ARTÍCULO

Peter Jackson: El señor de los anillos

 

Peter Jackson, el director de esta película y de las dos que la siguen, Las dos torres y El retorno del rey, es, según declaración propia, uno de los millones de lectores que se fascinó en su adolescencia con la obra de J. R. R. Tolkien, traducida a veinticinco idiomas y de la que se han vendido más de cincuenta millones de ejemplares en todo el mundo desde que se publicara por primera vez en 1954. Peter Jackson es neozelandés, que es un modo de pertenecer a otra curiosa comunidad, no la del anillo precisamente, pero sí a la del cine anglosajón, cuya sede se halla, según es de sobra conocido, en Hollywood; y ello sin necesidad de que Jackson se haya desplazado a California, sino que ha sido Hollywood quien se ha ido a rodar a Nueva Zelanda.

La primera película de Jackson se tituló Bad Taste; de tan escaso presupuesto que, sin el favor de algunos amigos que trabajaron en ella los domingos, únicos días en que se rodaba, no hubiera podido llevarse a cabo. Empezada en 1983, no se terminó hasta octubre de 1987, cuando después de tres años de rodaje la Comisión Cinematográfica de Nueva Zelanda se comprometió a financiarla.

Bad Taste es una especie de comedia de horror a lo Monty Python, llena de alusiones paródicas a filmes conocidos, que cuenta una historia estrafalaria en la que unos alienígenas llegan a la Tierra con intención de abastecerse de carne humana para las cadenas de comida rápida de su planeta. Muy cuidados sus efectos especiales, se emplearon en ella kilos de carne cruda y cubos de sangre falsa. Bad Taste dio a Jackson celebridad, no siempre por la vía positiva. En Londres, por ejemplo, los carteles que la anunciaban estuvieron prohibidos en el metro. En Australia se exigió cortar un minuto de película para autorizar su distribución. El diario londinense The Evening Standard consideró Bad Taste «como la mejor razón para no tener que visitar Nueva Zelanda». Lo raro es que con tales antecedentes cualquiera de las cadenas de televisión de nuestro portentoso Estado español, no la haya exhibido –yo al menos no tengo constancia de ello-y anunciado con cuñas abundantes en los informativos.

A Bad Taste siguieron Meet the Feebles (1989); Brain Dead (1992), que costó tres millones de dólares y necesitó de trescientos litros de sangre; Heavenly Creatures (1994), con un presupuesto de cinco millones de dólares, basada en un suceso real; Forgotten Silver (1994), jocosa comedia sobre el fundador de la industria cinematográfica neozelandesa, y The Frighteners (1996), su primera película norteamericana o de Hollywood, por decirlo más propiamente. Robert Zemeckis, productor ejecutivo de la misma y el director de Forrest Gump y de Contact, decidió rodarla en Nueva Zelanda por la sencilla razón de que los costos eran la mitad que en América. La misma razón que explica el porqué la saga de El señor de los anillos ha sido rodada también allí, aunque alguien haya dicho que se buscaron precisamente los paisajes inspiradores de Tolkien durante su estancia neozelandesa. Pero habrá que estar a lo que dice el veterano Hobitt Bilbo Bolsón cuando se dirige a sus paisanos en la fiesta de su 111º cumpleaños: «No conozco a la mitad de ustedes, ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece».

Pues bien, este lector adolescente y fervoroso de El señor de los anillos que fue Jackson ha declarado que si por algo lamenta haber dirigido la película es porque ello le ha privado de verla como un espectador inocente, incapaz por tanto de gozar con la revelación en imágenes de unos seres que antes sólo pertenecían al mundo verbal imaginado por Tolkien. Lo que me suscita una duda. Sería interesante una encuesta entre lectores y no lectores del libro que hayan visto la película. Mucho me temo que su valoración no coincida en absoluto. Quiero decir con ello, y estoy adelantando mucho, que como obra autónoma el filme de Jackson deja mucho que desear.

