ARTÍCULO

El bien automático

Alfaguara, Madrid, 1999
Traducción de Jordi Fibla
512 págs 2.950 ptas.
 

El mundo no es lo que parece, y será misión del escritor descubrir la verdad más allá de las apariencias. El escritor es un desenmascarador. Revela, contando historias sobre el mundo, la verdad del mundo. En Pastoral americana, Premio Pulitzer 1998, de Philip Roth, el escritor Nathan Zuckerman reencuentra un día al héroe de su infancia y adolescencia, Seymour Levov el Sueco, hombre perfecto, anómalo de tanta perfección, rubia estrella juvenil del fútbol, el béisbol y el baloncesto, triunfal hombre de negocios, judío que no parece judío y modelo de todos los niños judíos de Newark. Es una noche de verano de 1985, y, en Nueva York, en un partido entre los Mets y los Astros, el Sueco se le aparece a Zuckerman, treinta y cinco años después de la última vez, joven viejo todavía majestuosamente divino. Zuckerman merece la absoluta confianza de Philip Roth, que lo hizo personaje de sus mejores páginas y convirtió su autobiografía (Los hechos, 1988, el libro de Roth que prefiero) en una carta a Nathan Zuckerman.

El Sueco pide la ayuda profesional de Zuckerman para escribir un recordatorio de su padre difunto. Estamos en un restaurante de Nueva York, donde clientes y camareros admiran al Sueco, anciano bellísimo, moribundo, el hombre más feliz de la tierra. ¿Llama al escritor para pedirle auxilio? ¿Para que lo ayude a entender la vida y la extinción inminente a través del pasado y el fantasma del padre? No. El Sueco se limita a enseñar fotos felices de sus hijos esplendorosos, campeones del estudio y el deporte, y de su segunda esposa, veinte años más joven que él. El Sueco está vergonzosamente seguro de todas las trivialidades que dice: lo más hondo que parece ofrecer es su extrema superficialidad impecable. Entonces el escritor Zuckerman piensa: este hombre está loco o es un fingidor repulsivo. La sonrisa feliz es el signo de su infeliz insania. A los setenta años, recién operado de la próstata, no se puede seguir siendo inocente.

El Sueco se convertirá en una tentación para el escritor Zuckerman, desconfiado por naturaleza y oficio. Zuckerman mira con impaciencia profesional para descubrir en el Sueco, tras la caricatura de la felicidad extraordinaria, la cara real, es decir, la desdicha común. Philip Roth persigue el mismo objetivo que Zuckerman: alcanzar y desvelar el alma del Sueco. Porque, salvo para mentalidades ingenuas, la figura del hombre feliz es un oxímoron, una contradicción en los términos, sobre todo cuando el hombre es viejo y ha empezado a morirse. Entonces viajamos al pasado, en busca de la verdad del Sueco, y recorremos tres estaciones mitológicas, las tres partes de Pastoral americana: Paraíso recordado, La caída, Paraíso perdido. El punto de partida es una reunión de antiguos alumnos del Instituto de Bachillerato donde estudiaron hace cuarenta y cinco años el Sueco y Zuckerman y Philip Roth, que para rendir homenaje a Proust aprovecha el baile de los ancianos, amenizado por un sintetizador-orquesta y un vocalista que remeda a Sinatra: es como si los niños de antaño se movieran en la pista con cómicas máscaras de cartón, imitación de las caras que tendrán a finales del siglo XX.

El cáncer, la muerte, el Ángel del Tiempo vuela sobre los decrépitos bailarines, que creen revivir aquella energía del pasado, cuando Estados Unidos acababa de ganar la Segunda Guerra Mundial, y ellos eran niños más afortunados que los nobles nacidos en palacios de la Florencia renacentista. Entonces, en la fiesta, Zuckerman encuentra a Jerry Levov, el hermano del Sueco. Jerry es cirujano, oficio parecido al de escritor: el perspicaz escritor moderno debe poseer ojos con rayos X y escáner y bisturí; agudeza y penetración son sus virtudes. Jerry trae una noticia: el Sueco ha muerto. El héroe ha muerto al principio de la novela, como en La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi. Pero sigue viva el ansia de Zuckerman: ver la verdadera cara del Sueco detrás de la máscara preciosa. Y, puesto que la muerte da sentido o destino a la vida poniéndole punto final, Zuckerman insiste: es hora de saber a través de Jerry Levov la verdadera historia de Seymour Levov el Sueco.

