ARTÍCULO

Sueño y violencia

Seix Barral, 124 págs.
 

La última novela corta de Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958), Piedras encantadas, ofrece una novedad interesante: por primera vez, el autor se decide a criticar de manera directa y contundente las desigualdades sociales y la violencia encubierta existentes en Guatemala, «el país más hermoso, [con] la gente más fea».

Así, en el prólogo de esta novela, una especie de «guía» para situar al protagonista –y de paso al lector-en la vida cotidiana del país, el narrador nos advierte de que Guatemala es una «pequeña república donde la pena de muerte no fue abolida nunca, [y] donde el linchamiento ha sido la única manifestación perdurable de organización social».

Pero a pesar de esta novedad, la historia arranca con el recurso poco original (al menos desde el punto de vista del propio Rey Rosa) de situar al protagonista en «un sueño profundo y confuso» antes de iniciarlo en sus andaduras. A decir por otros libros del autor, esta utilización de lo onírico (de la que también echa mano su amigo Paul Bowles en El cielo protector) comienza a ponernos sobre aviso por mucho que al escritor le impactara la lectura de La vida es sueño de Calderón de la Barca, como contó con ocasión de una conferencia. Vayamos, para entenderlo mejor, al comienzo de otro de sus libros, La orilla africana (1999), en donde uno de los personajes, Ángel, es presentado de la siguiente manera: «Un intenso dolor en la parte superior de la cabeza le hizo abrir los ojos. Se revolvió entre las sábanas, recordando que estaba en un hotel llamado Atlas, incapaz de recordar». O recordemos simplemente el título de otra de sus obras, Lo que soñó Sebastián (1994), en donde la exploración de lo onírico se convierte prácticamente en la línea argumental.

Tras el prólogo, el libro sigue con lo que parece querer ser el hilo conductor de la narración: un hombre, amigo del protagonista, atropella accidentalmente a un niño que pasea a caballo por la calle y huye por miedo a las consecuencias de este hecho fortuito. Sin embargo, a medida que avanzamos en la historia, este primer eje argumental es abruptamente desplazado por otros dos: por un lado está la historia del inspector Rastelli y sus averiguaciones para descubrir al verdadero culpable del atropello. Por otro lado, está la historia del atropellado, un niño belga adoptado por un matrimonio con mucho dinero. El niño no ha muerto tras el accidente, como anuncian los medios de comunicación, sino que se encuentra en un hospital del que acabará saliendo para mezclarse con los niños de la calle (un clan llamado «Piedras encantadas»).

La concisión y el esfuerzo de economía verbal que, junto a la ironía, son notas características en el estilo de este autor, aunque son muy de agradecer (sobre todo en una novela de 124 páginas en donde todo debe ir lo más ajustado posible), no ayudan en este caso a la comprensión del texto. Si en La orilla africana el despliegue de personajes y tramas tenía un sentido muy concreto (todos los personajes tratan de escapar a sus orígenes, de romper los vínculos que los retienen a su entorno cultural), en Piedras encantadas no sólo no acaba de entenderse sino que además se complica con la inclusión de «rellenos» como el monólogo del personaje encargado de los caballos, la descripción totalmente fuera de contexto sobre la máquina de información y espionaje que albergan los sótanos del Palacio Presidencial y los toques de ironía que se quedan en la mera risotada sin sentido (con frases del tipo «dicen que los de Cobán sólo comen y se van»). El autor deja abierto el final pero, realmente, el lector es incapaz de «escoger» porque no se le ha dado opción de entender el conjunto de la historia.

Tampoco se entiende la inclusión y construcción de ciertos personajes. La primera duda surge en torno al protagonista (¿lo es realmente?), del que sabemos por el prólogo que la ciudad de Guatemala se le antoja extraña ya que acaba de volver de España, y que está enamorado de su prima Elena. Pues bien, ¿qué sentido tiene incluirlo en la historia si no participa ni altera el conjunto de los hechos narrados? Otro personaje totalmente desdibujado que parece haber sido incluido para «hacer bulto», o tal vez para encarnar el bien (porque en este libro, los buenos son muy buenos y los malos muy malos), es el de su prima Elena, periodista moralmente impecable que sigue los hechos sin que, como el lector, parezca enterarse de lo que está ocurriendo. ¿Y qué decir del niño belga atropellado, que al principio no habla español y que, unas páginas más adelante, aparece hablando sin ningún problema?

No cabe duda de que la voluntad de denuncia está presente y que además consigue transmitir perfectamente la atmósfera del país, es decir, la corrupción política y mediática, la violencia y el hambre, y sobre todo de la dura vida de niños que viven en la calle y que se dedican a ser «oreja» para luego informar. Sin embargo, la inclusión de esos personajes que no acaban de despertar de su letargo, la repetición de temas y motivos (la venganza y el secuestro del hijo de un millonario guatemalteco aparecen también en otros libros del autor como El cojo bueno), y hasta de estructura (el despliegue de tramas paralelas aparece en Que mematen si... y en La orilla africana), hacen que esta novela marque un punto de inflexión en la trayectoria, hasta ahora interesante, de un escritor más conocido en Europa (sobre todo por su vinculación con Paul Bowles) que en el continente americano.

01/11/2002

 
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