ARTÍCULO

Perros

 

Querida Amalia:

Antes de empezar a comentar el libro Dogs Raymond Coppinger y Lorna Coppinger, Dogs. A Startling New Understanding of Canine Origin, Behavior & Evolution. Scribner, Nueva York, 2001. 2 Konrad Lorenz, Cuando el hombre encontró al perro., que es el verdadero objeto de esta carta, permíteme que te recuerde algunas noticias cotidianas, que nos indican que las relaciones del hombre con «su mejor amigo» están pasando momentos difíciles o que, al menos, tienen un lado oscuro.

Madrid, 2000. Una clínica veterinaria en Las Rozas. Una mujer de mediana edad lleva en brazos a su perrita. Buenas noticias. La perrita está «embarazada». Desde luego, habrá que hacerle una ecografía y necesitará un suplemento de calcio, hierro y vitaminas. La dueña está encantada (la veterinaria también). Nos explica, sin que le hayamos preguntado, que lo de su perrita con ese airdale negro fue un flechazo a primera vista. Es decir, no fue sólo sexo.

Tarragona, 2001. Unos individuos asaltan de noche una perrera y mutilan salvajemente a decenas de perros, cortándoles las patas delanteras con una motosierra. A la mañana siguiente, los cuidadores se encuentran con un espectáculo dantesco. A algunos perros les quedan fuerzas para recibir a sus cuidadores moviendo la cola.

Asturias, 2002. Un pitbull se salta la valla del jardín y ataca a un anciano que trabajaba en su huerta. A consecuencia de las heridas, al hombre le tienen que amputar los dos brazos. El perro había protagonizado ataques anteriormente.

Dogs es un libro sobre el origen, la evolución y la conducta caninas. Un libro bien documentado, heterodoxo y tan convincente que posiblemente cambie muchas de las ideas preconcebidas que el lector pueda tener sobre el tema. Justo lo que necesitábamos. Su lectura resulta amena, fascinante a ratos, aunque a veces nos abruma con sus conocimientos enciclopédicos sobre algún aspecto particular. Tal vez nos cuente más de lo que nos gustaría saber sobre el perro de trineo. En todo caso, los autores tienen la valentía de cuestionar teorías «generalmente aceptadas», repetidas en cientos de manuales, y se muestran sumamente críticos con la utilización de los perros como mascotas, guías o auxiliares de la policía. Tampoco escapan a la crítica los modernos criadores, por emplear en muchos casos criterios de selección puramente morfológicos y por favorecer una endogamia excesiva, lo que se traduce en una alta frecuencia de enfermedades genéticas.

Por todo ello, el libro resulta algo perturbador y plantea muchas más preguntas que respuestas.

Los autores, Raymond y Lorna Coppinger, han dedicado su vida profesional y personal al estudio de la conducta y evolución caninas. Ambos tuvieron su primer perro a los once años, y en las siguientes cuatro décadas han criado, entrenado y estudiado a unos tres mil ejemplares. Es evidente que a los Coppinger les encantan los perros pero, además, ambos poseen una formación universitaria en etología, y esto les lleva inevitablemente a hacerse preguntas y tratar de contestarlas de forma sistemática. Es esta doble aproximación al tema, con la cabeza y con el corazón al mismo tiempo, lo que constituye uno de los principales atractivos del libro. Curiosamente, esta dualidad también aparece en la famosa obra de Konrad Lorenz, Cuando el hombre encontró al perroKonradLorenz, Cuando el hombre encontró al perro, Tusquets, Barcelona, 1975.. Resulta inevitable una comparación entre ambos. Si el de Lorenz es un libro delicioso y maravillosamente ingenuo, hay que decir que, científicamente, es mucho más serio el de los Coppinger.

Uno de los temas centrales es la evolución del perro, al que se dedican la primera y la última parte del libro. Las técnicas modernas de análisis de ADN han demostrado, fuera de toda duda, que el perro doméstico ( Canis familiaris) está más cerca del lobo ( Canis lupus) que de cualquier otro miembro de la familia de los cánidos. De hecho, perros y lobos se pueden cruzar y su descendencia es fértil, por lo que no son, desde el punto de vista genético, especies separadas. Los Coppinger argumentan que perros y lobos están adaptados a diferentes nichos ecológicos, por lo que desde este punto de vista sí deben considerarse dos especies. En cambio, Konrad Lorenz afirmaba, como si fuera artículo de fe, que algunas razas de perro (el pastor alemán, por ejemplo) descienden del lobo, mientras que otras lo hacen del chacal dorado; esta hipótesis se basaba en aparentes similitudes de conducta, y hoy sabemos que es completamente errónea.