Y lo que oímos es la historia de cómo el Sueco estuvo a punto de dejar de ser el magnífico Sueco. Penetramos en el tiempo de la Caída y la pérdida del Paraíso: volvemos a los años de la guerra de Vietnam. Una comunidad, como diría Richard Rorty, necesita cuentos para entenderse a sí misma como comunidad, o como diría otro personaje de Roth, Peter Tarnopol, necesitamos historias que nos ayuden a vivir. Roth ha ampliado el escenario de sus novelas domésticas, o ha entendido que sus familias forman parte de una familia mucho más dilatada y gloriosa, la nación, Estados Unidos, y sus últimas novelas son episodios nacionales: la guerra mundial en El teatro de Sabbath, la maldición del macarthismo en I married a communist. La guerra civil en Estados Unidos contra la guerra en Vietnam es el asunto de Pastoral americana: honorables industriales dirigen cartas al presidente pidiendo la paz, e infames hijos de honorables industriales ponen bombas contra la guerra. Es el secreto del Sueco: su hija fue la célebre terrorista de Old Rimrock.

El personaje perfecto, el Sueco, exigía, para el equilibrio del melodrama, un monstruo, la repugnante Merry Levov, hija única del dios: a los 16 años puso una bomba en la oficina de Correos y mató al benéfico médico del pueblo. Voló la oficina y voló la vida ideal de los Levov. ¿Cómo es Merry, la sanguinaria batalladora contra la guerra del Vietnam? Era una niña delicada y tartamuda que un día empezó a devorar hamburguesas con cebolla frita y helados de crema y se transformó en una giganta gorda. Sus padres eran el estudiante atleta y la Miss Nueva Jersey de 1949, bellos y benditamente trabajadores. La terrorista tartamuda desbarató el futuro. Miembro de la cuarta generación americana de un familia judía llegada desde Europa a finales de 1890, fabricantes de suavidad y guantes de señora, la sanguinaria Merry debería haber sido la superación de su padre, que había sido superación de su padre, que a su vez superó al abuelo, pero fue voluntariamente deforme, sucia, la fiera americana indígena (así lo escribe Roth), en fuga, desaparecida, perseguida por el FBI.

El Sueco es ahora, por culpa de la bestia, un hombre que llora solo en un coche durante una fiesta familiar: la duda ha irrumpido a través de las grietas de su cabeza de estatua dinamitada. ¿Qué hizo para tener una hija así? El Sueco conoce por fin el tormento del incesante examen de conciencia: ¿sus virtudes eran vicios? Ha perdido la inocencia. ¿Envenenó a su hija con aquel beso que le dio en la boca un día de playa? ¿O fue con la televisión y aquellas imágenes del bonzo que se quemó vivo en una plaza vietnamita? Philip Roth reajusta las piezas de su novela, y Zuckerman desaparece, y ahora oímos la voz de un narrador que entra y sale en las habitaciones y en la conciencia del Sueco. El principal efecto narrativo de la bomba de Merry ha sido éste: el Sueco ha descubierto su conciencia.

Pensar en el Sueco es pensar en lo que sucedió en Estados Unidos en los años de Vietnam. Ahora el Sueco tiene conciencia, es decir, dudas, y sólo desea esconderse, como Caín cuando tuvo conciencia de su crimen. El bien automático, instintivo, como los gestos naturales y fulminantes de un as del deporte, ha sido sustituido por la reflexión, por el desdoblamiento. Patéticamente, sin ironía ni parodia, el Sueco hundido en su propia conciencia me recuerda antiguos personajes de Roth, que intentaban que el psicoanalista les explicara terapéuticamente la doblez de la realidad. Pero el perfecto Sueco no está hecho para una vida desquiciada, averiada, fea. Su hermano, Jerry Lavov, dice que fue bueno, banal y convencional, criado para ser tonto, alma bendita, lo mejor de Estados Unidos, es decir, del mundo, aunque el escritor Zuckerman busca algo más que una banal cadena de adjetivos convencionales. La hija terrorista y sus camaradas son como el escritor: retorcidos, desconfiados, quieren descomponer y arrancar la pose y la máscara de padre excelente.

