ARTÍCULO

Lo que llora es prosa

Siruela, Madrid
Trad. de Carlos Fortea
167 págs. 2.600 ptas.
Siruela, Madrid
Trad. de Juan José del Solar
128 págs. 1.200 ptas.
 

Robert Walser le dice a su tutor y único amigo, Carl Seelig, apoyando su paraguas en el suelo nevado: «¿Acaso un escritor de éxito no es, a su manera, un asesino?». Años después, Elias Canetti, gran admirador de la obra de Walser y que tal vez no conocía las palabras de éste sobre el éxito y el asesinato, desarrollaría así la pregunta de Walser a Seelig: «Todo escritor que ha conseguido un nombre y que lo impone sabe muy bien que, por este motivo, deja de ser escritor, pues administra posiciones como un burgués cualquiera. Pero ese escritor tenido como tal, ha conocido a algunos que hasta tal punto eran escritores que precisamente por esto no pudieron conseguir este nombre. Éstos terminan apagados y asfixiados, y pueden escoger entre vivir como mendigos o recluirse en un manicomio».

El escritor de éxito –viene a corroborar Canetti– asesina a los verdaderos escritores, a aquellos que fueron mucho más puros que él y a los que él difícilmente puede soportar a su lado, aunque, eso sí, está dispuesto a venerarlos en el manicomio.

Robert Walser no estaba dispuesto ni tan siquiera a ser venerado en el manicomio, quería ser un cero a la izquierda y desaparecer. De hecho, toda su obra –miles de páginas escritas componiendo un discurso en el que brilla por su ausencia la progresión: obra inquietante desprovista de esqueleto, placer del paseo– es pura huida del éxito y de la escritura misma. Aunque parezca algo extraño lo que voy a decir, la obra de Walser tiene entre sus herederos más directos a Georges Perec y su afición por lo infraordinario. Por supuesto, Franz Kafka –apasionado lector de Walser– fue el primero de los herederos, pero como siempre se suele citar al escritor de Praga como deudor de Walser, no estará de más ahora citar a Perec y así ensanchar el amplio espectro del parentesco literario del autor de Jakob von Gunten, uno de los libros fundamentales del siglo XX .

Decía Perec que lo que nos habla es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: grandes titulares; los trenes sólo empiezan a existir cuando descarrilan, y cuantos más viajeros muertos, más existen los trenes. Decía Perec que es necesario que detrás de un acontecimiento haya un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida solamente debiera revelarse a través de lo espectacular, lo que habla; como si lo significativo fuera siempre lo anormal: cataclismos naturales o conmociones históricas. Los diarios hablan de todo salvo de lo diario. Perec proponía –como años antes había ya hecho Walser– interrogar lo habitual. «Cuando la lejanía desaparece –le dice Walser a Seelig–, la proximidad se acerca con ternura. ¿Qué más necesitamos que una pradera, un bosque y unas cuantas cosas apacibles para estar contentos? [...] Es muy agradable ver el mundo como una habitación en domingo.»

La vida vista como un paseo feliz. Porque Walser fue siempre rotundamente feliz, por mucho que pueda parecer lo contrario. Y leerlo le hace uno sentirse tan feliz como si estuviera escuchando esa alegre canción de Roy Orbison, que produce el colmo de la felicidad: (Say) You're My Girl. «Ahora mismo –puede leerse en Vida de poeta– estoy en la calle, fumando, y entro en una taberna burguesa y al instante me adueño del entorno. "¡Qué hermoso parque! ¡Qué hermoso parque!", pienso entonces.» Ahí está una de las claves del mundo de Walser: su felicidad en la relación con el entorno, con ese entorno que le es más que suficiente para escribir sobre lo infraordinario, sobre el silencio de la nieve, sobre Holderlin que –le dice Walser a Seelig– no fue tan desdichado como se piensa, sino todo lo contrario, puesto que podía nada menos que «soñar en un modesto rincón, sin tener que responder a continuas pretensiones». Praderas, bosques y poco más.

