricas, válidas con independencia del tiempo y el lugar, es decir, universales y eternas. Frente a la imagen del logicismo, de Frege al positivismo lógico, que idealizaba la ciencia al considerar sólo sus productos formalizados, derivando a partir de ahí un supuesto método científico, la nueva sociología de la ciencia, al señalar acertadamente que el trabajo de los científicos es una práctica social más, con sus reglas, presiones, estrategias, engaños, etc., ha caído, no obstante, en un relativismo a ultranza, cuando no en el nihilismo. Según Bourdieu, hay que superar este binomio epistemológico. La ciencia, afirma, es obviamente una construcción social, pero tiene una especificidad que la hace irreductible a su historicidad. Para mostrarlo, Bourdieu recupera aquí un aparato conceptual que ya elaboró en 1975. Sus conceptos básicos son el de «campo» y el de habitus. Los científicos individuales, los equipos o los laboratorios, al relacionarse, crean el «campo científico» y las relaciones de fuerza (el capital científico, simbólico que actúa en la comunicación y a través de ella) que lo caracterizan. Este «campo», y no el científico individual o la comunidad científica kuhniana, sería el auténtico «sujeto» de la ciencia. La característica que más diferencia el campo científico de los demás es el grado de autonomía y, a partir de ahí, la fuerza y la forma del derecho de admisión, o competencia, impuesto a los aspirantes a ingresar en él, que lleva consigo una creciente profesionalización. Además, existe una especie de ambigüedad estructural del campo científico, puesto que valora la prioridad del descubrimiento, por ejemplo (es decir, la apropiación simbólica) y, a la vez, valora el desinterés (la entrega desinteresada al desarrollo del conocimiento). Pero la lucha científica, a diferencia de la de otros «campos» como el artístico, por ejemplo, tiene como objetivo el monopolio de la representación científicamente legítima de lo «real», y los investigadores en su confrontación aceptan tácitamente el arbitraje de lo «real» (tal como puede ser producido por el equipo teórico y experimental efectivamente disponible en el momento considerado). No obstante, el punto crucial que permite escapar al relativismo, según Bourdieu, es que los productores científicos tienden a tener como únicos clientes a sus competidores más rigurosos y más vigorosos y, por tanto, más propensos y más preparados para conferir toda su fuerza a la crítica. Eso es lo que explica que la ciencia progrese constantemente hacia una mayor racionalidad y obedezca a una lógica que no es la del campo político, como afirma Latour. Por otra parte, según el modelo de Bourdieu, el científico aprende a serlo, es decir, aprende el habitus u «oficio» de su disciplina como el artista al ingresar en el taller del maestro. La especificidad del «oficio» del científico procede del hecho de que este aprendizaje es la adquisición de unas estructuras teóricas extremadamente complejas, capaces, por otra parte, de ser formalizadas y formuladas de manera matemática, especialmente, y que pueden adquirirse aceleradamente gracias a la formalización. Así pues, el científico no actúa conscientemente, siguiendo un método o unas reglas, sino dejándose llevar por un sentido del juego científico que se adquiere mediante la experiencia prolongada del juego escénico con sus reglas y regularidades: «Un sabio es un campo científico hecho hombre».

Las ideas de Bourdieu son, en ocasiones, enormemente sugerentes y, si no son siempre originales, él las dota de originalidad, pero plantean dos problemas importantes. El primero consiste en que formula sus tesis a un elevadísimo nivel de abstracción. Jamás desciende a la práctica científica que pretende explicar, no alude siquiera a una teoría o caso histórico que pudiera servir de ilustración, de mínimo contraste. Incluso da por supuestas las teorías o estudios metacientíficos de los sociólogos de la ciencia. De este modo, hace correr al lector con la carga de llenar de contenido su esquema conceptual, lo cual implica una complicidad que quizá ni los más preparados estén dispuestos a aceptar, si no son ya sus seguidores. En segundo lugar, parece dar por superado el problema de la división y diferencias entre las ciencias naturales y las ciencias sociales, convirtiéndolo en una cuestión que en principio parece de grado, pero su propia formulación no deja de ser equívoca, si no contradictoria: «Las ciencias sociales son ciencias como las demás», nos dice Bourdieu y, a continuación, nos expone los distintos componentes en que se concreta esa dificultad. Para empezar, afirma que las ciencias sociales –es obvio que piensa en la sociología– son demasiado importantes para que se les conceda el mismo grado de autonomía que a las naturales. No se puede dejar la sociología a los sociólogos. Eso guarda relación con el hecho de que, siempre según Bourdieu, todo el mundo se cree con derecho a formular sus propias teorías que, aunque sean inconsistentes, no siempre reciben las sanciones simbólicas que serían inmediatas en el campo de la física, por ejemplo. Todo ello viene agravado por el hecho de que, en las ciencias sociales, «lo real», aunque exterior e independiente del conocimiento, es una construcción social de una construcción social. El analista forma parte del mundo que intenta objetivar y, siempre según Bourdieu, «la sociología no puede confiar en el reconocimiento unánime que se alcanza en las ciencias de la naturaleza, cuyo objeto ya no es en absoluto –o lo es en muy escasa medida– un objetivo de luchas sociales externas al campo y «está condenada a ser controvertida». Si todo esto es así, resulta difícil no pensar, pues, que las ciencias sociales no son ciencias como las demás, y resulta legítimo un cierto escepticismo respecto a si esas características, que se presentan como estructurales, pueden ser superadas por el voluntarismo del sociólogo, como en última instancia propone Bourdieu. Efectivamente, en la última parte del libro, Bourdieu se muestra convencido de que la sociología puede superar estas dificultades con un esfuerzo metodológico o, mejor dicho, mejorando el «oficio» del sociólogo mediante lo que llama la «reflexividad refleja», una especie de «autosocio-análisis». De ahí que finalmente el libro acabe teniendo por objeto al propio Bourdieu, que intenta practicar paradigmáticamente consigo mismo la tarea de «objetivar el sujeto de objetivación». Es el único punto del libro en el que se llega a lo concreto, casi a lo íntimo. Quizá podría decirse que el discurso se hace carne y es cuando Bourdieu más habita entre nosotros. Ese autoanálisis final nos permite conocer no sólo la visión que tuvo de la evolución de las ciencias sociales en Francia, sino también el alto nivel de autoestima de este prestigioso pensador.

01/05/2004

 
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