El espectador que se enfrenta a la pantalla con el libro leído puede constatar que, en efecto, los Hobbits caminan descalzos, que sus pies son grandes y con pelos; que comen seis comidas diarias, que, por tanto, son algo entrados en carnes; que viven de espaldas al mar, en general a cualquier masa de agua, y que como consecuencia, no saben nadar. O que Sam, uno de los inseparables de Frodo, le trata siempre de usted y de señor porque es su jardinero; cosas todas que, aunque están en la película, pueden escapársele al no lector del libro porque lo están de modo tan fugaz que apenas se perciben si no se las espera.

Más relevancia tienen, claro, otras cosas, según que se haya leído o no el libro. Porque poco ha de importarle a quien ya se lo trae sabido de casa que le descubran ahora o después, más pronto o más tarde, cuál es la carga de perversión que arrastra ese anillo que ha llegado a manos del primer Bolsón. Algo que, sin embargo, está condicionando el funcionamiento mismo de la historia que se nos cuenta. Porque lo que en el libro se muestra de forma gradual y armónica, un mundo arcádico y refulgente sobre el que, es verdad, pesa la sospecha de una amenaza remota, adquiere de buenas a primeras en la película la pesada y grave certeza de una presencia cercana y ruidosa, acaso excesivamente ruidosa y, lo que es peor, previa a la existencia y al conocimiento de los protagonistas. Así, imposibilitado el espectador que no conoce el libro de ver cómo se concretan en la pantalla las etéreas prefiguraciones de su imaginación, pocas emociones genuinas sentirá con el transcurrir de la película.

Si en el libro había hondura y percepciones de detalle que hacían de la peripecia narrada una aventura dotada de una fuerte humanidad, llena además de símbolos y de misterio, en la película hay poco más que la reproducción plástica –a veces bellísima, a veces no tanto– de acciones a las que falta algo, o mucho, de sustancia narrativa. Ni destruir el anillo parece importante, ni el riesgo La mirada del narrador asumido por Frodo y los suyos despierta la carga emocional necesaria. Una vez más, en el cine de Hollywood lo que prevalece es el aparato externo, o sea, los efectos especiales.

Basta comparar las escasas palabras que utiliza Tolkien en el relato de las escenas de acción –batallas, escaramuzas, peleas–, para entender mejor cuanto decimos. Así, la película es pródiga en tales escenas, apoyadas en unos efectos especiales de gran pericia técnica que, sin embargo, no evitan la fatiga. Una escaramuza, una batalla, una pelea, otra y otra, en sucesión que se antoja interminable. Ese tratamiento emparenta el film de Jackson con los cómics de aventuras más que con Tolkien. Y, aunque a ciertos oídos entusiastas pueda sonar herético, llegó a recordarme algunos de los más tediosos cuadernillos de aventuras que leí en la infancia, en medio de los cuales, cuando el guionista quería tomarse un descanso, llenaba las viñetas de espadazos, contorsiones o puñetazos, mientras que los bocadillos se colmaban de sonidos onomatopéyicos: ¡ag!, ¡uff!, ¡ogg! y cosas así. Ciertamente los sonidos son aquí cosa distinta y es de notar esa música persistente y grave que anuncia la llegada del peligro y que recuerda algunas de las más atormentadoras notas del Réquiem de Mozart.

Lo hemos comentado ya en estas mismas páginas: el cine, sobre todo el cine americano, está viviendo lo que a mí me parece es su tercera infancia, hasta que logre asimilar unos efectos especiales muy desarrollados que no acaban de integrarse al servicio inteligente de la narración, sino que son como la exhibición de músculos de un forzudo en las barracas de feria. Músculos hay, ahora se trata de saber qué hacer con ellos.

En la película, al término de una especie de exordio inaugural, una voz en off nos dice: «Así la historia se convirtió en leyenda». Pero resulta ilusorio pretender que elementos tan significativamente legendarios como anillos forjados en montes mágicos por señores del mal, hayan sido nunca sucesos históricos. No se va, por tanto, de la historia a la leyenda, sino que se nos instala de modo abrupto en la leyenda.

