ARTÍCULO

El lugar del hijo

 

A partir de El comienzo de la primavera (Premio Jaén 2009), la presencia del argentino Patricio Pron (Buenos Aires, 1975) en el mundo literario español (en caso de que este sintagma signifique algo) ha sido indudablemente acelerada y persistente, casi ubicua. A su visibilidad contribuye una vigorosa voluntad de participación crítica, incrementada en diversos medios, la publicación el año siguiente del libro de cuentos El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, y en este año de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, una obra de las llamadas de no ficción, todo ello bien aderezado de unánimes alabanzas a su labor literaria, algunas puramente ditirámbicas. Un caso, para decirlo pronto, de incrustación referencial, lo que obliga a dilucidar, en aras de la impertinencia crítica, tanto sus méritos como la significación que viene adquiriendo en la actualidad. Respecto a lo último no parece improbable, como ya se señaló en estas páginas («Visita rutinaria al horror», núm. 148, abril de 2009), que Patricio Pron pueda ser visto como una réplica del seísmo literario generado por Roberto Bolaño. En Patricio Pron la averiguación del lugar de la ficción o el estatuto que hoy se otorga el escritor se dirían emanaciones de los procedimientos utilizados por Bolaño. Sin embargo, más que esas filiaciones, resulta particularmente convergente su ensalzamiento de escritor revelación. Es como si, a falta de un Bolaño vivo, el ruedo literario se avivara con las promesas de otra figura que lo desplaza y de quien cabe esperar todo tipo de prodigios. 
No le faltan a Patricio Pron talento ni cultura para ocupar la hornacina a la que ha sido enaltecido. Pero de esa consolidación no se ha derivado –como sucede cuando la unanimidad arrasa el criterio– una clara confrontación entre su propuesta literaria –auspiciada por una buena promoción– y la lectura que el propio Pron parece querer propiciar con El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Estamos ante un libro que evita –sin lograrlo por completo, como es de rigor– el recurso a la ficción y se decanta por el testimonio, sirviéndose de documentos, sobre la experiencia argentina de los desaparecidos en los años de la dictadura, en concreto en la biografía de sus padres, y la herencia ética que le atañe a él mismo, al escritor que, con esta pesquisa familiar, se propone conocer su implicación, pese a declarar, muy al principio, no tener curiosidad sobre sí mismo. 
Sin entrar en los litigios que cuestionan el aprovechamiento de una realidad sin mezcla de ficción, y aceptando que la construcción sintáctica se sobrepone a lo real, conviene leer El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia tal cual se presenta, como un relato sobre la indagación de unos hechos, «principalmente verdaderos», que se transcriben de una carpeta en la parte II del libro de modo literal, indicando su «sintaxis absurda» y mostrando entre corchetes la intervención de la lectura. El libro sigue el procedimiento de ir sumando fragmentos, cuya numeración, en ocasiones, es repetitiva o caótica, como si así quisiera expresarse la pulsión desordenada de la pesquisa. Muy resumidos, los hechos refieren el caso de un «tonto faulkneriano», aparecido asesinado en un pozo, con cuya hermana, desaparecida años atrás, el padre del narrador compartió vivencias políticas y acaso fue ella quien despertó su conciencia social. El descubrimiento de esta carpeta se produce al regresar el hijo de Alemania para visitar a su padre enfermo. El hijo acaricia un proyecto, todavía en agraz, de escribir sobre la historia reciente de Argentina, y precisamente será esa carpeta lo que le estimule a conocer la experiencia vivida por sus padres bajo la dictadura, guiado por la simetría y el laberinto de la búsqueda: «Yo estaba allí y tenía una historia para escribir y era una historia de las que pueden hacer un buen libro porque tenía un misterio y tenía un héroe, un perseguidor y un perseguido». 
La cita ya deja ver que el propósito moral de recuperación de una memoria se pliega a la convención dominante de una narración que se somete a lo atrayente de una historia que incluya «misterio» y «héroe». Sin duda, esta añagaza era inevitable para que el libro fuera más literario que documental, pero a la vez delata que no se ha escapado del todo al género policíaco, a pesar de las insistentes tácticas del narrador por rehuir su forma. Pero esto no es, al cabo, demérito del libro, sino más bien su mejor aplicación, que por una vez no me sonroja calificar de honradez narrativa, y que acarrea el inconveniente de que la transcripción de los hechos se exponga de una manera inevitablemente confusa. El hijo no acaba de entenderlos, aunque los lea detalladamente, y tampoco los entenderá el lector. Los documentos declaran, debido a su carácter privado, a su recopilación compulsiva, más opacidad que transparencia. Y en esa confusión el libro opera una suerte de afanosa cirugía que intenta separar la verdad histórica –representada por el padre, periodista de profesión– y la imaginación literaria –esta claudicante pero resistente– encarnada en el hijo escritor. 
Esta dificultad en dejar clara la brecha se ve constantemente reprobada. El libro suscita más incógnitas de las que resuelve. Su intención, en todo caso, no pretendía ser apologética del «héroe» ni resolutiva respecto al «misterio». La narración va construyéndose, podríamos decir, con las perplejidades que produce la necesidad de comprender. Se comprende la actitud ética de los padres frente a las atrocidades de la dictadura, su actividad política a favor de las libertades, pero el caso concreto se diluye en el marco general de las gentes que se comprometieron con esos hechos trágicos. El caso particular del padre sirve de exponente para establecer la conexión entre dos generaciones crecidas en regímenes políticos diferentes, y poder crear así los puntos de apoyo para restituir, y compartir en lo posible, la dignidad de quienes vivieron dolorosamente bajo un régimen opresivo. De este modo se hace emerger la experiencia de los desaparecidos no como cuestión privada, sino como problema nacional. 
En este punto el libro cumple su función primordial de orientar un debate que no solo compromete a Argentina, sino a cualquier país con una historia semejante, devolviendo a la literatura su esfumado papel de agitador de conciencias. El empeño no podía ser más loable. Pero se ve demasiado lastrado por las figuraciones que de sí mismo hace el narrador y por el exceso de deliberaciones sobre el mejor modo de afrontar la escritura del libro, aspectos que terminan erigiéndose en lo más intrínsecamente intencionado, y que distrae de la determinación social del libro, que se subordina al cabo a una rememoración de la relación padre-hijo. Son estas, sin embargo, páginas de buena factura, pero aquí su calidad y sutileza proponen un estremecimiento que no necesitaban para existir de la imputación política.

01/11/2011

 
COMENTARIOS

Graciela 26/06/16 21:38
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