ARTÍCULO

Perdidos en la infancia

(ed. de Mercedes Monmany), Xordica Editorial, Zaragoza, 1997
 

En su novela Lento regreso, Peter Handke cuenta la historia de un topógrafo, de nombre Sorger, que está empeñado en un extravagante proyecto: volver a visitar los distintos lugares de Europa donde transcurrió su infancia, dibujar mapas de dichos lugares, levantar secciones transversales y longitudinales de los mismos y, por último, medirlos. Como cualquier investigador del Espacio sabe bien, la infancia es el reino del espacio. Nunca nos sentimos tan fascinados con el espacio como en la infancia y no hay fascinación espacial que no tenga su origen en algún mito infantil, ya sea el del Laberinto, pródigo en puertas ocultas y pasadizos secretos, el de la Gran Casa, espacio cóncavo que nos acoge como un mundo en miniatura, o el de la Traslación Maravillosa, que nos transporta con suavidad ideal de unos lugares a otros. Al igual que el artista chino de feng shui y que el urbanista utópico, el niño se siente fascinado por el espacio pero, al contrario que el primero, no siente la necesidad de interpretarlo y transformarlo en conceptos, ni tampoco necesita, como el segundo, que sus espacios sean racionales y se acomoden a las leyes de la gravedad y de la perspectiva. Para el niño, como para el novelista, el espacio es antes que nada un juego –si bien un juego muy extraño–, un juego que consiste, en sus formas más elementales, en explicar dónde están las cosas y asombrarse de que estén precisamente allí. Esto es lo que hacen la mayoría de los escritores que participan en Una infancia de escritor, un singular proyecto editorial donde quince autores contemporáneos nos hablan de su infancia en una serie de breves colaboraciones que casi nunca superan las cinco páginas de longitud. Así, por ejemplo, Antonio Colinas renuncia a contarnos ninguna anécdota y se limita a explicar, con pasión topográfica que haría palidecer al propio Sorger de la novela de Handke, cuáles son los límites y accidentes geográficos de los espacios en que transcurrió su infancia, con puntual información sobre ríos, ruinas, límites de sembrados y sombras de vestigios históricos. Clara Janés, en una de las colaboraciones más líricas e intensas de la colección, reproduce obsesivamente sus paseos por el barrio de Pedralbes, la sintaxis de escalinatas, portales de templos, fuentes y jardines rectangulares, y una pasión similar por delimitar paseos, cruces de calles, portales señoriales y muros de iglesias es evidente en el texto de Soledad Puértolas, en el de Javier Marías o en el de VilaMatas (cuya aportación es, quizá, junto con la de Andrés Sánchez Robayna y la de Clara Janés, la más brillante desde el punto de vista literario) para el cual la infancia era un espacio perfectamente delimitado y al mismo tiempo tan grande como el mundo: «El mundo, el mapa del planeta..., iba desde el entresuelo del 343 de la calle de Rosellón hasta la esquina de Valencia con el Paseo de Sant Joan...». Hay juegos espaciales más elaborados, como el juego del «mundo de los zócalos» de Landero, que nos explica, en unas páginas llenas de ese encanto fabulador que caracteriza su mejor prosa, cómo siguiendo pacientemente las hileras de zócalos recorría toda la casa, desde la puerta hasta el desván, para terminar de nuevo en el punto de partida, y hay juegos espaciales decididamente fascinantes, como el de Justo Navarro, que quería perderse a toda costa, y el de Guelbenzu, que quería a toda costa no perderse. Guelbenzu no sólo mide los espacios de su infancia («en mi ir y venir de casa al colegio... había... quizá unos doscientos metros de acera»: y en la exactitud del dato podemos paladear, casi físicamente, todo el placer del novelista) sino que, como intentando con amabilidad corroborar nuestras propias teorías sobre la infancia, el espacio y la literatura, nos explica que de niño le angustiaba la idea de perderse por las calles de su barrio y añade: «Sospecho que de aquella angustia provienen tanto mi excelente sentido de la orientación como mi dedicación a la literatura». No menos interesante es el caso de Justo Navarro, cuyo gran sueño infantil era perderse y perder la memoria, y que nunca logró realizar ninguno de los dos sueños. Y no es menos indudable que así como la vocación literaria de Guelbenzu nació del deseo de orientarse a través del laberinto de calles de Argüelles, la de Justo Navarro hubo de surgir precisamente de este deseo de perderse que nunca llegaría a ver realizado, ya que el que se busca a sí mismo desea en realidad ser otro, y el «torna a cobrar el tino» de fray Luis y el «entréme donde no supe» de san Juan son en realidad una y la misma cosa.Una infancia de escritor es un libro muy agradable, entre otras razones por la deliciosa y muy oportuna serie de fotografías que acompañan a los textos y que parecen en muchos casos haber sido fuente de inspiración de los mismos. Allí vemos a Martín Casariego leyendo un Tintín al revés, a Clara Janés convertida en Alicia al pie de una palmera, a Andrés Sánchez Robayna con su perro, a Javier Marías con cara de circunstancias, a Soledad Puértolas jugando con su hermana en la plaza del Pilar de Zaragoza y a Justo Navarro en medio de la nieve, perdido, perdido por fin.

01/10/1997

 
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