ARTÍCULO

Una democracia sin demócratas

 

El debate sobre la naturaleza democrática de la Segunda República (1931-1939) es uno de los más intensos dentro de la historiografía española contemporánea. Al examinar de manera crítica la democracia republicana, los dos libros aquí reseñados plantean la gran cuestión política de España en los años treinta del pasado siglo: ¿cuándo concluyó la democracia de la Segunda República? La mayor parte de la izquierda contestaría que terminó en 1939, cuando Franco derrotó a la República. La respuesta de la derecha se encuentra más dividida. Es posible que unos pocos eligieran 1931, con su aprobación de una constitución anticlerical; algunos puede que se decantaran por 1934, el año de la insurrección de Asturias, y otros, por 1936 y la elección del Frente Popular.
El dominio sin parangón que ha mostrado Stanley Payne de la historiografía española y de muchas otras nacionales, así como sus extraordinarios conocimientos de la política contemporánea, le permiten situar los años republicanos dentro del marco de una lucha entre tradición y modernidad. Este conflicto alcanzó su cenit en Europa durante el primer tercio del siglo XX. Nunca antes en la historia humana la convergencia de ideas y acontecimientos modernos había resultado tan desestabilizadora y amenazadora para la sociedad tradicional. Paradójicamente, la Alemania conservadora desempeñó un papel revolucionario durante la Primera Guerra Mundial. Alemania ayudó a las rebeliones contra sus enemigos aliados en los territorios musulmanes de Gran Bretaña, Francia y Rusia; envió armas a Irlanda; financió el terrorismo en Barcelona para desbaratar la producción bélica destinada a los aliados; y auxilió a los bolcheviques para que se hicieran con el poder en Rusia.
La Primera Guerra Mundial abrió, por tanto, la época de las guerras civiles revolucionarias entre «blancos» y «rojos». La primera estalló en 1918 en Finlandia, donde el general Carl Gustaf Emil Mannerheim organizó las fuerzas contrarrevolucionarias del gobierno parlamentario finlandés y aplastó al enemigo rojo en tres meses. En la guerra civil húngara de 1919, el bolchevizado Béla Kun se enfrentó a la oposición nacional contrarrevolucionaria y al más potente ejército rumano, que –respaldado por los aliados– derrotó a su república soviética. En Alemania, una miniguerra civil en la que los socialdemócratas contrarrevolucionarios se valieron de las fuerzas del antiguo régimen para aplastar a la oposición de izquierdas acabó dando lugar a la fundación de la República de Weimar. En Italia, los fascistas «revolucionarios» se aliaron con la derecha tradicional para arrollar a la extrema izquierda. La mayor de estas guerras civiles revolucionarias-contrarrevolucionarias fue el conflicto ruso (1918-1921), y fue la única en que salió victorioso un régimen comunista. En todos los demás países que se vieron afectados por guerras civiles con posterioridad a la Primera Guerra Mundial, los contrarrevolucionarios derrotaron a sus enemigos y establecieron regímenes bien autoritarios (Italia, Hungría), bien parlamentarios (Finlandia, Alemania).
