ARTÍCULO

Opiniones de un payaso

Planeta, Barcelona, 1997
174 págs.
 

Acerca de No me jodas en el suelo como si fuera una perra, el anterior libro de Juan Carlos Satrústegui, dejó escrito Marcuse con palabras que sirven también para Payasos en la lavadora: «Bajo una aparente falta de estructura, Satrústegui despliega un torrente de ideas y sentimientos premeditadamente caóticos, pero, por ello mismo, lúcidamente representativos de un pensamiento que bien podría definir nuestro tiempo».

Satrústegui es el narrador y protagonista de Payasos en la lavadora. Marcuse, el sobrenombre que el mismo Satrústegui adjudica al crítico que en su día se cargó despectivamente su primer libro de poemas (A tomar por culo), motivo por el cual ha decidido asesinarlo. Y en cuanto a «nuestro tiempo» y ese «pensamiento que bien podría definirlo»..., se trata, en última instancia, del más recalcitrante y exacerbado nihilismo, conjurado aquí con fuertes dosis de humor.

Payasos en la lavadora se sitúa en los flecos de la tradición novelística –o, más propiamente, discursiva– instituida por Dostoievski en sus Apuntes del subsuelo. Su tema –un tema recurrente, obsesivo en la cultura moderna– es esa variante particular de la locura provocada por el miedo. «Miedo al otro, al que te mira, al que respira a tu lado, frente a tu cara, con una sonrisa», escribe Satrústegui. Un miedo atroz, que induce a la agresividad y al resentimiento, y que conlleva, no tanto la pérdida de la razón, como su desnudamiento.

Lo puntualiza G. K. Chesterton con precisión admirable: «El loco no es el hombre que ha perdido la razón: el loco es el que lo ha perdido todo, excepto su razón». Tal es la condición de Satrústegui, que se lamenta, entre otras cosas, de no tener ya la capacidad de emocionarse: «Hoy veo todo desde fuera, como si estuviera de visita. Toco la superficie de las cosas, noto su aspereza; son herméticas, impermeables».

Poeta en ruinas, adicto a las cortezas de cerdo, Satrústegui emprende, durante las fiestas de la Semana Grande de Bilbao, un personal descenso a los infiernos que, a través de un consumo insensato de alcohol y todo tipo de drogas, lo sume en el delirio más desaforado: «Me gustaría abrirme la cabeza y con una cuchara raspar las paredes del cráneo y sacar todos los desperdicios acumulados, toda la roña de ideas podridas, de sueños frustrados, proyectos fracasados, conceptos equívocos; no hay manera de despegar algunos, adheridos como la grasa quemada de un horno que nunca se ha limpiado, esa costra negra y brillante; necesitaría un cepillo de púas de acero para arrancar algunos miedos, el asco y el odio que no ha salido fuera, que se ha quemado en mi cabeza recalentada».

A esto es a lo que se dedican estas páginas. La mugre así obtenida («un conjunto de pensamientos, experiencias y recuerdos sin hilazón aparente», como precisa el autor en su introducción) es lo que, de hecho, se vuelca en el monólogo que Satrústegui redacta en un ordenador portátil, desde la calle, perseguido por la policía, que lo busca por escándalo público y vandalismo.

La personal huella del guionista y director de Acción mutante y de El día de la bestia se hace patente en el desastroso aspecto de Satrústegui, en su progresiva demencia, en el carácter visionario que adopta su discurso, vibrante a ratos de acentos bíblicos y milenaristas; también en el «ambiente posnuclear» que se apodera de las calles de Bilbao, convertidas aquí en escenario carnavalesco por el que transitan multitudes embrutecidas, deformes, violentas. Y, por supuesto, en el humor, un humor salvaje y corrosivo, eficacísimo aun cuando –con demasiada frecuencia– desciende al chiste o al gag. Humor que se adueña de todas las intenciones de la novela, que contribuye a rebajar sus potencialidades, pero que actúa, a la vez, como nivelador de todas sus protuberancias retóricas, de casi todas sus exageraciones.

El poder disolvente de la ironía termina casi siempre por abrasar la forma misma que la contiene. Así ocurre, en cierto modo, en esta primera novela de Alex de la Iglesia, donde hay razones para sospechar que, aparte de conformar su propia percepción del mundo, el humor constituye también una estrategia del pudor. Aunque resulte chocante decirlo a propósito de un texto tan desmadrado, se percibe timidez, por parte del autor, en la movilización de su portentosa cultura y de sus opiniones radicales. Esa timidez, sumada a una irresistible tendencia al gamberrismo, es causa de que la lectura de la novela no deje un rastro más inquietante. A pesar de lo cual, esta suerte de remake en serie B del Viaje al final de la noche (o más bien de Guignol's Band, acaso el texto más enfebrecido de Céline), acierta a integrar en una perspectiva crecientemente alucinada no sólo la visión desollada del absurdo cotidiano: también (consecuencia, al cabo, de éste) la confusión, la visceralidad, el atavismo de la violencia juvenil, en la que –por lo que toca al País Vasco– se encuadra indiscriminadamente la violencia abertzale. Y acierta con ello por virtud de una interesante y lúcida reposición del nihilismo contemporáneo conforme a los términos de una cultura mutante, impregnada de infantilismo, de rasgos underground y de tics televisivos (como lo está, sin ir más lejos, la exitosa Marranadas, de Marie Darrieussec, que se podría juzgar asimismo como un remake en serie B de La metamorfosis).

A tomar por culo, el primer libro de Satrústegui, fue publicado en la misma colección en que incluíaLas mágicas curaciones del Dr. Rosado y Muñequita linda, de Marisa Medina, motivo que induce a sospechar a Satrústegui que su editor –Godot– desconocía por completo el contenido del libro. La misma sospecha cabe albergar a propósito de Payasos en la lavadora, que por ser su autor quien es, y por aparecer publicada en compañía de títulos como El amor perjudica seriamente la salud o El mundo según el señor Casamajor (por no citar Perséfone, de Ricardito Bofill), arriesga pasar insuficientemente percibida por los estamentos literarios.

01/10/1997

 
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