El perro desciende del lobo, pero ¿cómo pudo producirse esta evolución? Los autores dedican mucho espacio a desmentir lo que ellos denominan la «Hipótesis Pinocho» sobre el origen del perro. Dicha designación alude a que, igual que para que se transforme en niño el famoso muñeco de madera, haría falta un hada madrina para convertir a un cachorro de lobo en un animal doméstico. Según esta hipótesis, el perro fue domesticado por cazadores-recolectores prehistóricos mediante la adopción como mascotas y posterior amaestramiento de cachorros de lobo. Pero amaestrar un lobo es algo difícil y peligroso. Los cachorros tienen que ser separados de la camada antes de los trece días de edad y necesitan considerables cuidados; de otro modo nunca se acostumbrarán a la presencia humana. Aun así, tratar con lobos sólo está al alcance de profesionales entrenados y el posible grado de amaestramiento es muy limitado. A los lobos no es fácil enseñarles nada. Sin duda, estos animales causarían problemas en un poblado paleolítico, y sus habitantes tendrían, probablemente, poca paciencia con ellos. De acuerdo. Los perros no son lobos: «Hipótesis Pinocho» desmontada.

La hipótesis de los Coppinger es mucho más plausible: los perros derivan de una población de lobos que se domesticó a sí misma, especializándose en aprovechar restos de alimentos alrededor de poblados humanos. Los basureros, antiguos o modernos, constituyen una fuente fantástica de comida para cualquier especie que se adapte a explotarla. En tiempos recientes hemos asistido a fenómenos de este tipo. Por ejemplo, a muchos madrileños les sorprendería saber que la gaviota cabecinegra se ha convertido en un ave muy abundante en su región, donde pasa el invierno cerca de los vertederos. Se sospecha que el aumento en las poblaciones de milano real y de cigüeña blanca también están relacionados con este fenómeno.

¿En qué tiene que cambiar un lobo para poder aprovechar la comida de vertederos humanos? Esencialmente, tiene que hacerse más confiado, es decir, tiene que tardar más tiempo en huir desde que detecta la presencia humana y, una vez iniciada la huida, correr una distancia más corta. De forma no intencionada, los experimentos del científico ruso Dimitri Belyaev han aportado alguna luz sobre esta cuestión. Belyaev, que dirigía una inmensa granja de cría de zorros para la producción de pieles, inició un ambicioso experimento de selección con objeto de conseguir animales más mansos. No pretendía averiguar nada específico sobre la evolución del perro, sino conseguir una raza de zorros más fáciles de manejar. Este científico seleccionó a sus animales con un único criterio: menor tendencia a la huida. Al cabo de dieciocho generaciones, los zorros no sólo eran menos huidizos, también tenían manchas de colores, orejas caídas, emitían sonidos perrunos, e incluso ¡respondían a su nombre! La conclusión más importante de este experimento es que muchas de las características típicamente caninas podrían estar ligadas al carácter de mayor mansedumbre, y éste posiblemente tendría valor adaptativo, en un momento en que el ser humano estaba expandiéndose rápidamente. Puede objetarse que el perro desciende del lobo, no del zorro, por lo que el experimento de Belyaev no proporciona sino una evidencia indirecta.

Según los Coppinger, con la aparición de los primeros asentamientos humanos permanentes en el Mesolítico, los lobos establecieron una relación de tipo comensal; es decir, que beneficiaba a los lobos y era indiferente para los humanos. Un animal demasiado huidizo o agresivo no es un comensal eficaz: si huye demasiado pronto desperdicia recursos, y si ataca a los humanos se convierte en objeto de persecución. Los típicos perros que merodean por las aldeas serían los descendientes de estos perros comensales. No tienen dueño, nadie los alimenta directamente y son más o menos tolerados; no tienen una actitud agresiva hacia el hombre (aunque nunca se acercan demasiado) y no viven en manadas sino de forma semisolitaria.