Al contrario que estas guerras civiles europeas, la confrontación española entre revolucionarios y contrarrevolucionarios no fue el subproducto de una guerra mundial y dependió casi exclusivamente de factores endógenos. La «revolución» española, como la denomina Payne, comenzó en 1931. En contraposición a Weimar o a la Tercera República francesa, sus orígenes no echaban sus raíces en el aplastamiento contrarrevolucionario de la extrema izquierda. Por el contrario, los dirigentes «jacobinos» de la Segunda República española, especialmente Manuel Azaña, tenían como su máxima prioridad «la exclusión permanente de los intereses católicos y conservadores de la participación en su Gobierno» (p. 23). Sus aliados socialistas fueron un paso más allá al afirmar que la llegada de la República había demostrado que España había pasado a ser tan moderna y desarrollada que una derecha permanentemente debilitada ya no podía detener la llegada del socialismo. El resultado de la alianza de los republicanos de izquierda de Azaña y los socialistas fue un régimen que Javier Tusell definió como «una democracia poco democrática» (p. 23). Según Payne, la República restringió los derechos civiles y censuró periódicos con mayor severidad de lo que lo había hecho la monarquía parlamentaria. Al mismo tiempo, admite que la lealtad condicional de la derecha al régimen republicano despertó legítimas sospechas: «Aunque la derecha moderada [...] se ajustó a la ley, su último objetivo no era mantener una república democrática, sino convertirla en una especie de régimen distinto de tendencias conservadoras y corporativistas» (p. 29). Sin embargo, Payne atribuye a la izquierda una mayor responsabilidad por el desmoronamiento de la democracia en la España de los años treinta. Se muestra de acuerdo explícitamente con Pío Moa en que «la insurrección de los socialistas [en 1934] fue la más organizada, la más elaborada y la mejor armada de todas las acciones de insurrección que se produjeron en Europa occidental durante el período de entreguerras» (p. 32). A ojos de Payne, se trató también de la menos defendible ya que, al contrario de la revuelta socialista austríaca de 1934, no constituyó una reacción a la imposición de un gobierno autoritario.
Payne se distancia de Moa cuando afirma que Asturias no fue el comienzo de la guerra civil, que no resultaba inevitable con posterioridad a 1934. Defiende que el único camino seguro para la supervivencia de la República era reprimir masiva y severamente a la izquierda radical, tal y como hicieron la Tercera República francesa durante la Comuna de París de 1871 y la República de Weimar durante la Revuelta de Espartaco de 1918-1919. A pesar de que las elecciones de febrero de 1936 demostraron sólo una limitada polarización de una sociedad supuestamente hiperpolitizada, el fracaso del Frente Popular a la hora de mantener el orden y sus acciones antidemocráticas –manipulación de elecciones y, por supuesto, el asesinato de Calvo Sotelo– contribuyeron enormemente a aumentar la polarización. Los asesinos del líder de la oposición eran personas próximas al dirigente socialista, Indalecio Prieto, que las protegió de cualquier investigación. Al igual que los fascistas italianos, los socialistas españoles «eran la principal fuente de violencia política en sus respectivos países» (p. 72). El Gobierno del Frente Popular no consiguió cobrar conciencia de que las democracias podían gobernarse únicamente desde el centro y este error garrafal acabó por dar lugar a una guerra civil.
Ambas facciones se equivocaron al pensar que la guerra sería breve. La contienda se convirtió, en cambio, en una guerra de desgaste entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, con ambos practicando el terror de forma masiva y asesina. Los nacionalistas se embarcaron en campañas de limpieza política, mientras que los republicanos adoptaron una variedad político-religiosa más sintética: «A pesar de toda la retórica sobre el “exterminio”, principalmente en los libros publicados en España durante estos diez últimos años, el único sector social que fue señalado como objetivo de “exterminio” desde todos los puntos de vista fue el clero» (p. 116). Las masacres y los numerosos actos de iconoclastia llevados a cabo por los revolucionarios mostraron su deseo de sustituir la antigua religión por su nueva fe laica. A modo de reacción, el catolicismo se convirtió en la fuerza cultural más cohesiva en la zona nacionalista y, el conflicto español, la mayor guerra de religión del siglo XX. En contraste con sus homólogos fascistas en Alemania e Italia, la Falange pasó a ser ultracatólica. Resulta sintomático que, después de la guerra, la Iglesia recuperara privilegios que había poseído durante el reinado de Alfonso XIII.