«Soy amigo declarado de vagabundear y recorrer leguas y leguas durante días enteros», escribió Walser, enemigo también declarado de los «ladrillos» de sus colegas, como así se lo hace saber a Seelig en uno de sus paseos en la nieve: «Hoy los escritores aterrorizan a los lectores con sus aburridos ladrillos. No es signo del buen gusto de los tiempos que la literatura tenga esos ademanes imperiales. Antes era humilde, de buen natural. Hoy tiene maneras de soberana. El pueblo debe estarle sometido. Es una evolución insana». En esta declaración a su amigo Seelig radica uno de los rasgos más distintivos de Walser: la sencillez de su prosa (sus personajes también son seres sencillos que viven de arrebatos y que, cuando lloran, como dejó dicho Walter Benjamin, lo que lloran es prosa), la calidez que ofrece al lector en clara oposición a esos bodrios intelectuales de tantos de sus colegas, esos colegas que –tal como sigue sucediendo hoy de forma ya casi enfermiza– hablan desde la pedantería y un orgullo ridículo que sólo logra atemorizar a los lectores. La evolución insana que detectó Walser hoy llega a extremos increíbles: cualquier palurdo por el hecho de –pongamos por caso– haber vivido cierto tiempo en Nueva York cree que hay que tratar a sus lectores de provincianos y darles un curso de alta suficiencia cultural.

Walser –tal como puede observarse en el libro de Seelig– sólo daba cursos de cerveza y crepúsculo. Esos cursos los sirve al lector magistralmente, en calidad de ayudante, el admirable Seelig, un ser altruista que nos recuerda a la maestra Hedwig, sacrificada y maternal, de Los hermanos Tanner (la novela ahora reeditada por Siruela –hay una edición anterior en Alfaguara– junto a la novedad absoluta del libro de los paseos de Seelig con Walser), he dicho en calidad de ayudante, en referencia al libro del mismo título, El ayudante de Walser. Seelig, con su carácter amable, fue visitando a Walser y recogiendo de él opiniones que a la larga se han convertido en un documento valiosísimo para todos quienes aman esa escritura de silencio de caída de la nieve que es la prosa que llora del increíble cero a la izquierda del turbador Walser. Como dice Elio Fröhlich en su epílogo al libro de Seelig, el carácter amable de éste actúa al modo de El ayudante de Walser, que no quiere llevar una vida regulada por la razón, quiere ser gobernado, quiere servir, quiere hacer, apremiado lo mismo por el exterior que por el interior, lo necesario y lo bello: «Durante muchos años –escribe Fröhlich–, Seelig ha cumplido esa tarea del gobernar en la vida de Walser. Fue un gobernante suave y comprensivo, de eso da testimonio el conmovedor libro».

Otro rasgo de la escritura de Walser –que desvela definitivamente el libro de Seelig– es su posición firme contra esos escritores que, como Thomas Mann, son «diligentes gestores en su oficina», es decir, todos esos escritores a los que se les nota el aire del despacho, «y ese es también –le dice Walser a Seelig– el aspecto de quien las compone: el de alguien que siempre ha estado sentado, laborioso, al escritorio y ante los libros de contabilidad». En cambio, él, Robert Walser, sólo respira paseando, sólo respira con una prosa que pasea y es amiga declarada de vagabundear y de la que se diría que, provocativamente y como en sordina, parece instilar un desenmascaramiento corrosivo de la enaltecida operación de escribir. Es, en fin, oxigenante la prosa de este helvético caprichoso y marginal, como un alumno refractario a las fórmulas precisas para conseguir las más altas calificaciones. O, por decirlo con palabras de Luis Izquierdo (uno de los descubridores de Walser en España, hace de eso ya veinte años, ahora se le empieza a respetar, pero a los walserianos nos ha parecido un duro y largo camino): «Walser es un corredor de fondo que, a punto de alcanzar la meta codiciada, se detiene sorprendido y mira a maestros y condiscípulos y abandona. Es decir, se queda en lo suyo, que es una estética del desconcierto».

Al final de su vida, en el sanatorio de Herisau, lo suyo era –así se lo cuenta a Seelig– clasificar y anudar cuerdas para el correo: un trabajo que a él le parecía muy bien, pues –qué duda cabe– Walser tomaba siempre las cosas como venían.

01/05/2000

 
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