ARTÍCULO

Occidente ante el exorcismo inacabado

W. W. Norton, Nueva York
 

Es paradójico que la obsesiva relación contemporánea con el pasado, a la vez culminación y patología del movimiento reflexivo emprendido por la modernidad, rara vez sirva para iluminar aquellos aspectos de nuestra historia reciente cuya comprensión nos es más necesaria para afrontar la realidad: como ocurre en los dramas psicoanalíticos cuya representación cinematográfica a menudo constituye la involuntaria parodia de las terapias freudianas, es la fuerza misma del trauma padecido la que provoca su represión e impide la curación. Tal es el corolario de este libro: que hemos olvidado precisamente aquellas lecciones del siglo XX que más necesitamos tener presente para comprender y combatir el fenómeno del islamismo radical, que amenaza la estabilidad de nuestras democracias. Y así, la célebre sentencia de George Santayana, según la cual los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, corre el peligro de encontrar una grotesca refutación: también los pueblos que malinterpretan su historia vuelven a producirla. En este caso, es la ceguera liberal ante la dimensión de las amenazas totalitarias que provocaron dos guerras mundiales y el posterior enfrentamiento entre bloques lo que parece estar reproduciéndose en nuestros días: la tesis básica del autor es que asistimos a un nuevo episodio de la rebelión antiliberal, dada la identidad última entre los viejos totalitarismos europeos y el no tan nuevo fundamentalismo islámico. Es sorprendente la resistencia que esta plausible lectura encuentra en nuestras opiniones públicas y ámbitos académicos, donde no parece contemplarse más alternativa explicativa que aquella proporcionada por un pensamiento neoconservador que lleva la lógica del huntingtonguiano choque de civilizaciones al terreno de la Realpolitik, o, mucho más comúnmente, la corrección política que se alimenta de los lugares comunes del antiamericanismo y del orientalismo más beatíficamente moralista, para recordar que la culpa es siempre nuestra. Que el autor de este inteligente aunque imperfecto aviso a navegantes sea Paul Berman, conocido ensayista liberal norteamericano y afilado periodista, colaborador de medios como The New York Times y The New Yorker, ayuda a explicar su condición apenas oculta de obra de combate ideológico, en la tradición aquí reclamada del pensamiento antifascista del pasado siglo: una reflexión orientada a la acción. Pero sería un error juzgarlo como una mera provocación: es una notable contribución a la causa del desvelamiento de los múltiples clichés ideológicos que dominan el debate en torno al así llamado problema islámico.
La afirmación de la identidad esencial entre los movimientos totalitarios europeos del pasado siglo y el fundamentalismo islámico contemporáneo reside en su común oposición a la sociedad abierta liberal: ni la teoría del choque de civilizaciones, ni la proyección de una causalidad basada en la opresión occidental sobre el mundo árabe arrojan luz alguna sobre un fenómeno pavorosamente familiar. No se puede sostener la existencia de culturas separadas y en conflicto sin incurrir en alguna forma de idealismo; las propias biografías de los fundadores del islamismo y de sus más conspicuos combatientes son prueba de esa identidad escindida y múltiple característica de nuestro tiempo: «La distinción entre la civilización occidental y la no occidental se difumina a medida que tratamos de establecerla» (pág. 26). Podrá replicarse que la fuerza simbólica de las representaciones cuenta aquí más que la realidad a la que traicionan, pero es precisamente la batalla ideológica en torno a la definición de las mismas la que Berman insiste en librar. Sin embargo, son los orígenes del terrorismo occidental los que ocupan primero la atención del autor: en una absorbente exploración donde, como en el resto de la obra, se sacrifica la exhaustividad teórica y la exposición de fuentes en beneficio de la contundencia ensayística, el autor arranca del impulso rebelde señalado por Camus para exponer una genealogía del terror nihilista que tiene en Victor Hugo, Sade, Baudelaire o Dostoievski sus precursores literarios. En ellos, así como sobre todo en un Nietzsche incomprensiblemente ausente aquí, se celebra por vez primera la rebelión contra todos los valores morales, con un programa de acción que incluye el asesinato y el suicidio: «Ése era el nuevo impulso torcido en Europa: la rebelión que comienza con la libertad y termina en el crimen» (pág. 31). Simultáneamente, se suceden las demostraciones prácticas de este ideario a la sombra del progreso decimonónico: desde Nechaev y su secta libertaria hasta los magnicidios del rey de Italia y el presidente McKinley, con el asesinato del archiduque Francisco José como gran finale que da paso a la Primera Guerra Mundial. No obstante, es a su término cuando el primer acto de terror estético consciente tiene lugar: la bomba que el anarquista Luigi Galleani hace explotar en Wall Street en 1920, como represalia por el arresto de sus compañeros Sacco y Vanzetti: treinta y tres muertos anónimos, como un eco de la posterior frase de Breton, transgresión total por razones simbólicas. La prosa burguesa era desafiada por la violenta poesía del nihilismo.