Aunque Payne afirma que un a menudo poco imaginativo Franco desaprovechó varias oportunidades para lograr una victoria más rápida, el Caudillo acabó por demostrar su competencia en la logística y la estrategia que requería una guerra civil prolongada. Su puente aéreo de tropas norteafricanas –llevado a cabo con ayuda alemana e italiana– evitó el fracaso del alzamiento. Las operaciones combinadas de las fuerzas aéreas y de la infantería que utilizó el Generalísimo para conquistar el norte fueron precursoras de las realizadas en la Segunda Guerra Mundial. La implicación de sus tropas de élite, que se enfrentaron a menudo a ejércitos mayores en número de su enemigo republicano, contribuyó en gran medida a la victoria nacionalista. Por otro lado, al igual que en muchas revoluciones –la inglesa, la francesa, la rusa y la china–, la República intentó crear un «nuevo ejército ejemplar», pero acabó copiando las viejas estructuras militares. Aunque el Ejército Popular cosechó una serie de importantes victorias defensivas –las batallas de Madrid, Guadalajara y Valencia–, su escasez de oficiales bien formados y comprometidos de baja graduación y sus dificultades logísticas lo debilitaron de forma decisiva.
Al contrario que otras guerras civiles europeas contemporáneas, en el conflicto español se vieron también implicadas fuerzas navales y aéreas. A pesar del alto grado de politización de los marineros revolucionarios de base que eran capaces de dominar los barcos al comienzo de la guerra, la armada republicana demostró ser incompetente; los nacionalistas, por el contrario, utilizaron sus propias fuerzas navales más modestas de un modo más eficaz. La guerra aérea durante el conflicto presagió –a una escala mucho más reducida– la de la Segunda Guerra Mundial. Ambas facciones respondieron a los ataques aéreos ofensivos con represalias contra poblaciones urbanas, aunque los nacionalistas superaron con mucho a los republicanos en el número de civiles masacrados. Los insurgentes se granjearon un aluvión de publicidad negativa en todo el mundo, ejemplificada en el Guernica de Pablo Picasso.
El aspecto más sorprendente del conflicto español puede que haya sido la política económica nacionalista. La relativamente eficiente economía nacionalista superó no sólo a la de su enemigo republicano, sino también a la de sus homólogos contrarrevolucionarios (pero sumamente corruptos) de la Rusia blanca o la China nacionalista. En la zona roja, la revolución obrera más profunda del siglo XX probablemente perjudicó más que ayudó a la causa republicana. No sólo la producción se mantuvo relativamente estancada en la zona republicana, sino que la confiscación revolucionaria de la propiedad privada también alejó a las democracias capitalistas de la República. Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos se mostraron reacios a ayudar a lo que se percibía como un régimen desorganizado y sanguinario, por más que fuera legal. Las potencias fascistas –Alemania e Italia– mostraron una audacia mucho mayor. Hitler utilizó el conflicto con éxito para cimentar su alianza con Italia y para distraer la atención de las democracias de los planes expansionistas alemanes en Europa central y oriental. Mussolini consideraba a España como parte de su esfera de influencia mediterránea y presionó a los nacionalistas para que adoptaran su modelo fascista.
Payne es experto especialmente en la política soviética en relación con España. Interpreta a los Frentes Populares propagados por la Tercera Internacional no como un indicativo de ninguna verdadera moderación de los objetivos comunistas, sino como una táctica que daría lugar de un modo más fiable a la revolución. Durante la Guerra Civil, el objetivo comunista era establecer un nuevo tipo de república que se asemejara de muchas maneras a las «democracias populares» que el Ejército Rojo impondría en Europa oriental tras la Segunda Guerra Mundial. Así, en contraste con la extrema izquierda (y con historiadores como Hugh Thomas), Payne no ve la política comunista como contrarrevolucionaria, sino más bien orientada hacia la construcción de «un régimen autoritario de izquierdas» (p. 195) con una economía parcialmente nacionalizada. Juan Negrín compartía esta opinión, pero la República «semipluralista» no se convirtió nunca en un Estado títere estalinista, aun a pesar de que los comunistas dominaran el Ejército Popular. El conflicto español incrementó enormemente el prestigio de la Unión Soviética. El antifascismo brindó al comunismo una nueva vida y le procuró prestigiosos artistas, intelectuales y científicos como compañeros de viajeEste aspecto se encuentra también señalado en François Furet, Le passé d’une illusion. Essai sur l’idée communiste au XXe siècle, París, Robert Laffont, 1995.. Entre estos últimos figuraron agentes de espionaje que acabarían ofreciendo información –por lo general de un valor limitado– sobre el desarrollo de la bomba atómica a la Unión SoviéticaVéase Andrew J. Rotter, Hiroshima: The World’s Bomb, Oxford, Oxford University Press, 2008, pp. 238-244..
