ARTÍCULO

Peter Jackson: El señor de los anillos. Las dos torres

 

Bien, aquí están, ya han llegado Las dos torres, tan trágicamente anunciadas con el derrumbamiento de las otras dos, las verdaderas, las torres gemelas de Nueva York. Y el caso es que la película ya estaba titulada, enlatada y lista para exhibición bastante antes de que el fatal evento terrorista se produjera, pero algo, un azar maléfico, ha venido a ligar unas y otras de una manera harto significativa, pues el solo enunciado de su título remite al infausto suceso del 11 de septiembre, en un vínculo que acaso vaya más allá de lo que a primera vista pudiera parecer –aquí está claramente explicitado también un conflicto de civilizaciones– y razón más que suficiente para explicar que en los Estados Unidos la película haya recaudado en taquilla una cifra récord de millones de dólares. ¡Cómo iban a renunciar los productores a momio semejante accediendo a un cambio de título!

Pero hay algo más que azar cuando el azar no es puro, es decir, cuando está adjetivado y hemos dicho que se trata de un azar maléfico, pues no parece sino que hubiera dos fuerzas, una con vida en la ficción, otra en la realidad, llamadas a entrechocar o a fundirse. Y ahí está ese título, puesto por el mismo Tolkien, de Las dos torres, que parece sentencia de Malaquías, tres palabras que vistas retrospectivamente se diría que encerraban un arcano enseguida revelado en la forma de un particular holocausto. Porque la película de Jackson –las novelas en que se inspira, todo ese mundo transfigurado de Tolkien, lo que de él se ha puesto en imágenes– no es ajeno a la realidad mediática desrealizada que vivimos, que es casi ya la única realidad que percibimos en esto que se llama «el primer mundo», pues que hasta la leche nos parece que viene de la misma fábrica donde se elabora la coca-cola, y perdón por lo que esto pudiera tener de publicidad involuntaria.

De la cosmología escrita por Tolkien no lo he leído todo y lo que he leído lo he leído desordenadamente, aunque recuerdo bien algunas cosas –los hobbits, el mundo de la Comarca y todo eso–, pero reconozco que, acaso por haberme pasado ya la edad, no me entusiasmó, no desde luego como para convertirme en uno de esos fervorosos fans que el autor tiene por el ancho mundo. Claro que, del mismo modo que es casi imposible evitar que te moje esa lluvia fina que ha impregnado la atmósfera, el gran despliegue mediático que ha precedido al estreno de la película en las salas del mundo hace difícil encontrar un espectador inocente, quiero decir un espectador que no sepa nada más que lo que la propia película transmite.

Y viene esto a cuento porque difícilmente se explica tanto éxito de público sin esa información previa –a veces verdadera sugestión o predisposición favorable– con la que el espectador entra al cine, lo que algo tiene que ver con la autonomía de la narración, sea ésta cinematográfica o literaria. Porque, voy a decirlo ya, la película de Jackson se nutre de la obra literaria de Tolkien sin transformar lo que de específico literario tiene en específico cinematográfico, lo cual no quiere decir que escena a escena pueda cuestionarse su plástica, espectacular siempre y brillante a veces. Es la historia en su conjunto la que no consigue desprenderse del referente literario, que le es necesario a modo de manual de instrucciones, y que no logra, por tanto, constituirse en un mundo equilibrado y autónomo, cuyo visionado nos baste para entender de manera cabal lo que se nos cuenta. Si prescindiéramos de esta falsilla literaria, la película sería un lujosísimo y espectacular potingue de ruido y lucha, no del todo comprensible, a veces ñoño y casi siempre contaminado de un soterrado y tremendo racismo. Si recordamos la serie de La guerrra de las galaxias, se entenderá mejor cuanto digo, pues en ésta, cuyo mundo narrado no es de inferior complejidad, todo cuanto sucede tiene su razón de ser en ella misma.