Esta relación comensal fue evolucionando hacia una de tipo mutualista, donde ambas partes salían beneficiadas; pero esto sólo pudo ocurrir una vez que el lobo se había convertido en perro. Estos perros de aldea, acostumbrados a seguir al hombre a todas partes, debieron empezar a resultar útiles. Tal vez seguían el rastro de la presa en las cacerías o alertaban con sus ladridos de la presencia de extraños. De aquí debió de iniciarse un proceso de selección, más o menos consciente por parte de los humanos, que llevó al desarrollo de las «razas naturales», especialmente adaptadas a tareas específicas. El libro hace una exposición detallada de estas asociaciones mutualistas, basada en la amplia experiencia de los autores, sobre todo en lo que se refiere a perros de trineo y perros pastores.

No debe olvidarse que el perro ha sido sometido a un proceso extraordinario de manipulación genética, y esta selección se ha producido sobre aspectos morfológicos y también, y más importante, sobre aspectos de conducta. Ningún otro mamífero ha sido sometido a un «experimento» similar. El estudio de razas seleccionadas para exhibir determinadas conductas podría enseñarnos algunas cosas sobre las complejas interacciones entre genes, ambiente y comportamiento. Por ejemplo, los pointer tienen un rasgo distintivo, denominado «parada»: el animal que detecta una presa se queda inmóvil, en una pose característica, indicando al cazador en qué dirección debe apuntar. Este rasgo se hereda genéticamente; está grabado de alguna forma en el circuito neuronal del animal y no puede ser aprendido. Sólo cuando un animal exhibe la «parada» puede el adiestrador refinarlo mediante entrenamiento. Por otro lado, tiende a olvidarse la importancia de los factores ambientales, dándose por hecho que un pedigrí «correcto» es todo lo que necesita un animal para desempeñar correctamente una tarea. Nada más lejos de la realidad. Un perro guardián tiene que convivir con el ganado durante el período crítico de las primeras semanas de vida: de lo contrario, «verá» a las ovejas como posible presa.

Los Coppinger no ahorran críticas a los criadores profesionales, e incluso a la utilización del perro como animal de compañía. En esencia, los autores afirman que así como otros tipos de asociación mutualista (perro y pastor, por ejemplo) son satisfactorias para ambos, la relación entre el hombre y el perro doméstico es inconsistente y, en realidad, negativa para ambas partes. Afirman que el perro es una especie de parásito del hombre: cuesta dinero, necesita comida de alto valor nutritivo, etc. Este enfoque «ecológico», siendo técnicamente correcto, tiene poco sentido. Si nuestra renta supera el nivel de supervivencia, nos acabaremos gastando el dinero en cosas superfluas, ya sean campos de golf, entradas para la ópera... o perros. No obstante, los autores formulan muchas preguntas. ¿Para qué tiene usted un perro? ¿Para mejorar su imagen? ¿Como símbolo de status? ¿Está usted en condiciones de proporcionarle una buena vida? ¿Dispone de espacio y de tiempo? ¿Si no tiene usted ovejas, para qué quiere un perro pastor? Para el que convive con un perro, estas preguntas resultan tan difíciles de contestar como imposibles de ignorar.

En un buen número de casos, el perro aparece en casa como regalo de Navidad: una bolita de pelo absolutamente irresistible. Pocos días después los humanos se van a trabajar y dejan al cachorro encerrado en un piso. Muebles destrozados y desagradables manchas marrones en la alfombra van alimentando la tensión. Al llegar las vacaciones de verano, la situación puede ser insostenible. Nadie había pensado qué hacer con el perro y, dado que a nadie se le ocurre una alternativa, éste acaba en la perrera (donde probablemente será sacrificado) o, peor aún, abandonado, tal vez el peor destino posible para un perro casero. Para los humanos esto significa determinados inconvenientes; para el perro, el mayor desastre. Naturalmente, no todos los casos son así, pero a menos que el humano sea responsable y esté bien informado, la relación tiene muchas posibilidades de salir mal.

En el otro lado de la cuestión, los perros están causando un número creciente de problemas. Los ataques, a veces mortales, constituyen el aspecto más conspicuo, pero no el único. La suciedad en las calles provocada por heces caninas es higiénicamente peligrosa y cívicamente intolerable, con independencia de que a uno le gusten o no lo perros. Es evidente que la cuestión canina está necesitada de nuevos enfoques, de un debate en profundidad y, sobre todo, de más información. En este sentido, libros como el de los Coppinger pueden hacer una contribución importante.

01/08/2002

 
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