Álvarez Tardío y Villa comparten perspectivas muy similares a las de Payne. Los tres autores consideran la llegada de la Segunda República como «revolucionaria» y a la izquierda jacobina y exclusivista más responsable del fracaso del régimen que la derecha corporativista y autoritaria. Los autores de El precio de la exclusión conocen los modelos republicanos franceses y muestran los orígenes contrarrevolucionarios de la Tercera República. Defienden que –en contraste con la Tercera República francesa en sus primeros años– la incapacidad de la Segunda República española para integrar a un gran número de católicos la condenó al fracaso. La izquierda moderada de la Tercera República francesa –dirigida por Léon Gambetta– limitó su jacobinismo y consiguió llegar a «las clases medias rurales», grupos que se volverían, en cambio, contra la Segunda República española. Los republicanos católicos –como Niceto Alcalá-Zamora– quisieron desempeñar un papel similar al de Adolphe Thiers, el monárquico francés que pasó a ser un republicano renuente pero comprometido. Sin embargo, Alcalá-Zamora recibió un apoyo insuficiente por parte de los republicanos de izquierda y los socialistas, que cimentaron su alianza sobre la base del anticlericalismo. La izquierda, cuya fuerza estaba en las ciudades, impuso en la España rural un sistema electoral que favorecía los centros urbanos con objeto de limitar el poder de los caciques. Un cambio incluso más progresista fue conceder el derecho de voto a las mujeres, aunque Álvarez Tardío y Villa refutan de manera convincente la afirmación de muchos izquierdistas de que el voto femenino dio la victoria a la derecha en las elecciones de 1933. Más peligrosamente, la Ley de Defensa de la República (1931) concedía un excesivo poder arbitrario a un Gobierno deseoso de suprimir cualquier campaña para revisar su constitución anticlerical. La arbitrariedad gubernamental se intensificó tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936. Las autoridades locales destituyeron ilegalmente a los concejales derechistas y no protegieron ni la propiedad ni las vidas de sus adversarios políticos y sociales. La coalición del Frente Popular manipuló los resultados de las elecciones en Cuenca y –como demuestran persuasivamente los autores– en Granada. Mantienen que las elecciones celebradas en Granada en mayo de 1936 marcaron el final del «proceso de modernización política» iniciado en 1876. Al igual que Payne, Álvarez Tardío y Villa concluyen que, en 1936, la República se había convertido en un régimen no democrático que representaba únicamente a los partidos de la izquierda.
Álvarez Tardío y Villa se distancian de las explicaciones sociales para el colapso de la República y el estallido de la Guerra Civil. Se centran exclusivamente en la política y resaltan las semejanzas entre España y las naciones europeas más avanzadas. Sostienen que los republicanos de izquierda y los socialistas se equivocan al creer que España era una sociedad atrasada que necesitaba un proyecto radical de modernización. El juicio negativo que le merecía a la izquierda el legado de la monarquía constitucional liberal abrió la puerta a su jacobinismo.
Mi impresión, no obstante, es que la persistencia a mediados del siglo XX no sólo del jacobinismo, sino también de movimientos revolucionarios violentos –ya fueran socialistas, comunistas o anarquistas–, era el reflejo de una sociedad subdesarrollada que difería marcadamente de su vecino septentrional. De hecho, los autores proporcionan el que quizá sea el mejor análisis de la revuelta anarquista de diciembre de 1933, que fue un presagio de la incluso más sangrienta Revolución de Asturias. Ambas se asemejaron al tipo de rebeliones proletarias que habían estallado en la Francia del siglo XIX, pero no en la del XX. La Segunda República española se vio obligada a hacer frente a una serie de cuestiones –las relaciones entre Iglesia y Estado, gobierno militar y civil, región y nación, y reforma agraria– que los países más desarrollados ya habían resuelto en los siglos XVIII y XIX. El intento de enfrentarse a todos estos problemas de forma simultánea debilitó a la República, pero su fracaso a partir de febrero de 1936 en el ámbito de la protección de la propiedad privada y la seguridad personal resultó ser incluso más fatídico. La violenta guerra civil subsiguiente se asemejó muy especialmente a los brutales conflictos que se produjeron en las sociedades aún más atrasadas de Rusia y China en el siglo XX.