Cuando vi La comunidad del anillo, primera de la serie, ya se me hicieron bastante tediosas las tres horas de duración de la película. Entonces me vino a la cabeza esa frase fetiche del canadiense: «Una imagen vale más que mil palabras», para darle la vuelta, porque precisamente en este caso lo que vale es una palabra bien puesta, escrita con sentido en el tenor de la página, capaz de recrear un mundo de fábula y engarzarlo en el sistema de emociones del lector. La comunidad del anillo, como digo, me pareció otra cosa, más deudora de ese cine de última hora a que nos tiene acostumbrados Hollywood, en el que el perfeccionamiento de los efectos especiales que ha traído la digitalización se ha tomado poco menos que por piedra filosofal. Pero resulta que el cine así elaborado es un cine de «palomiteros», espectadores que devoran lo que se les ofrece en la gran pantalla con la misma simpleza con la que engullen el material crujiente con el que entran en la sala y que le hacen dudar a uno de la verdadera jerarquía de su disfrute, si la película o la ingesta.

Pues bien, las cosas no han cambiado con la segunda de la serie. Si fuéramos capaces de ponernos en el lugar del espectador que careciera de información previa, probablemente habría que abandonar la sala de proyección en la primera media hora. Porque esta película no es el planteamiento ni el desenlace de la historia, sino sólo una parte de lo que hay en el medio, de ahí su dificultad. Sabemos que el hobbit Frodo Bolsom lleva el anillo fatal y que ello le obliga a un montón de cosas que pueden costarle la vida; lo sabemos, aunque en la pantalla no se nos muestre con la evidencia necesaria para suscitar nuestra adhesión, a pesar de la magia que aporta al personaje Elijah Wood, un actor de ojos luminosos, a medias hombre a medias niño. Pero además esta historia central se entremezcla con las peripecias de Aragorn, el elfo Legolas y el enano Gimli y las de los hobbits Pippin y Merry entre los bosques parlantes. La mirada del narrador Peter Jackson: El señor delos anillos. Las dos torres J UAN P EDRO A PARICIO La mirada del narrador Febrero, 2003. Nº 74. REVISTA DE libros 35 Con buen criterio lo que en el libro se narraba de manera sucesiva aquí se cuenta alternadamente. Pero despojados del espesor que acompaña a la palabra escrita, estos personajes quedan marcados por la propia tradición cinematográfica y lo que en el libro podía ser una amarga y pesimista reflexión sobre el mal y el poder o la debilidad de la naturaleza humana, aquí todo, salvo acaso el personaje de Gollum, se adelgaza hasta los huesos, pasando a ser una sucesión de aventuras espectaculares sin más justificación que la aventura misma.

Habría que esperar, pues, a la tercera parte para emitir un juicio con más fundamento. Me atrevo, sin embargo, a afirmar que la verdadera puesta en imágenes de la obra de Tolkien seguirá pendiente. Y no sé si porque toda historia es historia contemporánea, según decía el filósofo italiano, lo que aquí se nos cuenta tiene una lectura tan de actualidad que llega a estremecer. Este maniqueísmo absoluto que de principio a final impera, donde el blanco representa el bien y el negro el mal, parece la emanación de una mente como la del presidente Bush.

Los hombres que aquí aparecen, de los cuales Aragorn es su representante más conspicuo, son como los normandos y anglosajones del Robin Hood de Curtiz. Pero es que los elfos, que son bastante más que hombres, pues gozan de la inmortalidad de los ángeles, son sólo algo más estilizados y blancos, como suecos y suecas bellísimos. Y poco matizan hobitts y enanos este elenco de Humanidad, los unos bonancibles y algo perezosos, los otros corajudos y tenaces, porque los orcos que vienen a cerrar el círculo lo hacen con una peligrosa y marcada identificación: lo oscuro, lo negro, equivale al mal, a la ambición malévola, a los perversos instintos.

Estos orcos merecen comentario aparte. Algunos lectores fervientes de Tolkien se han preguntado por su modo de reproducirse y han llegado a la conclusión de que entre ellos hay también hembras y niños, pues uno de estos sirvió de alimento de ese extraño ser que es Gollum, pero tal análisis no sirve para una película en la que los orcos son hijos de la tierra, del barro, del lodo, de la lava, surgen como fetos de las entrañas de una fosa que es un volcán o que se parece a un volcán y surgen a voluntad por el deseo fervientemente expresado por sus líderes, que necesitan más hombres para la guerra. Los orcos son de color oscuro, negros, muy negros, toscos, feroces, con dientes muy separados y afilados, pero, cosa extraña, la boca muy pequeña lo que implica molares también de muy reducido tamaño; su parecido con algún boxeador negro campeón del mundo de los pesos pesados debe de ser pura coincidencia.

