ARTÍCULO

Personajes en el diván

Tusquets, Barcelona, 1998
459 págs.
 

El relato autobiográfico de aprendizaje y la indagación emocional y vital en la interioridad del personaje han sido recurrencias constantes en las novelas de Almudena Grandes. Así pues, y con la excepción de Tellamaré Viernes, sin duda la mejor y menos popular de la autora, que está narrada en tercera persona y cuenta con un protagonista masculino, tanto en Las edades de Lulú como en Malena es un nombre de tango, obras de enorme difusión, la narración es conducida, de modo exclusivo, por la voz en primera persona de su protagonista femenina, que va alternando la visión personal de su aprendizaje sentimental desde la infancia con la confesión de sus pasiones ilusionadas y su lucha contra la soledad y el deterioro interior.

En este esquema narrativo, establecido con mano férrea por la novelista desde sus comienzos como escritora, se asienta su última novela. Almudena Grandes vuelve en Atlas de Geografía Humana a dejar las riendas del relato a la primera persona, un discurso organizado en este caso mediante el contrapunto de los testimonios confidenciales de cuatro mujeres que, intercalados de modo sucesivo, cuentan la peripecia presente de sus vidas, con saltos atrás a la infancia y a las vicisitudes de su historia familiar, y hurgan a solas en su interioridad, bien para soportar la soledad soportándose a sí mismas, o bien para, despertando del letargo cotidiano, alcanzar el paraíso añorado de la felicidad.

La novelista ha recreado en estos personajes a cuatro tipos de mujeres habituales y reconocibles en nuestros días. Por eso, el título, ese Atlas deGeografía Humana que da nombre a la enciclopedia geográfica en fascículos que están preparando en una editorial, alude también de forma directa o simbólica a la propia geografía humana a la que dan forma y de la que forman parte, ya que presenta a cuatro mujeres muy actuales que comparten una situación social o laboral y unas inquietudes existenciales o emocionales muy similares, por muy diferentes que parezcan a primera vista sus circunstancias personales y familiares.

Rosa, Fran, Marisa y Ana, en efecto, son en principio, y a lo largo de su discurso confidencial, mujeres en lucha por su felicidad cotidiana contra distintos modos de soledad. Inmersas en una frenética actividad profesional y muy competentes en su trabajo de coordinación editorial, diseño bibliográfico o fotocomposición, acarrean sin embargo, cuando se acercan a los cuarenta, unas condiciones personales desiguales: Fran goza de un feliz matrimonio, pero sufre en silencio la falta de un hijo que llene su vida; Rosa intenta suplir con una pasajera aventura amorosa el naufragio de un matrimonio anodino; Ana se refugia durante años en el trabajo para compensar el fracaso familiar; Marisa soporta como puede una independencia forzosa. Es decir, las cuatro forman un mosaico de formas de soledad, de modelos humanos en busca de unos objetivos satisfactorios para su vida.

Almudena Grandes, no obstante, después de pormenorizar los pasos existenciales de la zozobra interior, hace sus concesiones a la galería deslizando la trama de la novela hacia un final feliz y convirtiendo la soledad soportada por sus personajes en una gran tarta de nata y chocolate en la que, a la luz de las velas multicolores, todos los problemas y dificultades encuentran su solución: Fran queda embarazada sin contratiempos a punto de cumplir los cuarenta, Rosa acaba rompiendo su matrimonio insoportable, Ana descubre el amor de su vida cuando ya parecía imposible y Marisa da un cambio de timón a su vida sentimental en el momento y con el hombre más impensados.

Esta visión de la realidad femenina, que restringe el campo hasta los espacios mínimos del entorno íntimo más escueto de los personajes y se extiende en cambio hasta las más extremas complaciencias y trivializaciones sentimentales de los lectores, y más aún de las lectoras, está siendo en nuestra narrativa mucho más frecuente de lo deseable, pues está marcando una tendencia mimética en el mercado que, de un lado, favorece la repetición de modelos y tipos planos, o sea, costumbristas y representativos en los que verse y con los que identificarse con facilidad, y de otro, impide la creación de personajes en conflicto con ellos mismos o con la realidad y la expresión de otras visiones de la realidad más arriesgadas, y por tanto más sugerentes.

Y lo que es aún peor, proponer la seguridad sentimental como única meta de la realidad femenina está fomentando un mercado de lectoras pasivas que, en función de su catarsis íntima, sólo conectan y se identifican con unos personajes doloridos y con unas historias desgraciadas que a la postre siempre se encauzan.

Los personajes de Almudena Grandes, es cierto, responden a caracteres algo más complejos que los habituales en este tipo de novelas y sus interiores aportan una densidad psicológica mayor. También es cierto que su lenguaje se aparta normalmente de la frivolidad comercial y de los modismos coloquiales cercanos al ciudadano, tan frecuentes hoy día, aunque a veces la primera persona se deje llevar por referencias expresamente cotidianas.

Y es aquí, en la narración expresa de la cotidianidad desde el punto de vista de los personajes, donde se cede el terreno a la mímesis costumbrista, donde el recurso inclina la balanza más hacia lo que se pierde que a lo que se gana. La verosimilitud literaria, ni es la verdad, ni se logra con un supuesto calco de la lengua viva o con unas historias pretendidamente verdaderas como la vida misma, sino por medio de ese misterioso artificio con el que los buenos novelistas consiguen convertir en creíble lo que los lectores reconocemos como pura ficción.

Por eso no sorprende este Atlas deGeografía Humana, antes al contrario, defrauda enormemente en su intento de hacer un remedo genérico de la vida diaria. Las cuatro voces narrativas no empujan normalmente a querer saber lo que pasará después, como sucede normalmente en las buenas novelas, sino que se contagian de la actitud discursiva y estática típica de los clientes en el diván del psicoanalista. Porque eso son en realidad, cuatro personajes abriendo su interior en el diván del escritor que, oculto tras una segunda persona –visible por ejemplo en las expresiones «te juro» y «te prometo» de la página 109– les escucha en silencio.

01/10/1998

 
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