ARTÍCULO

Pascua de Navidad y última cena

Planeta, Barcelona, 1997
Premio Azorín 1997
230 págs.
 

Una de las cosas interesantes, tal vez la más interesante, de la novela de Jesús Ferrero El último banquete es que el lector, pasada la última página de la novela, no sabe muy bien qué decir; de hecho, preferiría no decir nada.

Imagine el lector un resumen del argumento: la cena de Nochebuena de una familia madrileña. La generación de los padres hunde sus raíces en el franquismo desarrollista, mientras que las hojas y flores de la generación de los hijos se airearon en la brisa de la transición. Durante la cena se representa esa típica dramaturgia familiar en la que los personajes luchan todos contra todos con más entusiasmo que razones: padres contra hijos, hijos contra padres, los padres entre ellos y los hijos entre ellos. Hay aromas, sólo tenues aromas, de Tennessee Williams o Eugene O'Neill. Al filo de la madrugada fallecen los padres en un accidente de automóvil que sufren cuando regresan a casa tras haber ido a escuchar la misa del Gallo. Los tiernos brotes de la generación de los hijos quedan a la intemperie de sus propios deseos: drogas, alcohol, incesto, lesbianismo, ambiguas pulsiones sexuales; y de sus limitaciones: un amplio surtido de frustraciones. En realidad, para que el catálogo de malditismo fuera completo sólo habría hecho falta que algún miembro de la familia hubiera sido aficionado a las telenovelas.

Quien desee ir más allá de esto se encontrará de repente con que no sabe muy bien qué hacer con todo ello, porque todo lo relevante de la novela ya ha sido definido en su más breve resumen, lo demás apenas aparece aludido, pero no elaborado, ni meditado. Identifique el lector, si ése es su deseo, algún asunto, algún motivo, alguna inquietud.

¿Le parece bien al lector la gerontofilia? Pues bien, una de las hijas, Blanca, mantiene relaciones con un hombre al parecer mucho mayor que ella; estas relaciones merecen el predecible anatema de sus padres en el capítulo diez: «¿Con quién viviste los primeros años de libertad y los segundos y los terceros? Con un sujeto de más de cincuenta años... Y yo he tenido que callármelo todo y tragármelo todo... Tu asquerosa gerontofilia». Esto es lo que dice César, el papá de Blanca. En el capítulo uno Blanca regresa a su casa; del ausente Augusto, de más de cincuenta años, comprueba satisfecha, ya no queda ni el olor a pipa. Reflexiona con honda filosofía: «Pero Augusto no era un corruptor, pensó. Necesitaba hacer lo que hacía. Sufría y no sabía que su deseo era una tuerca pasada. Y ella no quería eso, en todo caso quería pasión, en todo caso quería vértigo. Un poco de temblor, un poco de sudor frío en el cuello». Es gracioso el contacto entre la tuerca pasada y la gerontofilia, entre lo que se desea y lo que nunca podrá gratificar ese deseo una vez cumplido, ¿qué clase de tuerca del deseo esperaba Blanca que tuviera su amante de más de cincuenta años? El lector puede sentir la tentación de pensar que tal vez todo ello no sea suficiente como perversión, puede sentir la tentación de pensar que se le está tomando el pelo, o que se enfrenta con un neokafkianismo del tedio, o que al autor se le ha olvidado qué había dicho de ciertos personajes en los capítulos precedentes, o que, en fin, en el reino de la banalidad la deixis exime al autor de explicar, de explicarse acerca de lo que escribe, como si con señalar las cosas ya hubiera cumplido su parte del contrato. Ya se sabe, «un poco de temblor, un poco de sudor frío en el cuello». «Pero sin volverse loca. No, la locura no...» ¡Claro que no!

Hay un aspecto del análisis que sin duda llevará a cabo por su cuenta todo lector de esta obra, y es el de las virtudes retóricas de la escritura; hallará en este apartado que casi todo es trivialmente predecible: la «doméstica» es «filipina», la cocina huele a «Navidad», la cena consiste en langostinos, caviar, ostras..., la casa huele a «intimidad, a calor, a clan», y si algún miembro de la familia procede de algún pueblo castellano, ¿se imagina el lector cómo se le adjetivará?, sí, lo ha adivinado, es estepario; y cuando mamá y papá se han ido, ¿se imaginará el lector por ventura qué sentirán los niños tras esnifar unas rayas de cocaína?: «Daba la impresión de que una gran constelación de chispas de las zonas profundas de sus cerebros fuesen ascendiendo hasta iluminar la superficie, creándoles una gran euforia interior». Y ahí los deja el lector, con la superficie del cerebro iluminada por una constelación de chispas, y con una gran euforia interior, fruto, sin duda, de la concordancia ad sensum, no menos que de la cocaína.

Podría alegar el autor que el retrato de esta familia, de esta sociedad de clase media, debe incurrir necesariamente en el tópico, en lo banal, porque ella misma es tópica y banal; pero no, el análisis de la prosa convencerá al lector más desatento de que la novela se ha escrito sin aquella convicción que reclamaba Joseph Conrad para la novela: «Toda obra literaria que aspire, por humildemente que sea, a elevarse a la altura del arte debe justificar su existencia en todos sus renglones».

01/06/1997

 
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