En Tolkien no hay tal exordio inicial. Lo primero que conocemos es la comarca y la apacible forma de vida de los Hobbitts que se hacen mayores de edad a los treinta y tres años y viven una adolescencia larguísima, lo que llaman la veintena, de los trece a los treinta y tres. Integrados en la naturaleza, amigos de la siesta, son comilones y pacíficos, pero también inteligentes, aunque ingenuos y, cuando el caso lo requiere, no escasos de valor o determinación. De lo inefable, pues, partimos hacia el conflicto; el anillo del mal está entre estos seres, pero devolverlo sería fortalecer el mal: no hay más opción que destruirlo. Y ese el compromiso que adquiere la comunidad del anillo.

En la película, por el contrario, el mal se nos presenta de sopetón en las primeras secuencias. La información que Tolkien dosificaba como un progresivo cambio climático, unas nubes, primeras que eran avanzadilla de cielos oscuros y grandes tormentas, se muestran aquí como aparatoso arrebato de ejércitos entregados a una pelea de exterminio.

Esto es clave. Los personajes de la película, siendo los mismos de la novela, resultan, sin embargo, distintos. Su encarnadura física es inobjetable, especialmente Frodo Bolsón y su compañero Hobbit Sam, los más difíciles de conseguir. Pero también Aragorn y Brodomir o el espléndido mago Gandalf, que interpreta Ian McKellen. No así en cuanto a los caracteres y a su evolución, que, salvo acaso el de este último, apenas tienen tratamiento. Se ve paladinamente en el concilio de Rivendel, en el que nace la comunidad del anillo. Lo que allí se va a decidir se da ya por supuesto. Porque lo que en el libro era convencimiento, hondura moral y compromiso, una argamasa emocional capaz de unir a seres tan dispares en el peligroso empeño, en la película es mero determinismo. Era ciertamente difícil fotografiar el mundo de Tolkien, tan lleno de criaturas irreales; los Hobbits mismos, que no eran Enanos pero tampoco dejaban de serlo, algo así como unos duendes del bosque que tampoco eran duendes pues eran humanos, pero que no tenían el tamaño de los hombres; o los Elfos, seres casi divinos; o los Orcos, luciferinos y estragados..., y lo mismo cabe decir de los escenarios.

Pero si en lo primero el resultado es espléndido; no lo es por lo que se refiere al paisaje que, no obstante su espectacularidad, acaso por ser tan variado, no está logrado de manera homogénea. Hay momentos espléndidos, casi deslumbrantes –el paso por las montañas nevadas, el acoso y persecución a caballo de los jinetes negros–, y otros no tanto. La comarca, el entorno de los Hobbits, la casa redondeada de Bilbo Bolsón, esa exuberancia de fronda y de cielos abiertos están logrados y contenidos, aunque, a veces, asome una estética de cromo; los escenarios del mal, aunque eficaces y espectaculares, parecen, a veces, salidos de los talleres de la Disney, incluido el propio Saruman, interpretado por Christopher Lee, salvo acaso la fragua de los Orcos, esa sima de la que brotan y en la que preparan sus armas y máquinas de guerra. Lo peor es el mundo de los Elfos, entre cascadas inverosímiles, montañitas, arcos, salas abiertas, columnas barrocas y estatuas, todas de un relamido que llega a dar grima pensando en que esos pobres seres puedan estar condenados a vivir toda una eternidad en tales lugares.

Llegados aquí, es inevitable la comparación en su disfavor con cualquiera de los episodios de La guerra de las galaxias para concluir que la raíz literaria La comunidad del anillo lejos de enriquecerla, dotándola de esa densidad de que se benefician algunas adaptaciones, parece haber actuado como un lastre al privarla acaso de la ligereza y gracia que la serie de Lucas tenía. Jackson ha embutido el libro en la película, sin la adecuada transformación, sin aligerarlo de lo que tenía que haberlo aligerado, para que obedeciera a las leyes del nuevo medio.

Pero si Jackson, por su expresa devoción a Tolkien, no ha sido el mejor director de la película, es posible que, por paradoja, los lectores devotos de Tolkien sí sean los mejores espectadores de la obra de Jackson, al poder regocijarse con el contraste entre las sombras que han guardado en su memoria de una lectura maravillada y lo que les ofrece la pantalla, que es ciertamente un notable espectáculo, bien es verdad que muy adelgazado de verdadera sustancia narrativa.

01/03/2002

 
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