ARTÍCULO

Aroma de viejos odres

por J. R.
 

Paul Krugman es un conocido profesor de economía americano, especializado, entre otras cosas, en los temas de economía internacional (Trade Policy and Market Structure, de 1989 –con E. Helpman –, e International Economics, de 1994 –escrito con M. Obstfeld–, son dos buenos ejemplos de dos buenos trabajos con destino al ámbito académico) pero dedicado, además, desde hace años a escribir sobre problemas actuales con la vista puesta en el gran público (The Age of Diminished Expectations, de 1990, y Peddling Prosperity, de 1994, muestran su capacidad divulgadora) *. The Return of Depression Economics, su más reciente publicación, pertenece a este segundo tipo de trabajos y busca describir las crisis actuales –todas iniciadas por turbulencias financieras– y explicar sus causas para tratar de encontrar los remedios adecuados.

La parte primera del trabajo, la dedicada a interpretar los orígenes de cada crisis, está llena de aportaciones lúcidas y brillantes, enmarcadas en una prosa fluida y, en ocasiones, elegante. Por ejemplo, al considerar que el crecimiento de los países asiáticos –Japón excluido– presentaba enormes debilidades porque se debía a adiciones continuas de factores productivos sin que se apreciasen mejoras de la productividad total de los factores: el porcentaje de crecimiento no atribuible a tales adiciones y que resulta, fundamentalmente, de mejoras organizativas. De ahí que, sin la aportación de ese residual de Solow, la entrada en la zona de rendimientos decrecientes debilitase unas economías en las que, además, el funcionamiento de los mercados quedaba condicionado por la intensa colaboración entre gobiernos y grandes empresas. O, por ejemplo también, al pormenorizar el auge (19531973) y caída (años noventa) de la economía japonesa, una gran economía, la segunda del mundo por tamaño, en la que puede observarse ese continuo pacto implícito entre gobierno, grandes empresas industriales y grandes bancos que sirvió en su tiempo de palanca de crecimiento y que constituye, hoy, uno de sus problemas: palanca de crecimiento porque permitió, a los grandes complejos industriales, crecer sin sobresaltos; origen de los problemas actuales porque ese pacto difumina los errores marginales, precisamente los que el mercado corrige, y socava los basamentos fundamentales de su economía. O, por referirnos a otro ejemplo, el último, al mostrar la incompatibilidad entre los tipos de cambio fijos, la libertad de movimientos de capital y la política monetaria autónoma, la tríada incompatible que explica muchas de las crisis últimas, desde la asiática a la rusa pasando por la de varios países sudamericanos.

La segunda parte del libro, mucho más corta y dedicada a espigar los remedios adecuados es más discutible y puede causar perplejidad en muchos lectores. No por su ataque a la denominada economía de la oferta, de la cual el profesor Krugman ha abominado en más de una ocasión, sino porque las recetas ofrecidas ya han sido probadas, sin demasiado éxito, y porque, en un mundo intercomunicado, las soluciones a corto plazo pueden resultar extremadamente contraproducentes. Si resulta que un aumento de aranceles puede generar empleo en Argentina; si Japón, Estados Unidos y la Unión Monetaria Europea deben practicar una política monetaria más expansiva, puesto que su inflación presente es muy baja; si en varios de los países emergentes el control de cambios es necesario y conveniente adoptar un impuesto sobre préstamos exteriores, ¿no estamos orillando el problema? Pero, además, conviene no olvidar que un impuesto a la importación es, también, un impuesto sobre la exportación; que un poco de inflación puede conducir, fácilmente, a un mucho de inflación, y que el control de cambios y el impuesto sobre el capital exterior obligarán, al país que los impugne, a financiar su inversión con su ahorro interno y a desligarse de los grandes mercados internacionales.

Es posible que esas recetas sean parcialmente válidas pero no son nuevas porque la combinación de intervención más expansión de la demanda agregada no es sino el núcleo del keynesianismo más tradicional, el que ya demostró, en los años setenta y ochenta, que podía resolver los pequeños problemas pero a costa de agravar los que, de verdad, importaban.

01/11/1999

 
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