Los tres autores infravaloran el empeño de la derecha en socavar las bases de la República. Payne afirma que Alcalá-Zamora pidió constantemente a la CEDA que se declarase leal a la República, pero que la CEDA se negó porque «el “republicanismo” en España era un indicativo de apoyo a un régimen sectario que negaba buena parte de sus derechos a los católicos» (p. 41). Álvarez Tardío y Villa admiten que la CEDA no fue nunca enteramente leal al régimen y culpan al jacobinismo revolucionario de la izquierda del fracaso a la hora de reconciliar a los católicos con la República. Es posible que una serie de medidas que restringían la práctica religiosa –la secularización de los cementerios católicos, la prohibición de las procesiones callejeras y la imposición de la educación laica– fueran inoportunas y abiertamente provocadoras, pero cualquier régimen que separe la Iglesia del Estado echará inevitablemente por tierra algunos privilegios católicos. Si la izquierda puede ser criticada por no apoyar a los católicos moderados, como Alcalá-Zamora, otro tanto podría hacerse con la derecha. A Gambetta se le recuerda por su grito de guerra de 1877 («Cléricalisme, voilà l’ennemi») tanto como por su moderación.
La pérdida de privilegios o incluso derechos no debería confundirse con la persecución de una Iglesia que había creado un modelo global de intolerancia durante sus muchos siglos de monopolio religioso. Su posición en España a comienzos de la década de 1930 era ciertamente mejor que la de su homóloga en México en los años veinte o incluso en Francia en la segunda década del siglo XX. Aun así, muchas de sus publicaciones atacaron ferozmente a la RepúblicaFernando del Rey, Paisanos en lucha. Exclusión política y violencia en la Segunda República española, Madrid, Biblioteca Nueva, 2008, pp. 170-173. Recensionado por Manuel Álvarez Tardío en este mismo número de Revista de Libros.. Gil-Robles, el dirigente de la CEDA que mostró unas simpatías crecientes por el fascismo después de que Hitler accediera al poder a comienzos de 1933, provocaba un temor comprensible en la izquierdaGabriele Ranzato, El eclipse de la democracia. La guerra civil española y sus orígenes, 1931-1939, trad. de Fernando Borrajo, Madrid, Siglo XXI, 2006, pp. 168-191.. Otro tanto puede decirse de la ofensiva indiscriminada contra la izquierda a partir de octubre de 1934. Desgraciadamente, tanto la izquierda como la derecha creían que sólo la represión podía salvar a la República o a España, y ambas tenían la sensación de que la tolerancia del enemigo acabaría conduciendo a su propia destrucción. Como señala Payne, sólo un número cada vez más reducido de republicanos conservadores, y especialmente el Partido Radical, apoyaron la democracia liberal. La corrupción generalizada de esta última demostró ser preferible a los asesinatos en masa que llevaron a cabo cada una de las dos facciones en cuanto estalló la guerra. Tanto la izquierda como la derecha persiguieron o mataron a aquellos que cumplían las leyes y respetaban la constitución.
Aunque insuficientemente críticos con la derecha y con la Iglesia, estos libros demuestran la incesante vitalidad de las investigaciones sobre la Segunda República y la Guerra Civil. El trabajo de Álvarez Tardío y Villa expone nuevos y bien estudiados argumentos a favor del sectarismo de la República. La síntesis de Payne está llena de observaciones provocadoras y estimulantes procedentes de un historiador extremadamente capaz.

Traducción de Luis Gago

01/11/2010

 
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