Definitiva articulación del rechazo de la sociedad liberal, los totalitarismos europeos consolidados en los años de entreguerras esconden, bajo su aparente diferencia, una identidad reconocible: el autor necesita dejar sentada esta premisa. En todas sus variantes, incluida la comunista, el fascismo pretende reducir la sociedad a un principio único al que se debe obediencia, contra el reconocimiento liberal de la pluralidad de valores, intereses y fuentes de poder sociales, que encuentra debida expresión institucional: garantías cuyo valor la costumbre parece habernos hecho menospreciar. Describe Berman cómo, al margen del resto de sus rasgos compartidos, todos estos movimientos se aferran a un mismo mito, cuya presencia en la modernidad simboliza, a través de sus múltiples variantes, el anhelo nostálgico por el paraíso perdido, por una inocencia que no es de este mundo: el relato, en el Libro de la Revelación de San Juan, del ataque al pueblo de Dios por parte de los ciudadanos de la Babilonia degenerada y las fuerzas de Satán, que da paso a la guerra de Armagedón y al establecimiento durante mil años del Reino de Cristo. Los totalitarismos no hacen más que secularizar esta promesa. Porque, siempre, la sociedad reconciliada espera al final del camino: a la perfección por la servidumbre.
Así, Berman no duda en hablar de totalitarismo cuando centra su atención en el mundo árabe: tal como sus dos principales manifestaciones, baazismo e islamismo, vienen palmariamente a reflejar, se trata de variantes locales de la misma idea europea, cuya influencia en Oriente Próximo pasó relativamente inadvertida ante el aparente ascendiente poscolonial del socialismo revolucionario. No obstante, es el análisis de la obra del autor más influyente de la tradición islamista, Sayyid Qutb, egipcio formado en Estados Unidos y represaliado por Naser hasta la muerte, ideólogo principal de la Hermandad Musulmana y principal teórico de la causa islamista, el que sirve al autor como ilustración de sus tesis. Para Qutb, naturalmente, la sociedad occidental está en crisis. Y su análisis apunta hacia la arrogancia de la razón humana, que termina provocando la «horrible esquizofrenia de la vida moderna», expresada en la separación liberal del Estado y la Iglesia, que confina la religión a la esfera privada: inaceptablemente, «una sociedad tal niega o suspende la soberanía de Dios sobre la tierra» (pág. 80). ¿No es semejante crítica, sin embargo, un eco de la formulada por la filosofía europea, con Heidegger y Husserl como precursores y la Escuela de Fráncfort como principal exponente? ¿No encontramos aquí también el lamento por la presunta separación del hombre respecto de su auténtica naturaleza y el anhelo de su recuperación, como nostalgia antes humana, en consecuencia, que puramente occidental? El liberalismo no es una cura para la enfermedad humana –sólo un remedio para frenar la tendencia al dogmatismo que esa enfermedad produce: ningún sistema político puede curarla–. Sin embargo, la dimensión práctica del proyecto teórico del islamismo, tal como Qutb lo formula, marca una diferencia con las formulaciones europeas. Su preocupación era que las ideas liberales pudieran penetrar en la mente islámica, como Turquía había demostrado tras la abolición kemalista del califato: porque la tolerancia y la apertura expulsan a Dios de la sociedad, y el islam es una totalidad que no admite gradaciones. No es política, sino religión. Su análisis teológico conduce a un programa práctico: el islam es una forma de vida y el creyente debe sacrificarse en la jihad, todavía sometida en Qutb a algunas limitaciones éticas que la posterior evolución del islamismo acabará por suprimir. Esa evolución es una historia siniestra, caracterizada por lo que Berman llama «la política del sacrificio»: un nuevo viva la muerte que encuentra en Irán e Irak, en Algeria y Sudán, en Cachemira y el terrorismo suicida sus jalones. Y en Bin Laden su efigie global.
La condición antiliberal del islamismo radical desmiente el lugar común según el cual el siglo XX concluyó con el derrumbamiento de los regímenes comunistas: dado que la rebelión contra el liberalismo nunca ha perdido fuerza, ni el siglo XX ha terminado ni el XXI comenzado. De forma preocupante, es la ingenuidad racionalista de la sociedad liberal ante las amenazas totalitarias lo que amenaza asimismo con reaparecer. Para Berman, no hay más que recordar los argumentos esgrimidos hace no tanto tiempo en defensa de Mao, de Pol Pot, de Stalin; o la trayectoria del socialismo democrático francés que termina colaborando con Vichy. Y aunque la izquierda de la que él mismo se reclama parte es aquí el objeto principal de su crítica, sobre todo en su denuncia del simplismo chomskyano y su preocupante popularidad, su llamada de atención atañe a la incapacidad general de la sociedad liberal para reaccionar y defenderse frente a amenazas a las que siempre tarda en dar crédito. Europa ante Yugoslavia es el ejemplo más reciente, pero históricamente no faltan en nuestro continente muestras de un cómodo neutralismo que acaba exigiendo los sacrificios ajenos: el sueño cantonal de una Suiza está manchado de sangre ajena. De ahí que el autor lamente la oportunidad perdida por la administración Bush tras el 11-S, emprendiendo una campaña militar en términos nixonianos, en lugar de embarcarse en una extensión de corte wilsoniano de los principios liberales, edificada sobre el espíritu de las revoluciones democráticas de 1989. Extensión que requiere una previa guerra de ideas que, a su juicio, sólo lo que llama una Tercera Fuerza, cincelada a imagen y semejanza de los escritores y pensadores antifascistas del siglo XX, de izquierda y derecha, distinta de los conservadores y cínicos, distinta de los izquierdistas apocalípticos, puede ganar. ¿Delirios de la intelectualidad americana? Puede ser. Pero pensémoslo dos veces antes de responder que sí.

01/02/2005

 
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