ARTÍCULO

Pasiones acerbas

Anagrama, Barcelona
264 pp. 14 €
 

Alejado de lo que, con palabras de Jiménez Lozano, podemos llamar «gran estilo internacional con vistas al consumo» –lo cual equivale a hablar de productos susceptibles de ser comercializados simultáneamente en cualquier punto del orbe y hechos a partir de presentismo noticiable, escasa profundidad y referentes que básicamente proceden del ámbito mediático–, Andrés Barba (Madrid, 1975) prosigue su personal trayectoria narrativa, tan próxima a la psicoficción. No en vano, y aunque aún le quede mucho camino que desbrozar, al joven escritor se lo ha comparado con Henry James.

Si en La hermana de Katia –segunda novela de Barba, finalista del Premio Herralde 2001– el autor nos ofrecía una obra que exploraba las relaciones fraternales y, de paso, aunque en un segundo plano, la conflictiva relación de la adolescente Katia con su madre, en Ahora tocad música de baile, Barba abre considerablemente el ángulo del foco, al par que abisma la mirada del narrador. Si en aquélla asistíamos a las andanzas de la airada e irreverente Katia y al tránsito hacia la adolescencia de su hermana pequeña a partir de una serie de sucesos cotidianos que imprimían al relato un ritmo muy ágil, ahora nos encontramos con un texto denso, introspectivo, decididamente anclado en el análisis psicológico, protagonizado por los cuatro miembros de una familia y narrado mediante la alternancia de tres voces, la de un narrador en tercera persona más las del padre y la hija, que se expresan en la primera. Entre una y otra novela, Barba publicó La recta intención (2002), libro que reúne cuatro nouvelles, de las cuales «Filiaciones» presenta numerosas analogías con esta nueva novela que hoy me ocupa.
 

«Ahora tocad música de baile es ante todo una epopeya afectiva», leemos en la contraportada al acabar de leer.Y emocional, sentimental, pasional, podemos añadir. Porque son los afectos, las emociones, los sentimientos y las pasiones (singularmente la pasión amorosa en sus diversas manifestaciones y ramificaciones, así como en sus anversos y negaciones) los que se lidian en el exacerbado ruedo familiar, cuyo centro lo preside Inés Fonseca, la madre. Pero no se imaginen a una matriarca a lo Bernarda Alba ni tampoco una «Señora» como la María Antonia de «Filiaciones». Precisamente uno de los aciertos de la novela es presentarnos a tan poderosa figura desde el silencio, el extravío, la debilidad y la decrepitud a que a Inés la va abocando el Alzheimer: es decir, desde la muda elocuencia de su conducta errática, desde el fulgor de su pasada belleza irradiando en las fotografías que adornan los espacios familiares y desde el recuerdo de los otros. El primer «movimiento» narrativo se remonta a la Navidad de 1999, cuando aparecen los primeros síntomas de la enfermedad, hecho que propicia que cuantos se habían liberado o al menos distanciado del ineludible magnetismo de Inés vuelvan a danzar en torno a ella, lo cual da pie a unas cuantas rememoraciones –breves, puntuales, bien seleccionadas y repartidas entre esposo e hijos– que iluminan la situación presente y estimulan la indagación y la reflexión, ante la perplejidad que a todos les invade. El cuarto y último movimiento transcurre en julio de 2003. Entre uno y otro, Andrés Barba puntea, a ráfagas, el fulgor y la muerte de Inés Fonseca. Y el tributo que ambos exigen.

Con Inés, en el piso familiar, sobrevive Pablo, un jubilado de Renfe que, tras largos años de refugiarse del desprecio de su esposa con la rudimentaria arma del insulto soez, se siente de pronto necesario para «esa criatura extraña que estaba ahora naciendo en Inés, dentro de ella, robándole sus gestos, sus costumbres». El día a día de ambos, y la transformación que se opera en su relación conyugal, con una Inés apeada de sí misma, es una de las líneas más sugestivas de esta novela que trata de las metamorfosis íntimas. Es esta la parte que más me ha interesado de Ahora tocad música de baile: el revivir de un hombre humillado (por Inés y por el hijo, los dos guapos y fuertes de la familia), su extrañeza ante el nacimiento en él de la piedad y el titánico esfuerzo que el peso de esta otra forma de amor le exige. Por eso, al final, ante la derrota personal que supone la necesidad de ingresar a Inés en una clínica, Pablo se pregunta: «Cómo vuelvo ahora a mi casa con los ojos de Inés mirándome desde esta cama, cómo vuelvo a mi casa y hago las cosas de siempre con tus ojos clavados en el techo de la habitación, en la cocina, en el cuarto de baño, cómo vuelvo a casa cargando el insoportable peso de tu amor».

Y es cierto que por momentos la voz de Pablo resulta poco creíble: excesivamente elevada y lírica, se compadece mal con el hombre sencillo, orgulloso únicamente de su uniforme, y tan solo e indefenso en la lucha contra la muerte en que se ha convertido la rutina diaria, que dirige su soliloquio-confesión al «señor presidente» de la compañía ferroviaria que lo mira desde una fotografía conmemorativa: «Tal vez sea yo el culpable, señor presidente, pero no podía dejar de sentir rechazo por las personas que permiten que otros las amen sin amar ellas a su vez. Por esa razón dejé de querer a Inés hace años, porque en realidad comprendí la tragedia más simple y patética de todas: que yo era sustituible, que le bastaba un ser parecido a mí, un hombre que no molestara demasiado a su soledad, cuya presencia no le resultara ni demasiado torpe ni demasiado visible, una especie de comparsa». Pero ello no quita que, sin incurrir en el fácil expediente de la sentimentalidad rosa, el melodramatismo o la moralina, Andrés Barba construya en Pablo un personaje que refleja la profunda finura del puntillismo psicológico que caracteriza a este escritor.

«Como en toda familia, en aquélla se habían producido estructuras inamovibles, bandos», informa el narrador. Bárbara pertenece al de los feos y débiles, el de su padre; Santiago, al de los guapos y fuertes, como su madre. Ambos hijos, en tanto que personajes, tienen unos cuantos ingredientes característicos de la «escuela vienesa», lo cual implica una pátina de artificio y, a ratos, acartonamiento (y si lo comento es porque esos elementos tan de manual psicoanalítico chocan en una novela tan fina y atinada en la mayoría de sus componentes). Bárbara, una mujer todavía joven, casada y con hijos, acaba proyectando en la joven asistenta Elena sus carencias afectivas, especialmente su sentimiento de orfandad y el anhelo de una hermana, lo cual la lleva a vivir con la muchacha pueblerina una breve historia de amor. Santiago, un profesional de éxito, guapo y rico, de sexualidad «daliniana» –onanismo, voyeurismo– no ha logrado superar la fascinación por la madre, y mantiene turbias y patéticas relaciones con las mujeres. Minado por preguntas sombrías, a ratos roza la insania. Al final, para sobrevivir, se ve obligado a conjurar su portentosa voluntad, practicando un último juego siniestro pero liberador, como hacía cuando era un niño solitario.

Novela más dostoievskiana que jamesiana, Ahora tocad música de baile habla de los desconocidos íntimos que crecen en el ruedo familiar, de pasiones acerbas, de metamorfosis y consumaciones, de la ebriedad que sacude la vida y del terror a dejarse y verse morir.

01/05/2005

 
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