Pero, para suerte de las demás razas, los orcos no parecen ser muy inteligentes; nacidos para obedecer, rugen como el volcán que les vio nacer pero no parecen muy eficaces en ninguna de las empresas que acometen, siempre al servicio de una voluntad ajena a ellos, la voluntad del mal, la ambición de poder, la de quien quiere señorearse de la tierra. Este Eje del Mal poco tiene que envidiar, pues, al que tanto parece atormentar al presidente Bush.

Sin embargo, según se sabe, Dios aprieta pero no ahoga. Porque, cuando peor lo estaban pasando «los buenos», llega Gandalf, el contrapunto de Saruman. A este Gandalf el mago, lo habíamos dejado en la primera película de la serie en situación tan apurada que no parecía posible volver a encontrarlo con vida, por mucho que nos extrañara que quien pudiendo lo más, derrotar a la bestia en la plenitud de su fuerza, no pudiera lo menos, escapar de uno de sus más escuchimizados tentáculos. Y no nos equivocamos. Gandalf volvió a salir de la sima y volvió a ayudar a las fuerzas del Bien.

Reconozco que esta parte de la película –cuando reaparece Gandalf– fue la que más me gustó, sobre todo pensando en el montaje alternativo que se podía haber hecho para, en vez de ilustrar la cosmogonía de Tolkien, poner en imágenes algunos de los mitos más bonitos de nuestra propia historiografía. Ya la ciudad de Rohan, donde vive un rey hechizado, Théoden, que tiene dentro de sí al Espíritu del Mal, empezó a parecerme un castro medieval de nuestro noroeste; luego el Abismo de Helm, donde este mismo rey se refugia con su pueblo, claramente me pareció Covadonga, aquel legendario y bellísimo parapeto montañoso de la España comprimida por la invasión musulmana. Ese rey Théoden era nuestro último rey visigodo don Rodrigo, su traidor consejero Grima Wormtongue (aquí traducido por Lengua de Serpiente y en la novela por Lenguaviscosa), nuestro don Julián o don Olían. Y el paralelismo no hacía sino crecer, esas fuerzas del Mal, oscuras, irracionales, brutales, serían los sarracenos derrotados por aquel puñado de valientes cristianos, hasta un punto sublime: el de la aparición de Santiago, a lomos de su caballo blanco. ¿No era Gandalf el mago de las largas barbas blancas, de las túnicas blancas, del caballo blanco, el mejor Santiago apóstol posible? Dice la leyenda que así ocurrió en nuestra batalla de Clavijo, que se apareció Santiago apóstol en un caballo blanco y puso en fuga a los feroces sarracenos. Los tiempos son otros, claro, pero ahí está Bin Laden con su AlQaeda, ahí están Las dos torres... por eso decía antes que algo de premonitorio había en la película.

Y es verdad también que lo más espectacular de la película ocurre entonces. También lo más emocionante y lo más ingenuo, lo de siempre. Chico encuentra chica... Porque Aragorn, al que sabemos enamorado de la inmortal Arwen, parece ser el foco de atención de la bella princesa mortal Eowyn y puede surgir algo entre ellos. Hay emoción en la pantalla. Lo demás, batallas otra vez, muy bien resueltas, aunque poco convincentes en cuanto a una lógica estrictamente militar.

Posiblemente lo más logrado de la película sea la encarnación de ese personaje imposible que es Gollum, el antiguo hobbit Sméagol al que la posesión del anillo ha deformado y arruinado físicamente, cuyo esquizofrénico debate entre el Bien y el Mal, entre su Dr. Jekil y su Mr. Hyde está muy bien resuelto, provocando a partes iguales patetismo y rechazo.

Lo peor, los ents y los árboles parlantes. Si funcionaba en la novela, parece ingenuo en la película. Unos árboles con boca y ojos, muy propios de la factoría Disney. Su evidente simbología ecologista tiene bastante menos relieve que el fuerte prejuicio hacia las razas oscuras que supone esa peculiar concepción de los orcos. A estas alturas da vergüenza decir que la belleza y la bondad no son necesariamente simétricas, que no es raro que la maldad se encarne en las formas más bellas y de apariencia más pura. Y viceversa.

Veremos, pues, la tercera.

01/02/2003

 
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