ARTÍCULO

Perversiones de la educación

Lumen, Barcelona, 1996
112 págs.
 

El también poeta zaragozano Javier Delgado lleva publicados ya tres libros de narrativa, de los cuales el único que conozco, Memoria vencida (1992), muestra un propósito de escritura exigente y una calidad que tendrían que haberle granjeado un mayor nombre público. Su nuevo relato, Cada vez infancia, participa también de una invención muy elaborada, bastante artificiosa y singular, aunque tras ella anden procedimientos y temas de muy larga y respetada tradición.

De entrada, sorprende que una novela corta, que ha de distinguirse por su concentración, se anuncie como inicio de una tetralogía, titulada «Regalo a los amigos», cuando las sagas se caracterizan sobre todo por la amplitud y la digresión. De ahí surgen las dos tendencias internas del libro, que no terminan de soldarse del todo. Por un lado, una densidad centrada en los abismos de la conciencia. Por otro, una andadura argumental peripatética y digresiva, con saltos y sorprendentes cambios de anécdotas, justificadas por el rango visionario del asunto. Éste no resulta fácil de definir porque consiste en la suma de varios motivos. El principal parece ser un desolador buceo en la infancia, en los fantasmas que pueblan una edad cualquier cosa menos feliz. A buen seguro que un experto encontrará complejos definidores de la edad formativa. A ese motivo le acompaña, con una importancia equiparable, una historia de opresiones educativas. Podría ponerse en la lista de denuncias anticlericales de Pérez de Ayala o de Azaña, y no sería la última en la demoledora crítica de aberraciones. A ello contribuye el ácido humorismo ausente de sus predecesores –muy notable, en cambio, en una obra reciente y olvidada de Vaz de Soto– y, sobre todo, el trazo visionario de Javier Delgado, que le permite alcanzar las cotas del apocalipsis.

Pocas veces se habrá llegado, entre nosotros, a una visión tan amarga y tan destructiva del joven manipulado y pervertido por el educador. El protagonista, llamado no por casualidad Buenaventura, encarna con gran pureza a la víctima del engaño en el que se pierde para siempre la inocencia. Y desde esa condición de estafado surge un implacable tono justiciero, acusador y crítico. La amargura y el daño se resuelven en venganza, primero contra los jesuitas, pero también, por elevación, contra todo un sistema. No estamos muy acostumbrados, en estas calendas, a una voz narrativa y autorial tan definida y comprometida y debemos felicitarnos de que la literatura, entre tanto pudor moral y social, siga manteniendo un sentido subversivo y agitador, presente en algunas páginas bíblicas y sagradas, con las que esta novela tiene algún parentesco.

Esta nítida y expresa postura de Delgado no parte, con lo socorrido que sería, de un repertorio costumbrista de minucias escolares. Por el contrario, se lanza a una narración que conjuga más la inteligencia que las emociones (la cita gracianesca que abre el libro es algo más que complacencia regional). Además, cultiva sin cautelas lo onírico, con secuencias que no hubieran desagradado a otro ilustre coterráneo del autor, a Buñuel. Estas visiones surrealistas tienen, curiosamente, el contrapeso de un detallismo localista bien raro en los escritores aragoneses. El escenario de estas visiones dantescas tienen expreso nombre, Zaragoza, circunscrito por rasgos climatológicos, como el cierzo que suele abatirse sobre la ciudad, y por numerosos detalles de nombres de calles o de edificios emblemáticos (de arquitectura detestable). Esta tensión de amor y odio a lo propio, marco de la parafernalia formativa, le da calor y emoción, en alguna contenida medida, a una imaginación vigorosa, pero también de cierta frialdad intelectual y especulativa.

01/05/1997

 
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