La mala hija ha envenenado al padre bueno: le ha inoculado el dolor de la vida interior y la vergüenza de hacerse pasar por un hombre entero, a pesar de estar dividido, hecho pedazos. ¿Debe el Sueco automáticamente bondadoso odiar al sistema que le dio la oportunidad de triunfar? ¿Puede considerarse un capitalista depredador y asesino por dirigir una fábrica de guantes fruto del trabajo de tres generaciones? El luminoso Sueco se llena de sombras, y busca la luz de su hija, y un día se le aparece Santa Angela Davis, ídolo de su hija revolucionaria, para anunciarle que Merry no es una criminal, sino la Juana de Arco del movimiento pacifista y anticapitalista americano. Philip Roth despliega sus poderes caricaturescos: la hija criminal, la terrorista ancha, irrumpe en escena transformada en un esqueleto devoto de la secta jainita (los hijos perdidos siempre acaban en una secta: en los años setenta y en los noventa; me estoy acordando de la última novela de Updike, La belleza de los lirios), cubierta por un velo para no perjudicar a los microorganismos del aire; si antes no se bañaba para no perpetuar los valores burgueses del padre, ahora Merry no se baña por respeto a la vida microbial, y no se mueve de noche por temor a pisar algún oscuro ser vivo. Es partidaria de la No Violencia absoluta. Vive en un cuchitril sin ventanas. Apesta. Es la destrucción absoluta del mundo del Sueco, y el Sueco le vomita en la cara.

Pastoral americana es una serie de grandes escenas: la escena del reconocimiento entre el padre y la hija; el encuentro sexual con Rita Cohen, la terrorista podrida y chantajista; la entrevista del padre judío con la futura nuera católica, donde presagia el mal para los descendientes del matrimonio mixto; el baile proustiano de los antiguos alumnos; la cena final y ridícula de Levov y sus amigos y su trama de trampas y adulterios. Philip Roth vuelve a ser en las páginas finales un escritor de costumbres domésticas, con mujeres que huyen de la depresión haciendo que sus maridos les compren una cara y una casa nuevas, y arquitectos sensibles que son hipócritas pintores abstractos y te birlan la esposa. Y no falta el títere intelectual, Marcia, profesora de literatura en Nueva York, estridente río de palabras para exhibirse, pura vanidad, representación ejemplar del mundo académico, según Philip Roth: Marcia provoca la hostilidad de la gente porque condena lo que es digno de admiración para la mayoría y para Philip Roth. Marcia se ríe de sus anfitriones, como hubiera hecho el Roth de sus primeras novelas, porque, llenos de alcohol, lujuria y rivalidad, no ven que son pilares de un mundo que se hunde.

La profesora Marcia disfruta de la fragilidad de las cosas. Pero se equivoca, como el escritor Zuckerman: Levov no fue un farsante, sino que logró ser parte de una familia y una nación, Estados Unidos, como no pudo Zuckerman, a quien le queda algo de judío en mundo ajeno, heredero de la vieja Europa y su cultura de la duda y el desdoblamiento en la reflexión. El Sueco Levov no aprecia ninguna distancia entre lo que nos enseñan y lo que hemos de vivir, y obtendrá su premio: vivirá otra vida feliz (que nadie nos cuenta), rehecho gloriosamente, veinte años después, a pesar de que un día el mal invadiera su casa y de que su ciudad, la ciudad de Philip Roth, Newark, haya caído en poder de los negros, drogadictos y ladrones de coches. Y feliz morirá al principio de Pastoral americana, en el Paraíso recordado, para que viva su personaje infeliz. Parece que para ser personaje de novela hay que perder el paraíso, aunque perder el paraíso sólo sea un momentáneo perderse a sí mismo.

01/08/1999

 
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