ARTÍCULO

Lógica maldita

Siruela, Madrid
Trad. de Bettina Blanch Tyroller
194 pp. 16,90 €
Siruela, Madrid
Trad. de Juan José del Solar
244 pp. 17,90 €
Siruela, Madrid
Trad. de Rosa Pilar Blanco
268 pp. 19,90 €
 

Ni La bestia del corazón ni La piel del zorro son textos nuevos, pero su rescate por parte de Siruela, la editorial que más ha apostado por Herta Müller en el ámbito hispanohablante, sí revestirá el carácter de novedad para aquellos que el 8 de octubre pasado descubrieron con perplejidad que el Premio Nobel de Literatura era otorgado a una escritora casi desconocida. Nacida el 17 de agosto de 1953 en el poblado rumano de Nitzkydorf, Müller creció en un ambiente hostil a la minoría alemana de la que formaba parte, una minoría aislada lingüística, religiosa y culturalmente de sus vecinos, y geográficamente del sitio del que provenía, pero obligada a cargar con sus culpas históricas, particularmente la de las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, en la que murió el padre de la escritora y tras la cual su madre debió pasar cinco años en un campo de trabajo en la antigua Unión Soviética.
La bestia del corazón (Herztier, 1994), publicado originalmente por Plaza & Janés en 1996, recrea ese clima hostil. En el libro, el suicidio dudoso o inducido de una compañera de habitación de la narradora y la posterior lectura de su diario la conducen a ponerse en contacto con tres estudiantes también de origen alemán que procuran rescatar los documentos de su barbarie. Los vínculos que se establecen entre ellos se vuelven pronto estrechos, por cuanto son los únicos que resisten a la delación, y, aunque el final de los estudios supone su separación física, los miembros del grupo no se pierden de vista; más aún, las cartas que intercambian son las únicas que les devuelven una individualidad que les es robada continuamente y les ayudan a apartar los planes de suicidio y de fuga que urden en solitario y que tan solo concretan cuando el cerco ya se ha estrechado demasiado sobre ellos y han perdido sus puestos de trabajo debido a su disidencia política. Sin embargo, tampoco la emigración a la República Federal de Alemania pone fin a la persecución de la Securitate rumana, que asesina o fuerza al suicidio a buena parte de ellos.
«El sentido de mi literatura es el de no dejar caer en el olvido los años vividos en Rumanía como miembro de la minoría alemana», sostuvo Müller a poco de recibir el Premio Nobel. Al igual que en la mayor parte de sus obras, La bestia del corazón no esconde el fondo biográfico del que surge: como su narradora, Müller también estudió Literatura alemana y rumana en la Universidad de Timisoara y formó parte del «Aktionsgruppe Banat», un colectivo de jóvenes escritores rumanos en alemán que no tardó en ser reprimido. Al igual que su narradora, Müller fue despedida de la fábrica en la que trabajaba como traductora por negarse a colaborar con la policía secreta y debió ganarse la vida dando clases particulares de alemán hasta que se le permitió abandonar el país en 1987. Como su narradora, Müller procuró durante años escapar al miedo, pero éste es tenaz: «Si controlas la expresión, se te cuela en la voz. Si consigues controlar la expresión y la voz como si de un pedazo de carne muerta se tratara, se te cuela en los dedos. Se te adhiere a la piel. Se escapa y lo ves en todos los objetos a tu alrededor», escribe.
El mismo fondo de miedo y persecución aparece en La piel del zorro (Der Fuchs war schon damals der Jäger, 1992), publicado por Mondadori en 1997. Aquí, al igual que en su primer libro, En tierras bajas (Niederungen, 1982), la autora tiene menos interés en contar una historia singular que en ofrecer un retrato plural de la vida en un poblado rumano durante las postrimerías del régimen de Nicolai Ceaucescu. Sus personajes son, entre otros, una obrera que se convierte en amante de un funcionario de la Securitate, un joven que llena sus días en el servicio militar con fantasías de fuga, un portero que convive cínicamente con la corrupción en la fábrica en la que trabaja y una maestra que es acosada por el régimen y debe refugiarse en la casa de unos amigos en el sur del país para salvar la vida; pero el verdadero protagonista del relato es una realidad enrarecida en la que el peso de la ciudad pende del ojo de quien la observa, el rostro de un niño huele a fruta guardada, los hombres mueren cuando se les ha cortado tanto cabello como para llenar un saco, los álamos se ponen de cabeza en el río, el viento siente miedo al pasar por las calles donde viven los funcionarios del régimen, las hojas de las acacias parecen peines, el lápiz de labios sabe a frambuesas podridas y mosquitos y las preguntas no dichas golpean los dientes con la lengua.
Herta Müller es la artífice de un estilo poético y duro que no está reñido con el compromiso político y la denuncia y al que la autora devuelve el sitio que siempre le han otorgado los grandes escritores: el de su primera y más importante invención. El insólito espesor lírico de su obra se caracteriza por los collages, los símiles y comparaciones sorprendentes para el lector y los hallazgos poéticos, no sólo en La piel del zorro: en La bestia del corazón, los niños se hacen charreteras con flores porque quieren ser policías, los perseguidos deben introducir un cabello en sus cartas para saber si han sido abiertas, la madre de la narradora da cuerda a los relojes de su marido muerto hasta que sus fuelles revientan, los trabajadores de los mataderos beben sangre caliente, una madre ata a su hija a una silla con los cinturones de sus vestidos, un niño diablo tiene dos pulgares en cada mano y su profesor debe cortárselos para que mejore su caligrafía, un vestido colgado de una silla parece una ahogada y las medias, dos piernas amputadas.
Müller comparte con otra Nobel germanoparlante, la austríaca Elfriede Jelinek, la convicción de que la verdad íntima del lenguaje es su radicalidad. Autora de veintidós libros, entre novelas, poesía y ensayo, la escritora ofrece en ellos una crónica brutalmente honesta y lírica de la persecución y la represión bajo un gobierno totalitario, pero también una manifestación irreprochable de la potencia de la gran literatura. «Con las palabras en la boca aplastamos tantas cosas como con los pies sobre la hierba», escribe en La bestia del corazón. «Una palabra airada puede pisotear en un segundo más cosas que dos pies en toda una vida», sostiene a su vez en La piel del zorro.
«El círculo vicioso de las palabras confiere de buenas a primeras una especie de lógica maldita a lo vivido», ha afirmado el pasado diciembre en su discurso de aceptación del Nobel, donde también ha recordado que las palabras «donde sorprenden a lo vivido es donde mejor lo reflejan. Se vuelven tan apremiantes que lo vivido debe aferrarse a ellas para no deshacerse». De todo eso vivido que no puede olvidarse se componen las excelentes La piel del zorro y La bestia del corazón. A ambas obras se le suma la traducción de su última novela, la extraordinaria Todo lo que tengo lo llevo conmigo (Atemschaukel, 2009), basada en los textos autobiográficos del poeta Oskar Pastior (1927-2006) y en las charlas que la autora mantuvo con el mismo y con otros sobrevivientes al internamiento en un campo de prisioneros soviético; sin embargo, contra lo que podría pensarse, Todo lo que tengo lo llevo conmigo no es la biografía de Pastior (ni siquiera su biografía novelada) sino una historia colectiva de persecución y aislamiento de una minoría cultural resumida en y narrada a través de las experiencias de un solo individuo, y un modo personal de conjurar un silencio doloroso: al igual que Pastior, la madre de Müller pasó cinco años en un campo de trabajo en la antigua Unión Soviética pero nunca quiso contarle a su hija lo que había visto y vivido allí.

01/07/2010

 
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